Tribuna

Antonio porras nadales

Representatividad

Tiene que existir cierta semejanza entre nuestra sociedad y nuestro parlamento, como una foto que reproduce en miniatura la propia realidad. ¿Lo estamos consiguiendo

Representatividad

Representatividad / rosell

Cuando estamos en plena vorágine electoral, en la recta final del choque desenfrenado entre ofertas, liderazgos y estilos competitivos, parece normal que a veces se nos olviden las cosas más obvias. Entre otras, que no se trata solamente de elegir a nuestros representantes sino de asegurar que la imagen que van a reflejar nuestros órganos representativos sea una reproducción lo más fiel posible de nuestra sociedad, de la sociedad española del siglo XXI.

El concepto de “representatividad” fue desarrollado por la vieja doctrina francesa desde finales del siglo XIX como una categoría en cierto modo enfrentada a la “representación”. La representación es la mera designación de las personas u órganos. La representatividad es la exigencia adicional de que el cuadro que se refleja en nuestros parlamentos u órganos colectivos sea lo más parecido posible al espectro plural e ideológico de la propia sociedad. O sea, que tiene que existir cierta semejanza entre nuestra sociedad y nuestro parlamento, como una foto que reproduce en miniatura la propia realidad.

¿Lo estamos consiguiendo? Desde luego, si le echamos un vistazo al casting que nos reflejan algunas listas electorales, o a algunos de los nuevos líderes que se van apareciendo tras las elecciones autonómicas y locales, lo que sorprende es la colección de frikis elevados a la categoría de cargos institucionales. Y como resulta que ahora los periodistas tienen la costumbre de guardar y desempolvar los retratos que cada candidato se ha hecho a sí mismo en sus redes o en sus declaraciones, el asunto ya no se puede disimular. ¿Se corresponde esa colección de personajes excéntricos y pintorescos a la realidad social de la España de 2023? ¿o es que los españoles nos hemos convertidos ya en una sociedad de frikis y radicales excéntricos, y por eso nuestros representantes son como son?

Más bien uno aspiraría a pensar que la sociedad española mantiene hasta ahora, afortunadamente, mejores síntomas de salud mental y de equilibrio vital que los perfiles que reflejan algunos candidatos. Y es que seguramente en los entresijos de la dinámica político-partidista se esconden algunos elementos perversos que llevan a aupar en las listas a los más excéntricos, los más exagerados, los más radicales en su respectivo ámbito. O sea, que el circuito de la representación se ha olvidado desde hace tiempo de la exigencia adicional de asegurar un cierto grado de representatividad. Y por eso los políticos al final van a su bola y pasan de lo que ocurre en la sociedad.

Sin prestar atención a esta exigencia de representatividad, sin atender a la necesidad de “parecerse” a la sociedad que pretenden representar, los partidos políticos prosiguen su marcha impávidos en un camino de progresivo autismo, impulsando a los electores a comportarse como borregos. Y en ese entorno, pretender hablar de calidad democrática es como tratar de conversar sobre el sexo de los ángeles. Porque se trata de una exigencia que los ciudadanos, como tales, no somos capaces de concretar: cuando las listas son cerradas y bloqueadas, no nos queda más que coger la papeleta y taparnos la nariz, por lo que pueda haber en ella. No es nuestra responsabilidad como ciudadanos, sino la de los líderes y aparatos de los propios partidos; de nuestro sistema representativo. Ese sistema del que a veces habla Felipe González sin que nadie lo entienda.

De este modo las opciones se van reduciendo progresivamente, y al final sólo nos queda saber quién ha ganado el correspondiente combate de boxeo, quién ha dicho la frase más afortunada o quién ha tenido el gesto más atractivo ante las cámaras. Reducir el proceso electoral a un escenario mediático más propio de un ring de boxeo seguramente resulta atractivo para quienes sólo aspiran a percibir la dinámica competitiva, el enfrentamiento, la urgencia acuciante de ganar o perder. Pero si pretendemos valorar otros elementos más sutiles, como la calidad representativa o la adecuación de nuestros órganos parlamentarios al entorno que pretenden representar (es decir, a nuestra realidad social), en tal caso aparecen otra serie de exigencias que poco a poco parece que se nos van olvidando. El problema no es que tengamos la clase política que nos merecemos, sino justo al contrario: que la salud democrática de nuestra sociedad no se ve reflejada en la colección de frikis y personajes excéntricos y sobreactuados que constituyen nuestra clase política, la encargada de representarnos.

Entonar ahora el cansino eslogan del “no nos representan” no serviría más que para enturbiar aún más las procelosas aguas por las que va navegando nuestro sistema democrático. Así que cójanse las narices, y a votar.

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