Tribuna

Francisco García-Figueras Mateos

Y Cristo expiró junto al Coliseo a los sones de una marcha jerezana

24 de mayo 2025 - 11:30

En la carta pastoral 'María, Estrella de la Evangelización' publicada en junio de 2023 con motivo del trigésimo aniversario de la visita apostólica de Juan Pablo II a Sevilla y a Huelva, los Obispos del Sur de España destacaron la importancia que el Papa Francisco otorgó desde el inicio de su pontificado a la fuerza evangelizadora de las hermandades.

Lo que aconteció el pasado fin de semana en Roma constituye un histórico reconocimiento a esa misión evangelizadora de las hermandades y de la piedad popular. La Gran Procesión de las Cofradías, uno de los actos centrales del Año Jubilar de la Esperanza, se ha desarrollado además en un contexto emocional muy significativo para todos los católicos, marcado inicialmente por una tristeza inevitable y posteriormente, por la incontenible fuerza motriz de la esperanza.

Tristeza por el fallecimiento del Papa Francisco, en cuya muerte, acaecida el Lunes de Pascua, hemos querido ver algo de Providencia, al evocar la esperanza cristiana en la resurrección de la que habló San Pablo a los Romanos, en la carta que inspiró la bula 'Spes non confundit' mediante la cual, Francisco convocó este Jubileo.

Esperanza que ayudó a mitigar un cierto sentimiento de orfandad que muchos católicos experimentamos cuando fallece un pontífice. Esperanza renovada en el Papa León XIV. Sustentada en la gran humanidad del nuevo Vicario de Cristo, expresada en cuantas emociones se reflejan en el rostro de quien acaba de aceptar llevar sobre sus hombros el peso de una historia milenaria y la responsabilidad de ser Pastor de la Iglesia Universal durante los próximos años.

Mirando las espectaculares fotografías del Cristo de la Expiración y Nuestra Señora de la Esperanza de Málaga en la Capilla de la Presentación de la Virgen de la Basílica de San Pedro, recordé que la educación también es una forma de evangelización. Evoqué a Santa Juana de Lestonnac, que convirtió a la Niña María presentada en el templo como modelo para sus alumnos y alumnas.

Contemplando las imágenes del Cachorro en aquella ubicación única, volví a aquellas clases de Historia del Arte, cuando nuestra querida Esther Moreno, nos hablaba con entusiasmo de la imaginería barroca y la escuela andaluza. Recordé también que a punto estuvo de perderse esta portentosa imagen, de no haber sido por la restauración que los hermanos Cruz Solis realizaron de la misma, tras el fatídico incendio que en 1973 afectó seriamente al crucificado y redujo a cenizas a la Virgen del Patrocinio.

Luis Álvarez Duarte, el imaginero que devolvió a la vida a la 'Señorita de Triana' tras aquel suceso, - de ahí que el genial Antonio Gala lo bautizara como “abuelo” del Cachorro -, también restauró en 1969 a la Esperanza de Málaga. Curiosamente, Álvarez Duarte, cuya obra en Jerez es destacada -de sus manos salieron las tallas de la Virgen de las Aguas de la Hermandad de la Lanzada, la Virgen de la O y las imágenes secundarias el misterio de la Coronación de Espinas-, entablará, gracias a una de sus tallas cristíferas, una hermosa vinculación con el Papa que convocó este Jubileo y abogó por cuidar a las hermandades.

A principios de los ochenta del pasado siglo, y a través de Pablo Blanco - entonces jugador del Sevilla -, dos futbolistas argentinos que militaban en el equipo nervionense, Scotta y Bertoni, encargan a Álvarez Duarte la imagen de un cautivo. Es así como el Cristo del Gran Amor - popularmente denominado 'Cristo de los futbolistas' -, llega hasta Buenos Aires, donde recibirá culto en la Catedral Metropolitana bonaerense.

Allí, la imagen ganará miles de devotos, entre los que destaca Jorge Mario Bergoglio, que fue designado Obispo auxiliar de Buenos Aires en 1992. Desde 1998, el ya Arzobispo Bergoglio solía presidir la última estación del multitudinario Vía Crucis, a las puertas del templo metropolitano. Quizás este vínculo con el Cristo de los futbolistas, - con la imaginería pasional andaluza -, contribuyera en alguna medida a que el Papa Francisco cuidara especialmente a las hermandades y cofradías, otorgándoles, treinta años después, un papel capital en los actos del Jubileo de la Esperanza.

Lo cierto es que lo vivido estos días en Roma es un refrendo universal a la misión de las hermandades, que a través de sus tres pilares fundamentales - cultos, formación y caridad o acción social -, continúan ejerciendo una importante labor de apostolado misionero, siendo peregrinas de esperanza en medio de sus barrios y comunidades.

En los anales de la Historia y en la memoria de millones de católicos, de muchísimos cofrades, permanecerá para siempre la jornada del sábado 17 de mayo de 2025. Cuando la tarde claudicaba en la Ciudad Eterna y, en sublime demostración de la fuerza de las hermandades, uno de los grandes crucificados de la cristiandad expiraba a la vera de una de las siete nuevas maravillas del mundo. Las gotas de la lluvia, como lágrimas de tantos seres humanos que sufren hoy en la cruz de la soledad, del miedo, de la angustia o de la desesperación, acariciaron la efigie barroca de Aquel que entregó la vida por la redención de la Humanidad.

Y como impresionante banda sonora de un acontecimiento irrepetible, los sones de una marcha prodigiosa, creada por un insigne compositor nacido en el número cincuenta y seis de la calle Larga, en la ciudad más bonita del mundo.

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