NO sé los datos que manejan los responsables de la hostelería sobre la situación del sector– me imagino que serán como los de los campesinos que, los pobres, nunca están contentos; si llueve porque llueve mucho; si no cae una gota, porque la sequía está acabando con el campo – .

Uno que está mucho en la calle y frecuenta los bares del centro, atisba que, excesivamente malos no pueden ser, a juzgar por cómo se han puesto los bares muchísimas de las tardes y noches de este verano, los días de Fiesta, o durante las innumerables jornadas en las que hay pasitos en la calle –que es tanto como decir todos los fines de semana–.

Es verdad que "el que la lleva la entiende" pero uno no deja de ver que la cosa, sólo por el público en las calles y los bares con bastante gente, no tenía pinta de ruina total. Lo que sí es asunto constatable es la legión de gente que se acerca, impenitentemente, a pedir, nada más ver a alguien sentado en una mesa. Es una corriente incesante que se repite hasta la saciedad.

Esto, aparte de la pobre imagen que da para la ciudad, es un auténtico problema para la propia hostelería. Me comentaban no poca gente de fuera que ha acudido a la ciudad en estos días que el número de personas en esa situación llamaba mucho la atención y era, manifiestamente, superior a los de otras poblaciones. Yo no soy nadie para valorar la grave situación que se crea, aquí y en cualquier parte del mundo, con este auténtico problema; problema que, en muchísimas ocasiones, se ve aumentado, por el casi acoso y los malos modos que se dan por parte de algunos de los que piden, cuando se les niega la petición.

Me decían varios conocidos hosteleros del centro que, infinidad de veces, los clientes solicitaban mesa dentro de los establecimientos por la situación que se crea con el constante agobio producido. Y no hemos dicho nada de la contaminación acústica producida por los ‘artistas’ deambulantes. Será otro día.

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