Tribuna

antonio rivero taravillo

Octavio Paz con Cernuda al fondo

Quizá la literatura sea eso: un vacío inquietante, un fantasma que, cuando se pone el foco sobre él, se oculta, se eclipsa, sin querer esto significar que haya desaparecido

Octavio Paz con Cernuda al fondo

Octavio Paz con Cernuda al fondo

Se han cumplido 25 años de la muerte de Octavio Paz. En 2008, cuando pasé un par de semanas en la Ciudad de México investigando sobre Luis Cernuda de cara al segundo tomo de su biografía, que preparaba por entonces, mantuve una conversación con Marie José Tramini, la viuda de Paz. Quería yo obtener copia del epistolario que Cernuda cruzó con el futuro Nobel y me facilitaron su número, pero Marie Jo se escurrió y sin abandonar la amabilidad me dio nones: no hubo modo de acceder a esas cartas. Volví a intentarlo días después, pero ya no me cogió el teléfono (cierto es que me había avisado de que iba a viajar próximamente, y tal vez adelantara la ausencia de su domicilio). Estaba yo alojado en el hotel Genève, a unos metros, si no en la misma habitación, que Cernuda había ocupado en su primera visita a México, y a solo cinco manzanas del piso en el que habitaron los Paz en la esquina del Paseo de la Reforma con la calle Guadalquivir.

No sé en qué hotel sevillano se hospedaron los Paz cuando veinte años antes asistieron al Primer Congreso Internacional sobre Luis Cernuda, organizado por la Universidad Internacional Menéndez Pelayo en Sevilla en un lugar que de por sí es inmejorable pero que, además, era el más oportuno para rendir tributo al poeta de La realidad y el deseo: el Alcázar que como marca de agua está bajo algunas páginas del libro de su poesía reunida y de Ocnos, las prosas de memorialismo lírico que no deben ser olvidadas al hablar de la obra de Cernuda.

Yo era a la sazón un estudiante sin carrera. Acababa de dejar los estudios de Filología Inglesa en cuarto curso, cuando hoy los estudiantes salen con su titulito de grado, y quería dedicarme a la literatura: escribir y traducir, esa segunda forma de escribir. Paz tampoco terminó los de leyes. Como un paisano suyo y mío, el primer hombre de la Nueva España y del país que sería México, yo había quemado las naves al colgar los estudios. Con esa decisión impedía, como Cortés vedaba la vuelta de sus hombres a la patria, la obtención de un título que me acreditara para ser profesor. Mis padres lo fueron. Lo fueron mis hermanos, lo sería mi mujer, pero era algo que a mí no me interesaba. Con tiempo disponible, asistí a todas las sesiones del congreso, en el que por otra parte, también absentista hasta en eso, no me inscribí. Libre oyente, aprendí mucho. E inopinadamente conocí al nieto de andaluces Paz al encontrarlo en los jardines, saliendo de detrás de un seto de arrayán como en una comedia de los Álvarez Quintero (eso leía Cernuda al morir), cuando se dirigía en compañía de su esposa al salón abarrotado.

Lo saludé. “Mucho gusto”, respondió, e intercambiamos algunas frases sobre Cernuda, para mí ya poeta de cabecera desde que lo leí en el libro de texto de COU, donde dos poemas (Si el hombre pudiera decir lo que ama y Primavera vieja) bastaron para cautivarme. Hasta el día de hoy.

Paz vestía una blazer azul, tenía ese pelo negro y espeso solo levemente encanecido que lo acompañó hasta casi el final (en contraste con el llamativo rubio de su mujer) y, como un ojal sobre el labio superior, tenía un pequeño orificio, quizá el hueco dejado por alguna menuda extirpación, que me hipnotizó como un agujero negro y, según predica la astrofísica (disciplina que siguió el marido de Elena Poniatowska, amiga de Paz), absorbió mi energía, dejándome embobado y casi sin fuerzas.

No me reveló Paz nada de Cernuda que no pronunciara en voz alta en el acto de inauguración, donde leyó algunas páginas dedicadas a su amigo (y ya mío) y un poema, todavía reverberante en las circunvoluciones del cerebro, que así comienza:“Ni cisne andaluz / ni pájaro de lujo / Pájaro por las alas / hombre por la tristeza / Una mitad de luz / Otra de sombra / No separadas: confundidas”.

Eduardo Osborne, amigo y columnista del Grupo Joly, me mandó hace poco un puñado de fotografías de la visita de Paz. Corresponden a una velada con músicos flamencos celebrada en la casa de sus padres en el barrio de Santa Cruz, y en ellas se ve riendo a Paz y Marie Jo junto a otros, incluido Perico Romero de Solís, factótum de la cultura hispalense de la época. En estas fotos veo a un Paz elegante, con flor de jazmín en el ojal y corbata color lila, pero no distingo, sobre el labio, el agujero de mi obsesión. Quizá la literatura sea eso: un vacío inquietante, un fantasma que, cuando se pone el foco sobre él, se oculta, se eclipsa, sin querer esto significar que haya desaparecido.

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