SIETE AÑOS EN LA CÁRCEL A LA ESPERA DE EXTRADICIÓN

La increíble historia del 'cura fatulo'

  • El sevillano Manuel Tobaja relata su paso por las prisiones de Puerto Rico y EEUU, tras ser acusado de ser un cura impostor. No se cumplió el acuerdo de extradición que había firmado. Protagonizó una ‘fuga’ tras un soborno y fue detenido en un barrio marginal. Realizó una gran labor social con los presos. Ha ganado una demanda por las irregularidades sufridas. Ahora rehace su vida en Sevilla

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Manuel Tobaja Villegas pasó ante la puerta de la basílica de la Macarena el 26 de julio de 2000 y, mirando hacia donde está la Esperanza, le dijo: “Quizá no te vuelva a ver”. Pocos minutos después, desde el coche, contempló a lo lejos la isla de la Cartuja y tuvo la percepción de que nunca más volvería a Sevilla. Atrás quedaban mucho amor y mucho odio. Viajaba en el automóvil de un amigo, que le trasladaba a Lisboa. En la capital portuguesa tendría una estancia dolorosa de 40 días, de la que salió confortado por los consejos de un cura al que conoció allí, el padre Braulio. El 16 de agosto, Manuel Tobaja viajó en un avión hacia Newark (New Jersey) y de allí se fue a San Juan de Puerto Rico, donde emprendería una nueva vida, cuyas consecuencias no podía entonces imaginar.

En Sevilla tuvo varias denuncias y había sido condenado a una pena de tres años y seis meses de prisión por la sección séptima de la Audiencia Provincial, como responsable de un delito de falsificación de documento mercantil. La sentencia aún no era firme, pero cuando se marchó sabía que la cárcel le esperaba como su único destino posible en la capital andaluza. Había falsificado documentos para conseguir unos préstamos que antes le habían denegado, por un importe aproximado de unos 10 millones de las pesetas de entonces (60.000 euros). Estaba asfixiado por las deudas. Vendió su piso y fue acogido en la casa de un amigo. Según Tobaja, “en esos días tan difíciles, llegué a pasar hambre física, porque no tenía ni para comer”.

¿Cómo llegó a esa situación extrema? Era un cofrade muy conocido en Sevilla, que vestía a algunas imágenes de Semana Santa, entre ellas la Virgen de su cofradía de la Soledad de San Lorenzo. Pero, ante todo, era un profesional muy cualificado en temas de patrimonio artístico. Tobaja, licenciado en Historia del Arte por la Universidad Hispalense, estaba considerado como el máximo experto en la obra del imaginero Antonio Castillo Lastrucci. Era también conferenciante, participaba con trabajos divulgativos en medios de comunicación y dirigió coros de música sacra.

Su labor profesional se centró en la fundación y dirección del taller de restauración Isbilia, donde se hicieron destacados trabajos de recuperación del patrimonio artístico, sobre todo religioso, por lo que alcanzó una notable reputación en los años 80 y parte de los 90, no sólo en Sevilla, sino también a nivel nacional. Recibían importantes encargos y colaboraron en la restauración de numerosos templos de la capital sevillana y la provincia. Junto a él, trabajaron profesionales muy conocidos, entre ellos algunos que después pasaron por el IAPH (Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico). Al amparo de este taller, se creó ACIS (Asociación Cultural Isbilia), una fundación sin ánimo de lucro, a la que se destinaron beneficios para restaurar el patrimonio de entidades religiosas.

Pero Isbilia se vino abajo. El vicario de la Archidiócesis, Antonio Domínguez Valverde, llegó a enviar cartas, aconsejando que no se le encargaran obras de restauración. El taller se había arruinado. Según ha declarado Tobaja, “el desastre llegó tras mi enfrentamiento con cuatro clérigos que llegaron a tener mucho poder, entre los cuales por cierto, no estaba el señor vicario, un hombre santo, que no sabía nada de aquello y envió las cartas a instancias de otros”. No revela sus nombres, pero dice que se dedicaron a blanquear dinero, cuyo origen desconocía, y además le pidieron facturas falsas para sufragar restauraciones de templos que ACIS había realizado de forma altruista y gratuita, en sus actuaciones como entidad fundacional. “Llegó un momento en que me negué a seguir con estas prácticas irregulares -afirma-, y entonces iniciaron una campaña contra mí, con acusaciones falsas, hasta que me arruinaron”.Por Sevilla circularon rumores de que Tobaja había robado algunas de las obras de arte que le entregaron para restauraciones y que había dado el cambiazo a otras imágenes, sustituyéndolas por tallas de menor valía artística. Él se indigna, lo niega, y considera que fue “una absoluta canallada propagar esos bulos”.

