EDITORIAL
Rechazo a una sanidad robotizada
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Una consulta médica no es similar a pedir un taxi desde una aplicación o reservar una mesa en un restaurante. Una reciente encuesta sitúa a los andaluces como los más reticentes de España a que la inteligencia artificial (IA) pueda suplir a los médicos en labores de cribado inicial de una dolencia o de seguimiento del tratamiento de una enfermedad, por citar algunos ejemplos. También expresan su resquemor a que en el futuro puedan ser operados por máquinas. Es indudable que los avances tecnológicos son fundamentales para la medicina. Las mejoras constantes de las herramientas para detectar o combatir con precisión las enfermedades, desde una simple radiografía a una incisión en un quirófano, suponen un avance continuo que repercute directamente en las posibilidades de sanación de los pacientes. Quedan innumerables avances que, seguro, llegarán de la mano de la IA. Pero hay cuestiones esenciales que no pueden descargarse en los robots por mucho que se les caracterice como personas. Lógico que más de la mitad de los andaluces expresen su “total incomodidad” si se les plantea la hipótesis de hablar en el futuro con un asistente virtual para describir los síntomas de lo que padecen. La comprensión, la escucha o la empatía no pueden transferirse a las máquinas. Comprensible el recelo que suscita que un paciente tenga que trasladar sus sensaciones a una tecla telefónica y que una voz impersonal le radie el diagnóstico y calme su angustia. El futuro no pasa por deshumanizar la sanidad. Queda bien para una película de ciencia ficción pero no para un centro de salud. Es necesario descargar de burocracia a los facultativos. La digitalización del sistema resulta esencial para mejorar su agilidad y su capacidad de respuesta, sobre todo con unos medios personales que resultan insuficientes. Pero hay funciones intransferibles que corresponden a los doctores, por más que hayamos consumido un cuarto del siglo XXI.
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