César Romero

Una pesadilla maravillosa

La tribuna

Los veinte minutos de anuncio pasaron rápido. Es lo que tienen los sueños, que carecen de tiempos muertos (¿por eso se parecerán tan poco a la vida?)

Una pesadilla maravillosa
Una pesadilla maravillosa / Rosell

09 de diciembre 2019 - 01:41

No me desperté sudando, porque así sólo se despierta uno en las pesadillas ficticias, no en las reales, ni tocando la cama para asegurarme de que estaba allí y no en el plató. No hacía falta. Lo había visto con mis propios ojos, bueno, con esos internos que ven hasta lo que no quieren (no se pueden cerrar, igual que los oídos). Había empezado como una auténtica pesadilla. Pablo Motos, en su enésima temporada al frente de El hormiguero, casi tan musculado como Schwarzenegger en sus años de Conan y el pelo igual de rojo que Van Gogh, con o sin oreja, se me apareció bailando al inicio de su programa, acompañado por Pilar Rubio, Cristina Pedroche, Eva González, cuyas sonrisas casi me ciegan, y Joaquín, el futbolista del Betis que tras colgar las botas tenía sección fija en el programa. Joaquín bailaba mejor que las otras, por cierto, lo que no debe tomarse como un comentario heteropatriarcal ni sexista (ni mucho menos probético). Luego descubriría que otro de los integrantes de Masterchef también tenía sección propia, lo que me lleva a pensar que el famoso espacio había desaparecido (¿sería que Podemos se había hecho con TVE y había suprimido esos programas de entretenimiento por continuas tertulias políticas donde jóvenes, hablando a ritmo de rap, como hace Pablo Iglesias en sus mítines, discutían continua y asambleariamente cómo garantizar la renta básica universal y otras cuestiones, o que Vox había decidido sustituirlo por otros, también de entretenimiento, Paisanos cañí o algo así, donde las sencillas gentes de nuestros pueblos relataban sus vivencias con un tono cercano al público de Juan y Medio en Canal Sur? Misterio sin resolver). Motos dijo, antes del primer corte publicitario, "hoy viene a disfrutar con nosotros…Sergio Ramos". El morbo estaba servido, no ya por ver juntos a esos mitos del fútbol hispánico sino porque, al parecer, Ramos y Rubio se habían separado.

Los veinte minutos de anuncio pasaron rápido. Es lo que tienen los sueños, que carecen de tiempos muertos (¿por eso se parecerán tan poco a la vida?). Y ahí apareció Sergio Ramos, que había sumado otro tatuaje a su multigrafiado cuerpo. En su frente se leía la palabra Qatar. El público, en pie, no dejaba de aplaudir y corear su nombre. Hasta Joaquín, con su risa de oreja a oreja, aplaudía. Qué extraño. ¿Se habría retirado y Motos le iba a dar otra sección en su espacio? Podría tocar la guitarra y acompañar a artistas invitados, o hacer un dúo con Motos, tan completo que hasta se apunta sus temitas con las seis cuerdas. Tendría su aquel que compartiera peripecias con su ex. Los dos sumergidos en una pileta a ver quién aguanta más (ah, sus blanquísimas sonrisas mientras el reloj corre y ellos sin respirar, bajo agua). Pero no. El público aplaudía porque Ramos, en un gesto sin precedente, había renunciado a participar en el Mundial de Qatar 2022 recién acabado, marcando una senda que habían seguido Messi, Cristiano Ronaldo, Hazard y otras grandes estrellas del planeta del fútbol, hasta el punto de que las federaciones nacionales de fútbol habían comparecido con equipos juveniles y el Mundial había sido un fiasco televisivo y económico. Ramos, con su carisma de eterno capitán, al parecer había convencido a sus compañeros de que no podían acudir a un país donde habían muerto miles de personas construyendo estadios en condiciones de esclavitud para mayor gloria de unos cuantos dirigentes del fútbol y otros tantos sátrapas. Quienes gozan de tal ascendencia sobre la juventud mundial, había manifestado, no pueden hacerse cómplices de esta matanza silenciosa ("genocidio futbolístico" había titulado algún periódico deportivo, con su habitual ampulosidad) y había renunciado a jugar en Qatar su quinto Mundial. Se le habían unido casi todas las estrellas del momento (sólo su ex compañero Xavi Hernández lo había criticado, pues vivía en Qatar y oye, se vive casi mejor que con Pujol -el honorable, claro, no el futbolista, que además es Puyo-, que él no había visto ningún muerto, eso sería propaganda del Estado español). El gesto de Ramos había convulsionado el casi siempre gregario mundo del fútbol y originado una ola de solidaridad que ni Greta Thunberg consiguió atravesando un océano. Incluso se estaba pensando en proponerlo para el Nobel de la Paz, ante lo que Joaquín hizo uno de sus inigualables chistes: "¿Nobel?, pero si es más antiguo que los balcones de madera", acompañado de una carcajada, risa que se tragó mi sueño cual gato de Chesire en un mundo de maravillas.

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