No obstante, sí admite que cometió irregularidades económicas, que las deudas le cegaron y con las dificultades, al encontrarse sin trabajos, entró en una situación económica desesperada. Pidió préstamos, que en unos casos le concedieron y en otros no, y que en unos casos pagó y en otros no. Así se encontró sin salida, y eso le llevó a la falsificación de documentos, a la condena y a la más absoluta ruina.

Cuando Manuel Tobaja Villegas llegó a San Juan de Puerto Rico, el 17 de agosto de 2000, no se podía imaginar que en la isla del encanto se convertiría en el padre Manolo y en el cura fatulo. A Puerto Rico no fue por casualidad, sino porque había sido el destino de algunas cantidades de dinero supuestamente blanqueadas a través de ACIS. Intentaba seguir alguna pista. Pero en la capital puertorriqueña, cuando llegó, sólo conocía al padre Carlos Jiménez Van der Dys, licenciado en Derecho por Harvard, un cura que llegó a ser vicecanciller del Arzobispado de San Juan, y que entonces estaba en la parroquia de San Jorge, donde era conocido popularmente como el padre Carlitos. Era muy aficionado a las restauraciones artísticas, y había contactado con él cuando desempeñaba la dirección de Isbilia.

Al poco tiempo de llegar a San Juan, unos curas le hicieron una propuesta a Tobaja que cambió su vida: ordenarlo sacerdote para que asistiera como intérprete a una importante reunión de altos dignatarios eclesiásticos de Puerto Rico y el Caribe. Querían infiltrarlo como traductor de francés, único idioma que hablaba uno de los asistentes, representante del Vaticano, pero habían exigido que quien hiciera esas funciones fuera un cura.

Manuel Tobaja Villegas recibió la ordenación sacerdotal en una iglesia de Puerto Rico, en una ceremonia presidida por un obispo americano. Según puntualiza, “el ordenamiento no fue tramitado oficialmente, pero es un acto que imprime carácter ante Dios y ante los hombres”. Cumplido el requisito, el nuevo cura asistió como traductor a una importante reunión eclesiástica, celebrada en Cidra, en la diócesis de Caguas. Y fue así como se vio envuelto en un conflicto de poderes de la Iglesia de Puerto Rico, zarandeada aquellos años por el nombramiento de monseñor Roberto Octavio González Nieves como arzobispo de San Juan, relevando al cardenal Aponte. El prelado tenía detractores influyentes, que lo consideraban independentista y en aquella reunión plantearon, entre otros temas conflictivos, que monseñor González Nieves fuera obligado a dejar el sillón episcopal. “Emplearon un lenguaje soez, sin nada de caridad fraterna. Fue una reunión vergonzosa, indigna de eclesiásticos”, recuerda.

Sabía demasiado. Tobaja Villegas pronto pasó a ser el padre Manolo, como le llamaban sus feligreses de Playita, en el Barrio Obrero de Santurce, un sector marginal de la periferia de San Juan, donde vivían drogadictos, delincuentes, ex presidiarios, desarraigados y pobres de solemnidad, en una mezcla explosiva. Acudió allí tras la petición de un grupo de vecinos que lo habían conocido en San Jorge, y que malvivían en ese barrio de marginados.

Tobaja había estado en la reunión donde se trataron asuntos nada ejemplares, pero en otro encuentro eclesiástico de altura llegaron a ofrecerle dinero y un destino “en una parroquia de ricos” para que se callara. Sin embargo, él se marchó sin aceptar nada. También sufrió amenazas, que después se cumplirían. Su destino comenzó a torcerse cuando lo echaron de la parroquia de San Jorge. Empezaban tiempos difíciles. Fue acogido en un convento de las Monjas Misioneras Guadalupanas del Espíritu Santo, situado precisamente en un lugar llamado Toa Baja, en Levitown. Allí pasó dos meses. Después estuvo en el Hogar del Divino Niño Jesús, también en Toa Baja, que tenía como director a un dominicano llamado Julio Pacheco, antiguo presentador de televisión. En ese centro realizó una labor social que recuerda con cariño, para ayudar a la rehabilitación de jóvenes adictos a las drogas y el alcohol. “Celebré misas en la capilla de las monjas y ante los chavales en el Hogar. Entonces sí me sentía sacerdote”, recuerda.

