Tierra de nadie

Alberto Núñez Seoane

Un volcán ha venido a verme

-¡Buenas noches, María!, me voy a dormir; mañana tengo que recoger en la platanera. Cuando vuelvas de dejar a los niños en el colegio, te acercas y juntos terminamos de empacar los encargos.-Claro que sí, Manuel, descansa. Yo termino de recoger y me voy contigo. Parece que estamos en buena racha, la cosecha del pasado año nos la pagaron bien, ¡la de este nos la vana a pagar mejor! ¿Sabes, cariño? Creo que si esto sigue así, para la primavera que viene podremos construir el cuartito que nos hace falta para los niños. Estoy feliz… ¡estamos recogiendo el fruto de todo el esfuerzo que le hemos echado! ¡Te amo, Manuel, cariño, te amo…!

-¡Mi niña linda! , ¡te amo! Verás como las cosas empiezan a irnos mejor, verás como podremos ir cumpliendo con nuestros sueños… ¡lo merecemos…!, ¡juntos, lo vamos a conseguir, seguro!Para María y Manuel amanecía, cada día, antes que el alba asomase. Su pequeña casa siempre estaba limpia, cuidaban con esmero, antes que nada, de mantener la higiene en cada pequeño rincón, tenían cada cosa en el sitio en el que debía estar, las plantas atendidas y regadas, la ropa limpia, los enseres ordenados… Manuel y María eran buenas personas. Trabajadores, honrados, respetuosos con sus padres y las tradiciones que habían recibido de los que antes que ellos, fueron, responsables de sus hijos… María y Manuel sólo querían seguir queriéndose; tener su casa suya, para ellos y los suyos; trabajo para no dejar de poder acceder a lo necesario; tiempo para criar a sus niños, para seguirse queriendo a los que querían, para desgastarse amándose… A nadie pidieron nada que no pensaran devolver, nadie les regaló nada.María conducía tranquila. Dejaba atrás el colegio de sus hijos, iba con Manuel. Se emocionaba… a pesar de los muchos años que llevaban compartiendo sus vidas: Manuel era la suya. Sentía admiración y devoción por aquel hombre, recio, curtido y honesto, que había salido de la nada y a fuerza de tesón y sacrificio estaba camino de terminar de salir de ella. Agradecía al destino el momento en el que lo conoció; desde entonces supo que lo querría, y deseaba, con ansia de enamorada, que él también la quisiese a ella.

Manuel cortaba las piñas de plátanos para llevarlas hasta la destartalada furgoneta, muy vieja y usada, que habían podido comprar hacía tres años. La cargaba hasta que no entraba un solo plátano más, para llevarla a la cooperativa: ahorrar un viaje por día suponía, al cabo de la cosecha, un dinero que no les sobraba, lo necesitaban.

Esperaba, deseoso por escuchar el sonido del coche en el que llegaría María. Una persona a la que admiraba, una mujer de la que se enamoró en el día en el que supo que existía, aunque no se atreviese a decírselo hasta bastante tiempo después, Manuel era un hombre tímido. Admiraba a María: su capacidad de trabajo, el cariño con el que atendía a sus hijos y con el que cuidaba de él, su fuerza de voluntad, su capacidad de sacrificio, su inteligencia natural… Manuel, a pesar de las dificultades que la vida siempre le había puesto por delante, se sentía feliz, sabía que se lo debía a María.

María escuchó un estallido, algo que le pareció una explosión. Sintió que el coche se desestabilizaba… se asustó. Desvió el automóvil hasta el arcén de la carretera, detuvo el motor y bajó… Miró a un lado, después hacia otro… Hasta que la visión que llegaba a sus ojos se cruzó con una enorme y aterradora nube negra, rodeada de incandescencias, que se elevaba hacia el cielo. Era el ‘Cumbre vieja…’ ¿Qué estaba pasando? -se preguntó-.Manuel creyó tropezar, sin saber contra que lo había hecho. Se le cayó al suelo la piña de plátanos que llevaba hasta la furgoneta, y cayó él también… Tendido sobre la tierra negra que le daba la vida, sintió como se sacudía el suelo que lo sostenía. Miró arriba y abajo, al norte y al sur… hasta que topó con la misma nube negra que, en ese preciso momento, miraba María desde unos kilómetros más allá.

