Esteban Fernández-Hinojosa

De los medios a los fines

La tribuna

¿Cómo obligar a un médico a practicar un aborto si por motivos de conciencia se opone a tratar un caso que ni siquiera tiene fundamento clínico?

De los medios a los fines
De los medios a los fines / Rosell

10 de julio 2021 - 01:36

Algunos filósofos de la medicina han argumentado que, a través del debate, la profesión médica puede alcanzar "consensos" sobre los servicios que debe ofrecer. Y si un procedimiento médico alcanza la consideración de "intervención apropiada", el profesional que se niega a ofrecerlo, aun por motivos morales, conculca una obligación fundamental. Tropezamos aquí con el conocido "equilibrio reflexivo" de Rawls. Si esta profesión es de elección "voluntaria", el médico que se opone a un procedimiento sancionado por el consenso debiera haber elegido otra profesión o, al menos, otro área de la medicina que no colisione con sus creencias. Sin embargo, la libertad de elección de la profesión no es una razón suficiente para que el profesional no ejerza su libertad de conciencia dentro de ella. Incorporarse libremente a la carrera no obliga a renunciar al derecho de objeción de conciencia; tampoco la profesión vincula al médico a la obligación de dar cumplimiento a toda práctica posible. Estos dilemas serían quizá mejor comprendidos tras una deliberación colectiva de los fines que atribuimos a la medicina; pues considerar la salud "el perfecto estado de bienestar" es tan irreal como frustrante.

Muchos abortos, en realidad, no proporcionan beneficio médico ni a la madre ni al feto, y en rigor carecen de indicación médica. ¿Cómo obligar a un médico a practicar un aborto si, por motivos de conciencia, se opone a tratar un caso que ni siquiera tiene fundamento clínico? Si el médico juzga que un procedimiento contraviene los fines de la profesión, no le será fácil sentir la obligación de practicarlo. Si ciertos procedimientos socavan el bienestar del paciente, la obligación fundamental del médico -proteger ese fin- debe prevalecer sobre el cumplimiento del consenso o la norma que a este respecto recoja el ordenamiento jurídico. Hace poco la Asociación Médica Canadiense elevó la eutanasia y el suicidio asistido a categorías de servicios médicos terapéuticos, y la participación de los médicos en esas prácticas adquirió carácter de norma, aunque a juicio de la mayoría la eutanasia no forma parte de los fines de su profesión. El médico tiene la prerrogativa de abstenerse de proporcionar un servicio si sospecha que hay otras formas de tratamiento, por ejemplo, en el alivio del sufrimiento en el proceso de morir, o en el bloqueo hormonal en adolescentes… Puede acogerse a la llamada "objeción de ciencia" que ampara nuestro Código de Deontología Médica en su artículo sobre libertad de método y prescripción. No obstante, el hiato que en medicina forma el consenso de la profesión con la ética individual del profesional no inspiraría tantos conflictos de intereses si no fuera por lo utópico de algunos fines.

Nadie discute que la integridad moral sea un bien básico que, además de proteger al paciente, sitúa al médico ante su realidad profesional con una conciencia más limpia y oreada. Sería inquietante que el viejo oficio tratara ahora a sus profesionales como meros instrumentos para proveer servicios. El precio por la pertenencia al gremio resultaría irracionalmente elevado. Por ahora, un cierto agotamiento e insatisfacción mostrados entre los médicos se explica, en parte, por la pérdida de autonomía y el mayor control y supervisión en las crecientes y tediosas tareas de gestión. Y es que sin objetores de ciencia y de conciencia, la profesión perdería la capacidad de integrar sus propias lecciones. Si se excluye una parte de la profesión del equilibrio reflexivo, la corrección se irá imponiendo -como empezamos a ver- desde el ámbito político, y eso ya no es autocorrección. Pero la política se desarrolla en un nivel puramente estratégico, donde no se discuten los fines y sólo se negocian los medios, donde hablar de fines y valores resulta anacrónico. Puede que nuestra tarea consista entonces en salir a la arena pública e interaccionar socráticamente con la sociedad (Sócrates combatía a diario contra la rutina de creerse estabilizado en su amor a la verdad y apego a sus convicciones). En democracia, la soberanía no se acaba con la emisión de votos, por mucho que la política prefiera mantener al pueblo soberano distanciado de deliberaciones colectivas en temas fundamentales, como el de la diversidad de valores morales, que tan necesarias resultan para una convivencia social saludable. Es probable que con la universalización de la participación y deliberación en el encuentro de unos fines razonables en medicina, estos fueran compartidos por la mayoría de las personas. Y por eso es también posible que la bioética médica se halle entre los mejores foros para fomentar el debate y educación en cuestiones de valor relativas a la frontera entre lo moral y lo legal del cuerpo, de la forma de vivir y de la forma de morir.

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