Aunque no había cometido ningún delito, le dijeron que se escondiera, que le habían preparado una encerrona. Y así ocurrió. Uno de los asistentes a la reunión de eclesiásticos en Cidra, en la que hizo de intérprete, le reconoció por casualidad en una visita al pueblo de Dorado, y se llevó una gran sorpresa, porque pensaba que había regresado a España.

Poco después llegó su detención. Se había escondido otra vez, en esta ocasión en Bayamón, en la casa de un ex drogadicto que lo ocultó. Pero estaba enfermo, pidió unos medicamentos a Julio Pacheco, el director del Hogar, y fue delatado. La Policía realizó un gran despliegue en la zona, como si fuera un delincuente peligroso. Rodeado por patrulleros, sin escapatoria, fue detenido por dos policías de paisano. Tras pasar dos horas en la Comandancia y ser identificado, lo acusaron de impostura por ser “un cura falso”. Poco después ingresaba en la Penitenciaría Estatal de Río Piedras, conocida como El Oso Blanco, su primera cárcel en Puerto Rico.

-Viejo, con calma.

Eso fue lo que le dijeron cuando entró en la cárcel el 21 de enero de 2001, día de San Sebastián. Estaba muy mal, física y psíquicamente. Había perdido peso y se sentía hundido en lo más profundo de su ser. Permaneció durante tres meses en un dormitorio médico, hasta el Lunes Santo. Para él, que había sido un gran cofrade sevillano, aquella fue su primera Semana Santa en el exilio de la cárcel. Recuerda que el Jueves Santo se celebró un acto litúrgico y asistió el arzobispo de San Juan, Roberto Octavio González Nieves. Preguntó en la cárcel por Tobaja, pero él no acudió a la ceremonia.

Comenzó también el proceso, lo que él llama “la injusticia de la justicia”. Le buscaron una abogada, Jane Hofman, que se presentó y le dijo: “Soy defensora de muchos gangsters de este país, y ellos lo veneran por su labor en Playita”. Junto a ella, se hicieron cargo de su causa los abogados Hiram Torres Cuebas y Benjamín Angueira Aguirre. La primera vista que se celebró contra él se interrumpió al presentarse el subsecretario de Justicia, Pedro Jerónimo Goyco, que le ofreció un acuerdo. “Me dijo que la gobernadora estaba siendo presionada para que me fuera del país, y me proponía un acuerdo, consistente en hacerme culpable de un caso menos grave, a cambio de permitirme que saliera de Puerto Rico”.

Las cuatro acusaciones de impostura y las cuatro de apropiaciones ilegales fueron archivadas. El juez apreció irregularidades en las denuncias de apropiación y consideró que no había impostura como cura falso, ya que no había suplantado la personalidad de otro. “No obstante, acepté el acuerdo, y me autoinculpé de una apropiación ilegal”, señala. En consecuencia, el 9 de mayo de 2001, en el Tribunal de Bayamón, se alcanzó un acuerdo para que Tobaja fuera trasladado a España, que sería confirmado el 27 de junio en el Tribunal de San Juan por el juez Carlos Cabán, con la anuencia de los fiscales Jesús Peluyera y Fleming Castillo. Un juez de la Audiencia Provincial de Sevilla, Antonio Merino, había solicitado la extradición con fecha 9 de marzo de 2001, para cumplir en España la sentencia de tres años y medio por falsificación de documentos, que ya había sido declarada firme por el Tribunal Supremo español. Sin embargo, el acuerdo no se cumplió.

Pasaron los días, las semanas y los meses en la prisión del Oso Blanco sin que nadie acudiera a recogerlo, ni hicieran caso de los requerimientos que presentaba el abogado Hiram Torres Cuebas. Ante su situación desesperada, escribió a Amnistía Internacional y a la Fundación Ramón Rubial, para que le atendiera a través de su programa de ayudas a presos españoles en el extranjero, y para que expusieran su situación al Defensor del Pueblo español. Su caso saltó a los medios de comunicación de Puerto Rico, pero seguía olvidado en prisión, sin que se cumpliera el acuerdo.

