Gobiernos central y vasco, una relación viciada

Preocupa que el Gobierno vasco quiera sacar tajada cada vez que el Ejecutivo central se ve en apuros. PP y PSOE deberían llegar a algún acuerdo para impedirlo

LA presencia del lehendakari Íñigo Urkullu en la Conferencia de Presidentes de Salamanca, que se celebró ayer, ha vuelto a poner en evidencia el carácter viciado que, desde prácticamente el inicio de la democracia, tienen las relaciones entre los gobierno central y autonómico vasco. Urkullu, tras hacerse de rogar durante días, accedió a acudir a la cita en ciudad castellano-leonesa una vez que Pedro Sánchez se comprometió a traspasar al País Vasco la recaudación de tres IVA, los de ventas a distancia, transacciones financieras y servicios digitales. Esto, en sí, no tiene mucha importancia y no deja de ser una medida que, incluso, puede tener su sentido y racionalidad. Pero lo que preocupa es que el Ejecutivo vasco se haya acostumbrado a intentar sacar tajada cada vez que ve al Gobierno central en apuros.

Un escenario parecido se dio hace un año, el 31 de julio de 2020. Entonces la Conferencia de Presidentes se celebró en San Millán de la Cogolla. Nada nuevo bajo el sol. Con el final de ETA es cierto que el nacionalismo civilizado vasco ha evolucionado hacia un posibilismo en sus relaciones con el poder central y se han desterrado algunas fantasías independentistas unilaterales. En esto ha influido mucho la atenta observación que se ha hecho desde el País Vasco del procés catalán, y la constatación de la brecha social y económica que ha supuesto dicha experiencia para la sociedad catalana.

Digamos que los vascos han tenido más seny que los catalanes. Pero esta nueva actitud, sin embargo, no ha desembocado en una relación con el resto del país más abierta y menos interesada. A veces, da la sensación de que desde el Ejecutivo vasco sólo se ve a Madrid como una gran ubre a la que ordeñar. Preocupante también es que los distintos presidentes del Gobierno de España (absolutamente todos) se hayan prestado a este juego, intentando lograr algo que cualquier persona sabe que es imposible: comprar afectos con dinero. Quizás ha llegado el momento de romper esta dinámica, pero para ello haría falta que tanto PP como PSOE, los partidos que seguirán siendo decisivos por mucho tiempo, se unan en el propósito de no aceptar los chantajes de nadie.

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