Anda el mundo caminando hacia no se sabe qué apocalipsis. Da miedo pensar que el año recién estrenado será el del final terrible que la humanidad viene apuntando desde hace tiempo. La brújula del pavor oscila en una navegación sin rumbo que un día se dirige a Venezuela y otro a esa supuesta tierra de nadie que es Groenlandia. Las miradas apuntan ahora a esa isla que ha pasado de helado desván del mundo a territorio de secretos tesoros naturales.
Groenlandia pertenece a la mancomunidad de la Corona danesa, así que podríamos recordar a la sirenita de Andersen asomándose a los hielos eternos de la gran isla. ¿Qué estará pensando la sirenita de los cuentos daneses ante la amenaza de la más cruel versión de Disneylandia? Imaginemos un paseo de Andersen por la isla de fascinantes glaciares. Aquellos cuentos populares de las sagas nórdicas inspiraron a este escritor de orígenes humildes que se convirtió en mito universal. Igual que nuestro marqués de Santillana oía las historias y refranes que contaban las viejas tras el fuego, Andersen de niño escuchaba crónicas sorprendentes en la sala de hilado y durante la cosecha de lúpulo. De ahí nacen cuentos como El patito feo, La sirenita, El traje nuevo del emperador, El soldadito de plomo o El mechero de yesca. Todo ese imaginario que ha formado nuestra memoria antes de que los cuentos amerengados de Disney trastornaran de falso dulzor estas historias de la infancia.
“Estoy empezando ahora algunos cuentos de hadas para niños. Voy a ganarme a las generaciones futuras, por si te interesa saberlo”, escribió Andersen a una amiga. Y es cierto que esos cuentos infantiles nos sirven para interpretar el convulso y confuso mundo actual. Ahí está el villano mayor del reino poblando todas las historias perversas que están por llegar. El ogro que destroza casas, violenta doncellas y pisotea a débiles. Aunque ahora haya convertido en cautivo a otro ogro, el de raíces bolivarianas y sangre criolla. Da igual, esta villanomaquia no hace que el cuento sea menos cruel.
Si en el siglo X el vikingo Eric el Rojo llegó a Groenlandia y creó el primer asentamiento, en estos tiempos recios este otro bárbaro del norte quiere cambiar la historia del lugar entrando en sus fronteras con maneras vikingas. Trump, el villano del flequillo amarillo, también quiere secundar las maneras medievales de Erik el Rojo con su particular sello vikingo contemporáneo.
Volvamos la brújula a los mapas septentrionales, a esa Groenlandia que ahora parece el territorio de inesperados vellocinos de oro. Trump quiere devorar en Groenlandia algo más que carne de foca. Y le da igual que el tono de su cuento no sea apto para los barómetros de la democracia. Tampoco existe para él la lógica de la legalidad internacional porque es un maestro consumado del atropello. A fin de cuentas, él mismo es la metáfora del matón de recreo. El gran defensor del cinismo como una de las bellas artes.
¿Y Europa? O mejor, Eurolandia, ese tablero en el que se vende al turismo la experiencia de los paisajes históricos. ¿Qué hará Europa ante este mundo de villanos y ogros que se saltan las reglas de todos los cuentos correctos? El orden mundial ya no obedece a la lógica del continente que fue más cruel pero también el que más aprendió de su historia negra. Hoy no sirven los códigos democráticos de Europa, las lecciones de su memoria, la defensa de los derechos sociales y las libertades que se crearon tras la Segunda Guerra Mundial. Todo eso se lo llevó el viento del siglo XXI. El presente lo dictan esos malos del cuento que tienen sus palacios en Mar-a-Lago en Florida, el Kremlin en Moscú, Beit Aghion en Jerusalén o Zhongnanhai en Pekín. Eurolandia es un reino chiquito sin importancia que sólo parece contar historias de viejas tras el fuego. O de sirenitas heridas como en los cuentos nórdicos de Andersen. Una Eurolandia con ejércitos de soldaditos de plomo, soldaditos cojos con vistosos uniformes históricos, como espectros congelados en perdidas batallas de guerras antiguas.