Eduardo Jordá

La vida real

03 de julio 2019 - 01:39

Por la vergonzosa estafa consentida que practican algunas compañías aéreas con el overbooking, he tenido que cruzar media España en coche, justo en medio de la ola de calor. Durante dos días sólo he visto moteles de carretera, gasolineras y cafeterías llenas de camioneros. Y la impresión general que he sacado es que nada de lo que se dice en las furiosas tertulias y en las no menos frenéticas redes sociales tiene la menor relación con lo que ocurre en la vida real (sea eso lo que sea, ya que se supone que no puede haber vida que no sea real). En cualquier caso, el encono ideológico que ha contaminado toda nuestra actividad política no parece existir cuando uno se mete en un motel de carretera. Quizá me equivoque, pero la política de intransigencia atroz que practican políticos, periodistas y hooligans no parece haber contagiado a la gente de la calle. Por fortuna para todos, insisto, porque si la rabia y el odio que se vive en las redes sociales se trasladaran a la calle, viviríamos en la Yugoslavia endemoniada de los años 90, cuando los ciudadanos -intoxicados por el nacionalismo más tóxico- empezaron a considerar muy normal arrancarle la cabeza a su vecino.

Por suerte, aquí todavía somos inmunes a esa radiactividad ideológica que ha destruido sociedades enteras que vivían razonablemente bien hasta que se dejaron infectar por las mentiras difundidas desde arriba (en Yugoslavia, el nacionalismo tóxico fue propagado por las élites políticas y por sus satélites informativos: las televisiones y los periódicos locales, junto con los intelectuales resentidos que se dedicaban a atizar el fuego). Pero aquí, entre nosotros, parece que el odio no ha prendido, al menos de momento.

En Manzanares, cuando el termómetro marcaba los 42,5º, una familia numerosa -con tíos y tías y muchos niños- se metía en la piscina de un motel, armada con un buen surtido de flotadores y churros de gomaespuma. En Aranjuez, todos los hoteles estaban llenos a rebosar porque docenas de parejas habían decidido casarse y celebrar la fiesta allí. Y en una venta, los camioneros bromeaban con una camarera rumana que les había servido un bocadillo de calamares. Afuera, el sol fundía las piedras, pero el Apocalipsis que cada día se nos anuncia en las tertulias no parecía haber llegado hasta allí. Después de todo, todavía tenemos suerte.

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