Y así, mientras pasaba el tiempo en la cárcel, sin explicaciones, se gestó la fuga. Un funcionario cualificado le había dicho: “¿Quiere pudrirse en las cárceles de Puerto Rico. Nunca vendrán por usted. Su única posibilidad de quedar libre es que nosotros le saquemos. Le permitiremos salir”. Al principio, se negó, pero después aceptó. Tobaja no sabía que un grupo de amigos, ante su patética situación y el olvido oficial que sufría, habían pagado un soborno para que le dejaran en libertad. El 11 de octubre de 2001 salió de la cárcel. No hubo ninguna fuga espectacular. Pasó todos los controles y salió por la puerta principal, después de que le entregaran 500 dólares. Cerca de allí, estuvo esperando a un chico, ex presidiario, que había quedado citado para recogerlo. Pero pasaron dos horas y no llegó. Se marchó haciendo auto-stop. Dos jóvenes lo subieron a su coche y lo trasladaron a Santurce, al barrio marginal de Playita.

Se fue a Humacao, en el este de la isla, y pasó la primera noche refugiado en un bosque, temblando, bajo un diluvio. En televisión dieron la noticia: “Se fuga el cura fatulo”. Alguien le había visto deambulando por la zona, y avisó a la Policía. Por la noche se adentraron en el bosque donde se encontraba. “Yo veía las luces y oía el ladrido de los perros, tenía una bronquitis, con fiebre alta. Me tiré al suelo, apreté una estampa de la Virgen que tenía en la camisa y pedí a Dios que se cumpliera su voluntad”, afirma Tobaja. Estaba enfermo, tumbado sobre la hierba mojada, pero no le vieron y, poco a poco, se retiraron.

Siguieron las peripecias. Al día siguiente decidió buscar la casa de un amigo, que vivía en la zona, pero un chico le reconoció antes de que llegara. No era un policía, como temió, sino otro ex presidiario al que había conocido en la cárcel. En una minúscula casita que tenía este joven, en medio de un bosque tropical, encontró reposo y algo de comida. Allí pasó dos semanas oculto y se le ocurrió una idea peligrosa: exponer su situación a la opinión pública. Para ello llamó, a través del teléfono móvil del joven, a Ojeda, un periodista amigo, al que contó todo lo ocurrido, en una entrevista. “Dije que no era un delincuente, que no quería huir, que sólo quería que me enviaran a España, y expuse la situación de irregularidad legal en la que me tenían”, señala. Pero al día siguiente, permitió otra entrevista a un periodista amigo de Ojeda. El cerco policial se estrechó de nuevo sobre él.

La fuga continuó por otros refugios. Lo llevaron a ocultarse en Naguabo, en la casa de la amante de un preso amigo. Después pasó tres días en el domicilio de otro ex presidiario, que lo acogió hasta que temió ser descubierto. Finalmente, le pidió que le llevara a Playita, en Santurce, el barrio marginal que le apoyaba, donde se consideraba a salvo.

Se ocultó en una casa abandonada, un hogar eventual que a veces usaban drogadictos, donde convivían animales diversos, incluidas muchas ratas. Allí se encontraba también otro inquilino, Alvin el Gringo, un hombre muy envejecido, drogadicto, que consumía crack. A los cuatro días de estar allí, Tobaja recibió la visita del jefe de un clan de Playita, que le dijo: “Por su culpa están calientes los puntos del barrio, porque estamos rodeados de policías y la gente no acude a comprar droga , así que le vamos a buscar otro sitio”.

A primera hora de la mañana siguiente había quedado con él fuera de la casa. Pero, al salir, una persona le advirtió que había un gran despliegue de policías. “Volví al interior de la casa abandonada, pero ya no podía más y, en realidad, estaba deseando que me detuvieran”, afirma Tobaja. En aquel lugar nauseabundo, poco después, entró el agente Miguel Soias. No se ocultó. Fue detenido sin violencia. El policía le dijo que no temiera nada: “No se preocupe, porque lo van a extraditar”.

