Quienes se criaron viendo los programas sobre la naturaleza de Félix Rodríguez de la Fuente (que, dicho sea entre paréntesis, narraba la vida no humana como nadie, demostrando una vez más que nada que ataña a los seres vivos se entiende sin contar una historia, y que para fomentar el ecologismo también hay que contar historias, no basta con gritos rimados de adolescentes ni facilones eslóganes de manifestantes) saben que cuanto más se invoque la llegada del lobo sin que aparezca, menos oídos se prestarán a estas alertas, y que cuando de verdad acabe por apresarnos quizá nos pille desprevenidos. El ecologismo más visible, o al que más focos se dirigen, tiene algo de esto: lleva tanto tiempo avisándonos de la venida del lobo que, como no vemos los ríos desecarse en un día ni los mares subir diez centímetros de un año para otro, hace dudar al lego en la materia, y abona el campo para negacionistas. Los efectos negativos de la acción humana sobre el medio ambiente no son perceptibles de un vistazo, son fruto de muchos años, tantos que tal vez sólo una vida humana avanzada dé para percibirlos, un lapso demasiado largo cuando se trata de tomar conciencia de que en ello, justamente, nos va la vida. De ahí esa impresión de cierta impostada exageración en algunos mensajes ecologistas, de algo que bien podría denominarse ecolorquismo.

No es que García Lorca fuera un ecologista avant la lettre, por más que pergeñara su mejor lema ("Verde que te quiero verde"), sino que en su literatura, sobre todo en su teatro, hay muchos rasgos con los que estos activistas parecen haber tejido su bandera (sin pretenderlo, claro, y prescindiendo además del otro Lorca, el vital y de arrolladora alegría que con un par de versos eleva el espíritu de quien lo esté leyendo). El apasionamiento irracional, el trazo grueso del drama, la negrura de lo porvenir, la irreversibilidad que va aparejada con cualquier decisión de sus personajes, el llanto casi de plañidera, etc. parecen haber inspirado a los más pujantes ecologistas de esta hora y uno, a veces, se imagina a la joven Greta Thunberg vestida de negro, con un cayado dando golpes en el suelo y el gesto avinagrado de un histerismo nada templado, como una Bernarda Alba nórdica, clamando silencio por la muerte del planeta y exclamando que no quiere llantos mientras mira, cargada con un grave y airado tono acusador en sus ojos, a los políticos y grandes empresarios que le han destrozado la vida y la han dejado yerma y, también, arruinado el futuro de la Humanidad toda.

Lo peor es que a este ecolorquismo desgarrado, que busca seguir llamando la atención sobre un problema cierto, se han apuntado no los activistas recién incorporados a la causa sino quienes supuestamente deberían actuar para evitar catástrofes ya vaticinadas. Del blablablá que la Bernarda Alba sueca pronunció en Milán hace unas semanas se han apropiado Johnson, Draghi y unos cuantos mandatarios más en la reciente cita en Glasgow y, transformados en políticos de buen rollo con la juventud y el mundo que le van a dejar en lugar de en gestores serios decididos a atajar el problema, se han apuntado a ese carro. Da igual que se vuelva a acordar lo ya acordado en reuniones anteriores, que se firme el enésimo documento lleno de buenas intenciones. Dentro de dos años, de cuatro, se montará el teatrillo en otra cumbre. Y allí acudirán las jóvenes ecolorquistas, cada vez más cuajadas, claro; y los enrollados mandamases del mundo mundial, desde el adusto Draghi al despeinado Johnson o al encantado de conocerse Sánchez; y los ricachones preocupadísimos por el mundo que heredarán sus hijos mientras los hijos de sus contemporáneos se desloman en sus empresas por cuatro duros, desde Jeff Bezos, que está a medio camino entre el capitán Picard de Star Trek y el capitán del barco de Vacaciones en el mar, hasta Elan Musk, que tiene toda la cara de Juani de los Cantores de Híspalis; y esos actores tan comprometidos, tan impecables, desde el angelical DiCaprio hasta Bardem, cada día más parecido a De Niro, a decirnos ¡el loooobo, que viene el lobo! Aumentarán el eco de sus ecos, o de sus egos, que quizá vengan a ser lo mismo, hasta ahogar las verdaderas voces, las voces sabia y hondamente ecologistas que, lejos de este ecolorquismo a la moda y que tanto vende, lejos de los ecos superpuestos y el ruido y la cháchara huera, que parece lo único atendible hoy, llevan décadas avisando de la verdad del problema y demandando soluciones factibles, no buenas intenciones ni repetidas puestas en escena de la misma obra de teatro, demasiadas veces vista ya, por más que se haya convertido en un clásico de la impostura universal, de la hipocresía del mundo, y rinda pingües beneficios, en forma de ganarse la vida para unos cuantos, o de seguir ganándose votos para tantos que sólo parecen aspirar a ir de cumbre en cumbre (y tiro para que nada ni nadie me aleje de la lumbre).

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