La pegadiza canción Contrabando de sandías y de naranjas podrías contaba cómo la policía paró a un trajinante y le dijo: “che, che, documentación, los papeles del camión”. El estribillo de la letra de una antigua sevillana repetía: “no me mandes papeles, que no sé leer, que no sé leer”. En la actualidad, el ciudadano, que ya sabe leer, no para de enseñar y recibir papeles, en un sentido amplio: documentos, correos electrónicos, wasaps …
En épocas pretéritas, el papel (coloquialmente, la prensa escrita) por su tacto y color denotaba el tipo de noticia o información. El papel cuché para lo rosa o del corazón; el color salmón, economía; la prensa amarilla, o sensacionalista, sería la que hoy difundiría bulos, que no son tantos porque en muchos casos terminan siendo verdad.
Los papeles han sido siempre determinantes en la vida. En las habitaciones del hogar, las paredes con papeles pintados; en el cuarto de baño (y producto estrella de la pandemia), el papel higiénico; en la cocina, el papel de plata; en la vetusta oficina, el papel carbón para calcar; en el estanco, el papel de fumar; en los escenarios, el mentiroso papel cartón; en la universidad, el título de papel satinado; y el papelón, la denominación de una franquicia de tabernas.
Sobre el papel (en teoría), el comportamiento humano depende del papel de cada uno. Puede “tener” o “hacer” un buen o mal papel, incluso “cambiar” de papel. En ocasiones, hasta “perder” los papeles. Si se incumple la palabra dada: papel “mojado”, aunque estuviera sellado y rubricado, y con papel del Estado por medio. La papelina, vuelve loco al drogata. El actor “sale” en los papeles por su infausto papelón. La desgracia de un “sin papeles”. Y los errores vitales, no son más que borrones en nuestro papel: preferible que no sean indelebles. Si abundan las manchas, a la papelera.
Los medios de comunicación nos saturan de papeles tanto en el ámbito internacional como en el solar patrio. Un breve repaso. Los de Panamá revelaron la trama urdida por un bufete para que numerosas personalidades de todo el mundo defraudaran a los fiscos de sus respectivos países mediante opacas sociedades interpuestas. En España le costó la dimisión a un ministro y pudimos ver a Pedro Almodóvar, el famoso director de cine, en el papelón de acusar a su hermano Agustín como desleal encargado de las finanzas comunes.
Los de Epstein salpican a ciertas familias reales cuyos miembros han perdido algo más que los papeles con el pederasta norteamericano. También afectan a otros personajes, (políticos, ricachones, actores…) que sucumbieron ante las rijosas invitaciones del depravado yanqui y su novia (en el papel de madama). Nuestra papelería nacional no ha sido ajena a sorprendentes cambios de papeles. El fiscal general condenado por filtrar papeles secretos y vulnerar la inocencia de un avaro contribuyente. Varios individuos de muy distinto rango (jefe de policía, asesor presidencial y alcaldes) como presuntos abusadores sexuales con papeles muy eróticos. El presidente del Gobierno y su esposa con satinados papeles académicos.
Y como colofón, los papeles de Ábalos, Koldo y cía. Una pandilla de traficantes que, al parecer (con o sin camión), se repartían papeles, no de plata sino de curso legal: billetes de dinero negro. Sus integrantes han calcado sus papeles, y se hacían acompañar por jóvenes “zorritas” que adoptaban el papel de novias de papel cartón. Han emborronado de forma indeleble el papel de la vida política española. Ignoro si la cárcel (papelera o cesto de papeles manchados), en concreto, la de Soto del Real tiene decoradas sus paredes con papel pintado.
Hay que exigir los papeles a todos los contrabandistas, y agradecer a la prensa incolora su papel de proveedora de un figurado papel higiénico (contra la pandémica corrupción de la sociedad): la información libre y veraz. Aquella antigua sevillana debería tener un nuevo estribillo: “que me mandes papeles, que quiero saber, que quiero saber”.