Manuel Tobaja Villegas tampoco fue extraditado tras su detención, sino que pasaría los años más duros de su estancia en las cárceles. En una rueda de prensa para informar sobre su captura, el agente Ismael Castro, del Negociado de Investigaciones Especiales de Justicia (NIE), dijo a los periodistas: “Lo hemos arrestado metiéndose droga, estaba rodeado de jeringuillas”. Tobaja protestó indignado, pero la leyenda negra del cura fatulo se acrecentó. “Jamás he consumido drogas –afirma- y les dije que estaba dispuesto a hacerme análisis para demostrarlo”. Un policía interrogó después a Tobaja y le planteó otra propuesta: “Dígame los nombres de los funcionarios que lo sacaron de la cárcel y se irá a su país”. También le planteó una amenaza: “Si no me lo dice, lo enviaremos a la cárcel más dura que tenemos, El Monstruo Verde, en Ponce, y allí pasará por un calvario”.

Pero no delató a nadie. Finalizado el interrogatorio en el Departamento de Justicia, comenzaba su nueva aventura penitenciaria, que le llevaría a la Institución de Máxima Seguridad, conocida como El Monstruo Verde, situada en Ponce, a casi dos horas por carretera de San Juan de Puerto Rico. Ingresó en el Complejo Correccional, encarcelado por la fuga, en prisión preventiva, sin cargos. Permaneció más de un mes en segregación disciplinaria y administrativa, hasta que fue reubicado en una celda de seguridad. Allí recibió la visita del entonces cónsul general de España, Emilio Barcia, que se interesó por su situación personal. También pasó por allí su prima Carmela, con su esposo, Alberto, que habían viajado desde Sevilla. En mayo de 2002 acudió a visitarlo María Luisa Cava de Llano, adjunta primera del Defensor del Pueblo Español, Enrique Múgica. Más tarde recibiría tres cartas de esta institución española, mostrándole su apoyo, pero diciéndole que carecían de competencias sobre decisiones de jueces y tribunales extranjeros. No obstante, se comprometían a tramitar una petición de ayuda económica, así como a intentar incluirlo en “convenios de traslado” de presos entre EEUU y España, para que cumpliera la sentencia que tenía en nuestro país. Después todo quedó en el olvido.

A su situación carcelaria, pendiente de un acuerdo para enviarlo a España, que no se cumplía, se añadió un nuevo problema: la fuga. “Yo estaba ilegalmente retenido por Puerto Rico cuando se produjo la fuga; por tanto no existía la comisión de un delito”, apunta Tobaja. “En el caso de que se hubiera argumentado que estaba en prisión preventiva para completar la extradición –añade-, mi sentencia no debería haber excedido los seis meses”. Por su parte, la secretaria de Justicia, Anabelle Rodríguez, negó en televisión la existencia del acuerdo para enviarlo a España, un documento que, al parecer, permaneció durante cierto tiempo “oculto” en la oficina del subsecretario, Pedro Jerónimo Goyco.

En mayo de 2002 fue juzgado por un tribunal con jurado. El proceso judicial estuvo lleno de presuntas irregularidades y presiones. No permitieron declarar como testigo de la defensa al fiscal Jesús Peluyera, uno de los que había gestado el acuerdo para la extradición en 2001. Peluyera reconoció al diario Primera Hora que el acuerdo para enviarlo a España se había formalizado, pero dijo que Tobaja lo estropeó todo con su fuga: “Cuando la carta diplomática para cederlo ya estaba perfeccionándose, este señor decide evadirse”.

Otra vez le ofrecieron un nuevo acuerdo para que revelara con detalle los nombres de las personas que le habían facilitado la fuga de la cárcel, a cambio de ser extraditado a España de inmediato. Su abogado, Hiram Torres Cuebas, pidió que lo liberaran primero y después declararía, pero se negaron. El jurado lo consideró culpable de la fuga. Sin embargo, la sentencia no se impuso hasta 15 días después, un tiempo que el NIE aprovechó para nuevas presiones, a fin de que delatara a los que le ayudaron a huir. Fue condenado a cuatro años por fugarse, y a dos más por reincidencia simple, pese a que no había cargos anteriores, tan sólo la autoinculpación para la extradición.

