Manuel Gracia

Democracia y redes sociales

La tribuna

Una sociedad no es más libre porque tenga más facilidad para insultar, calumniar o mentir sin consecuencias; muy al contrario, ésa es una sociedad más dependiente y manipulable

Democracia y redes sociales
Democracia y redes sociales / Rosell

19 de noviembre 2021 - 01:39

Frances Haugen, la ingeniera informática que lleva meses denunciando las prácticas perversas de Facebook, ha puesto a la compañía ante el espejo de su propia fealdad: ha demostrado, con documentos internos, que una de las redes sociales más poderosas del mundo actúa de forma indecente -cuando no ilegal- para obtener más beneficios económicos con los datos que extrae de sus usuarios. El conocimiento de los llamados papeles de Facebook ha favorecido un mayor debate acerca de la naturaleza de las redes sociales, su funcionamiento, sus amenazas y sus oportunidades y, en fin, su incidencia sobre el futuro de las generaciones venideras, educadas, conformadas y moldeadas por esa tecnología y sus medios si nadie lo remedia. Es cierto que siempre han existido los bulos y las noticias falsas, pero no es menos cierto que nunca como ahora han tenido la oportunidad de transmisión y de difusión a escala planetaria, y que nunca como ahora han tenido la capacidad de influir de manera decisiva en la opinión y en la voluntad de millones de personas desde la absoluta impunidad. Ejemplos como las elecciones en EEUU, haciendo que Hillary Clinton las perdiera por la difusión masiva de fake news sobre ella, o las noticias falsas difundidas por perfiles próximos a la Rusia de Putin para influir en los resultados electorales de diversos países europeos son buena prueba de ello.

La problemática de las redes sociales que más me preocupa, sin embargo, no es la relacionada directamente con la política, sino con los valores y el tipo de seres humanos que configuran. Las redes sociales contribuyen, sin duda, a la difusión de información, que no del conocimiento, pero una información que por sus características tiene limitaciones de configuración, lo que da lugar a un tipo de comunicación poco argumentativa y discursiva, siendo ésta, por el contrario, la que resulta imprescindible para el completo desarrollo del pensamiento y de la personalidad de cualquier ser humano. Por otra parte, las redes establecen una relación individualizada entre el usuario y la red, aunque en ciertos casos se puedan abrir a otros usuarios, relación que se produce en cada caso en función de los algoritmos que la red maneja. Las redes sociales en realidad no favorecen el diálogo con quienes piensan de manera diferente, sino que, más bien al contrario, refuerzan la conducta y las opiniones de cada individuo, que busca en ellas la complicidad y los argumentos -sean estos falsos o ciertos- que le reafirmen en su singularidad e individualidad. Todo ello puede ir dando lugar a una especie de solipsismo digital que alimenta el individualismo y reduce al mínimo las capacidades de pensamiento dialógico, que es el que nos define como humanos, el que puede servirnos para superar las tensiones derivadas del egoísmo individual y de las tendencias instintivas que se contraponen a los intereses de la comunidad. Una sociedad educada y formada en el uso intensivo de las redes sin ningún tipo de regulación será una sociedad con tremendos problemas para avanzar en dirección a intereses comunes, así como para superar las desigualdades estructurales que la aquejan.

La respuesta ante estos riesgos ha de venir de la mano de una regulación hoy inexistente, pero también de la mano de la educación y la democracia. Educación, implantando en los contenidos curriculares de la enseñanza obligatoria actividades para fomentar el uso inteligente de las redes, para asegurar que su utilización no suplante al aprendizaje necesario para desarrollar conocimientos y competencias, así como para impulsar mecanismos de trabajo en red que fomenten los intereses en común. Democracia, garantizando la responsabilidad individual en el uso de las redes, de forma que nadie pueda hacer un uso inmoral o delictivo de las mismas desde la más absoluta impunidad. Ello, seguramente, exigirá un acuerdo supranacional para obligar a la identificación de todas las personas usuarias de una red social, lo que impediría la existencia de perfiles falsos o la suplantación de perfiles con fines ilegítimos, pero haría posible una exigencia de veracidad y responsabilidad que hoy no existe. A partir de ahí, plena libertad de expresión, como en la prensa, pero con nombre y apellidos, sin esconderse en el anonimato como una excusa para poder escapar al rechazo moral y civil o a la repulsa penal. Una sociedad no es más libre porque tenga más facilidad para insultar, calumniar o mentir sin consecuencias; muy al contrario, ésa es una sociedad más dependiente y manipulable, más vulnerable como tal ante aquellas fuerzas económicas y financieras que tienen poder bastante como para emplearlo en crear opinión y comportamientos favorables a sus intereses.

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