Un escalofrío se agarró a la piel de María. Manuel, tardó unos sefotgundos en darse cuenta del significado de lo que estaba viendo, y sintiendo, inmediatamente después pensó en María y en los niños…

María agarró el teléfono, llamaba a Manuel: no tenía señal… Manuel llamó a María: no podía conectar… María subió al coche, dio la vuelta y se dirigió a toda prisa al colegio en el que acababa de dejar a sus hijos: sólo pensaba en ellos, y en Manuel; pero ellos estaban mucho más indefensos… y ella estaba más cerca que su padre. Sabía que él marcharía a por ellos, pero también que él confiaba en ella; cuando tuviese un segundo para pensar, sabría que es lo que ella habría hecho y se limitaría a intentar encontrar a los tres por la carretera que unía el colegio con la humilde plantación que les estaba sirviendo para poner cimientos al futuro de la familia.

María tuvo que volver a bajarse del coche: el tráfico estaba congestionado, todos iban al mismo sitio, por la misma causa, con la misma angustia… Recorrió los últimos metros que la separaban de sus hijos, corriendo. Entró… los niños esperaban, junto a otros muchos, en el patio. Los abrazó, las lágrimas le nublaban la vista, pero no quería que ellos la viesen llorando: se asustarían, más de lo que ella estaba. Corrieron juntos al coche, volvió a intentar hablar por teléfono con su marido… no hubo modo.

Manuel apretaba las teclas del teléfono con desespero, conducía la vieja furgoneta camino de los suyos, necesitaba saber que los tres estaban juntos y, sobre todo, que estaban bien. El pobre vehículo, con demasiado kilómetros y demasiadas cargas sobre su chasis, acuciado por la ansiedad de Manuel, no pudo ofrecer las prestaciones que él, por desesperación, le exigía, y no aguantó más: no fue su culpa que lo hiciese en el peor de los momentos posibles desde que Manuel y su familia fueron sus dueños.Echó a correr carretera arriba. Alguien que por allí pasaba detuvo su auto y se ofreció a llevarlo con él, Manuel aceptó y subió. El sudor lo bañaba la piel, la angustia le encogía el corazón, el temor a lo imprevisto, a las posibles consecuencias de lo desconocido, le arañaban el alma. Sólo quería, necesitaba, saber que María y los pequeños estaban bien… ¡por Dios!, ¡que estén bien!

Reconoció enseguida el coche que bajaba en dirección contraria a la suya. Advirtió al conductor que lo llevaba, le agradeció y bajó en un salto del vehículo. Corrió, como loco, hacia el coche que venía, María lo vio; paró y bajó, corrió hacia él:- ¡Los niños! ¿están bien?, ¿están bien?-Si, están conmigo, estamos bien, ¡Y tú, cariño, bien?-Si, si, estoy bien.

Se abrazaron, caminaron juntos hacia el coche y subieron. Manuel, sentado al volante, no pudo arrancar el motor… Un espantoso estruendo, mucho más fuerte que el que ambos antes habían oído, les sacudió. El cielo, hasta entonces azul, se tiñó de negro, una lluvia de ceniza golpeaba los cristales del auto. Lenguas de fuego desbocadas brotaban de la cima de “Cerro viejo”. Entumecidos por lo que veían, descubrieron un manto de fuego y rocas incandescentes que resbalaba por la ladera y enterraba la vida.

Manuel encendió el motor del coche. Recorrieron varios kilómetros, hasta asomarse al pequeño valle en el que estaba su futuro: las entrañas de la Tierra, enfurecidas, lo estaban sepultando todo… ¡todo!

Vieron como el cuarto de sus hijos, aún sin estar, ya no estaría nunca; ni la casita que los cobijaba, ni la plantación que les había permitido soñar…

Estaban ellos, ¡los cuatro!, lo que más importaba, pero… nada más. Lágrimas, que ellos intentaban fuesen furtivas a los ojos de sus hijos, resbalaron por las mejillas de María y de Manuel: no les quedaban ni siquiera sus sueños: un volcán, que quiso venir a verlos, se lo llevaba todo.Ahora a la ‘isla bonita’ no lo quedan sino ‘corazones bonitos’, que ayuden a que vuelva a ser tan linda como es.

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