Siguió su calvario personal en la prisión del Monstruo Verde. “Las condiciones de esta cárcel eran propicias a la soledad –dice Tobaja-, aunque también facilitaron la amistad con muchos presos, a los que intentaba ayudar. Allí sentí que Dios me ‘hablaba’. Hasta entonces hacía las cosas a mi manera, pero supe que en el futuro se debían hacer a su manera, y fue así como tuve fuerzas para aceptar todo lo que viniera”.

El 27 de diciembre de 2002 fue uno de los días más amargos de su vida. Fue trasladado al Metropolitan Detention Center, la cárcel federal de Guaynabo. Le obligaron a desnudarse para ser introducido en el hueco (una celda ciega de 2x2 metros), donde sólo había un ventanuco para recibir la comida y permanecía con luz eléctrica durante las 24 horas del día. En esas condiciones extremas estuvo más de dos semanas. Se trataba de una nueva y grave irregularidad jurídica, porque su fuga era un delito competencial del Estado de Puerto Rico, en cuyas cárceles había permanecido hasta entonces, mientras las prisiones federales correspondían a EEUU y, en el caso puertorriqueño, sólo se podía trasvasar a los presos muy peligrosos.

Así comenzó su periplo a través de cárceles federales. “Pienso que la idea que tenían era acabar conmigo, que se perdiera mi rastro y mi memoria”, afirma Tobaja, que lo justifica en que fue ingresado con nombres falsos y trasladado de prisión en prisión, para que nadie supiera donde estaba. Sus familiares de Sevilla, que viajaron a Puerto Rico para verlo, no pudieron encontrarlo, porque había sido registrado con una falsa identidad, como Miguel Villegas.

Estaba en una situación límite. El 15 de enero fue trasladado a Miami, en un viaje en el que temió por su vida. No sólo iba esposado, sino también encadenado, totalmente inmovilizado, y apuntado con metralletas en los traslados. Desde Miami fue conducido, días después, hasta el aeropuerto de Atlanta, en el estado de Georgia, donde sería ingresado en la Penitenciaría de Alta Seguridad de Atlanta, la segunda cárcel en importancia y temor de  los EEUU. Allí la mayoría de los peligrosos reclusos eran negros, y miraban con desprecio a los hispanos y a los blancos. En esta cárcel fue encerrado en una celda junto a dos jóvenes reclusos de pandillas rivales, y a la mañana siguiente uno de ellos asesinó al otro. La escena le provocó tal angustia a Manuel Tobaja que sufrió un accidente cerebro vascular transitorio, y estuvo durante 24 horas con una parálisis parcial.

Pronto lo volverían a trasladar. Seguían los movimientos de confusión, siempre con identidades falsas, que iban cambiando. Un día le obligaron a vestirse y fue conducido a Oklahoma, la peor cárcel de EEUU. En Atlanta había conocido a Philip Johnson, uno de los principales atracadores americanos de los años 90. Y en Oklahoma se interesó por su situación Sergio Colón, un conocido sicario colombiano del clan de Pablo Escobar. Después de la mítica fuga de Alcatraz, la vigilancia en esa prisión era extrema. En Oklahoma se habían tomado medidas de altísima seguridad. La cárcel está debajo de una montaña, y según le dijeron, la movían tres veces al día, de forma aleatoria, aunque no se notaba, para evitar que los presos se orientaran de donde estaban. En Oklahoma fue registrado con otra identidad falsa: Antonio Rodríguez Buzón, curiosamente, y por casualidad, el mismo nombre de un célebre poeta cofrade sevillano.

Con un teléfono móvil que le prestó un preso, consiguió llamar a su abogado, Hiram Torres Cuebas, a Puerto Rico, y le expuso su calvario, con la falsa identidad bajo el nombre del poeta. Tras las gestiones que realizó el defensor, fue transportado en un vuelo federal de confinados, que le devolvió a la prisión de Atlanta, ya que la jueza Carmen Dolores Ruiz, del Tribunal de San Juan, emitió una orden reclamando su regreso a Puerto Rico.

El 26 de febrero de 2003, dos meses después de haber salido de El Monstruo Verde, tras sus recorridos por las dos principales prisiones federales de EEUU, Manuel Tobaja era reingresado en la cárcel estatal puertorriqueña de Ponce, “su” prisión. En el Monstruo pasó varios días, en los que recibió algunas explicaciones sobre lo ocurrido, sin aclarar los motivos. Hasta que el 3 de marzo fue trasladado otra vez, en esta ocasión a la 296, la prisión de máxima seguridad del Complejo Correccional de Guayama, en la isla. El documento que llevaron para el traslado decía: “Reubicación del Cura Fatulo”, y estaba firmado por el capitán Fontánez. Ya no tenía dudas de quién movía aquello.

