Tribuna

fRANCISCO j. FERRARO

Panorama político. Lo razonable es imposible

Panorama político. Lo razonable es imposible

Panorama político. Lo razonable es imposible

Como es ampliamente compartido, tras las elecciones generales del pasado 23, los españoles nos enfrentamos a un panorama político extremadamente complicado porque un posible gobierno presidido por Pedro Sánchez exigiría el apoyo de fuerzas independentistas, que demandan compromisos rechazables por gran parte de los españoles. Igualmente, un hipotético gobierno presidido por Alberto Núñez Feijóo exigiría concesiones a Vox inaceptables para la mayoría de la población. No sólo sería complicada la gobernabilidad con las posibles coaliciones, sino que las tensiones políticas aumentarían la radicalización de la vida política española, y la polarización política se instalaría en la sociedad española, ya suficientemente polarizada con las dos elecciones recientes.

España se enfrenta a retos importantes. Es cierto que la economía española ha crecido en 2021 y 2022 por encima de la media de la UE, y que las previsiones de este año también la superan, pero también es cierto que entre 2019 y 2022 el crecimiento acumulado del PIB ha sido el único negativo de todos los países de la UE. La previsión para este año es que la economía española se comportará mejor que la media europea, pero con un crecimiento más modesto que en años anteriores, lo que previsiblemente se acentuará en 2024 una vez recuperados los niveles de producción en todos los sectores (el turismo este año). Además, la dinámica contractiva del consumo privado y los elevados tipos de interés reducen las perspectivas de la demanda interna, y la recuperación de las reglas fiscales europeas exigirán reducir el déficit y la deuda pública, limitando la actuación fiscal compensatoria del Gobierno.

Más allá del corto plazo, si ampliamos el foco retrospectivo observamos que la economía española ha sido la antepenúltima en la UE en crecimiento del PIB y de la productividad desde la crisis financiera, y que llevamos más de una década sin aprobar reformas estructurales. Tanto una política económica de desarrollo a medio plazo como las reformas estructurales (fiscal, judicial, educación, sanidad, administraciones públicas, financiación autonómica, pensiones) exigen consenso social y una mayoría parlamentaria cualificada.

Todo nos lleva a pensar en las ventajas de una posible coalición de gobierno del Partido Popular y el Partido Socialista. Ambos suman 15.851.904 votos (sin contar los del extranjero) y 258 diputados en el Congreso (el 73,7% de los escaños), por lo que ambos partidos podrían sustentar un gobierno de coalición estable que representaría a una mayoría muy amplia de españoles. Sus programas de gobierno, aunque pueda parecer lo contrario, son más cercanos que los que tienen el PP y el PSOE con sus potenciales socios, por lo que un gobierno de coalición de los dos partidos constituiría un ejercicio de responsabilidad democrática y de progreso extraordinariamente oportuno.

Comprendo que es inimaginable un gobierno presidido por Pedro Sánchez en coalición con el PP u otro presidido por Alberto Núñez Feijóo en coalición con el PSOE después de meses de campaña tan radicalizada. Pero es posible un gobierno de coalición formado por otras personas de ambos partidos menos marcadas por la lucha partidista y complementados con técnicos. Y, en una perspectiva de futuro, también es posible un acuerdo para que los éxitos gubernamentales se atribuyan equilibradamente a ambos partidos.

Sin embargo, los que han llegado a leer hasta aquí pensarán que lo que propongo es una utopía. Pero utopía era que el hombre llegase a la luna, viajase por el espacio y contemplase galaxias lejanas, que evitásemos la muerte por enfermedades incurables, que nos viésemos y hablásemos en tiempo real con otras personas de cualquier parte del mundo, que duplicásemos la esperanza de vida, que más de mil millones de personas superasen la miseria en los últimos treinta años y que miles de avances tecnológicos nos hiciesen la vida más segura y confortable. ¿Tiene que ser una utopía perfeccionar el funcionamiento de la democracia para que la gestión de los asuntos públicos se realice de una forma más razonable y civilizada?

Soy consciente de que lo propuesto es imposible porque no les interesa a las cúpulas de los partidos políticos, y porque las bases de los partidos, aunque estuviesen de acuerdo, no tienen capacidad para revertir el interés de sus dirigentes. Por ello, me contentaría con que mi reflexión contribuya a compartir la necesidad de mejorar el funcionamiento democrático para que la resultante del juego político sea más acorde con las preferencias de la mayoría de los ciudadanos.

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