Guayama-296 se convirtió en un paraíso, después de lo que había sufrido en las prisiones federales de EEUU. Allí fue muy bien recibido por los presos ñetas, uno de los principales grupos de reclusos de Puerto Rico, que ya lo conocían de otras prisiones. En Guayama había reclusos de varios bandos, que más o menos convivían, pese a las rivalidades y venganzas que se gastaban en otros centros penitenciarios puertorriqueños.

“Les ayudé todo lo que pude –dice Tobaja-, la mía era casi una celda-bufete, en la que se hicieron 1.300 mociones durante los años que estuve en Guayama, para mejorar la situación de los confinados”. En esa cárcel dirigió seminarios de Sanidad Interior (conocidos como Terapia del Perdón), con ayuda de la capellanía católica. También dio seminarios de Paternidad Responsable (había presos de 25 años que eran padres de cinco hijos), así como clases de Ciencias Sociales y Español. Asimismo participó en conferencias y creó los clubes Miguel de Cervantes y del Lector, para fomentar la lectura. Igualmente, formaron una cooperativa artesanal, llamada Arigos. En unión de pastores evangélicos y un cura católico, intervenían en el llamado Bootcamp, que realizaba una rehabilitación integral de la persona, con formación cristiana y actividades físicas y deportivas. Con estas actividades, se aplicaban reducciones de condenas a los reclusos, pero a Manuel Tobaja no le hicieron ninguna, pese a que intervenía como tutor y profesor, y contaba con el beneplácito de los responsables de la prisión. Según le dijeron, los beneficios penales sólo se podían aplicar a los puertorriqueños. Pero su mayor orgullo fue contribuir a la creación del Movimiento Ecuménico Luz del Mundo, dedicado a asistir a los desheredados, de manera especial a los presos. 

A Manuel Tobaja, pese a su labor social, aún le quedaban unos años de cárcel y un duro episodio por sufrir. El 9 de noviembre de 2004, tras la cena, se sintió repentinamente indispuesto, con continuos vómitos y diarreas. Había sufrido un intento de envenenamiento. Un joven recluso, Maicolito, al que consideraba su hijo adoptivo, avisó a los guardias. Fue trasladado a un hospital de Guayama, donde permaneció ingresado varios días, hasta que mejoró y le dieron el alta para volver a la cárcel. Los reclusos investigaron por su cuenta. Descubrieron que el autor había sido un preso de los más antiguos, con larga condena aún por delante, que fue sobornado por uno de los oficiales implicados en su fuga, con la promesa de acelerar su puesta en libertad a cambio de que lo envenenara. Los presos pidieron permiso a Tobaja para “ejecutarlo”, a lo que él se negó rotundamente, y los amenazó con no ayudarles nunca más. Pese a sus ruegos, el supuesto autor del envenenamiento apareció muerto.

En la cárcel de Guayama-296 vivió otros momentos difíciles. Entre ellos recuerda un intento de motín, en las Navidades de 2004, en el que intervino como mediador con las autoridades, consiguiendo finalmente evitarlo. Poco después fue trasladado y quedó en situación de “custodia mediana”. A finales de febrero de 2005 fue trasladado a Guayama-945, donde quedó en situación de “custodia mínima”.

Durante sus últimos años de estancia en prisión, sufrió las consecuencias de tantas penalidades. Fue sometido a una intervención quirúrgica en julio de 2006, en el Hospital San Juan Bautista, de Caguas. Pese a todo, quería quedarse en la isla. Intentó conseguir un permiso migratorio para continuar su labor social en Puerto Rico, cuando saliera de la cárcel, pero le fue denegado, pese a que cumplía los requisitos habituales. Por el contrario, su último litigio burocrático tuvo más suerte. Le fue admitida una demanda por daños y perjuicios contra el Estado Libre Asociado de Puerto Rico.

El juicio se celebró en noviembre de 2007. La magistrada María del Carmen Gómez Córdova, dictó sentencia a favor de Manuel Tobaja, condenando al Estado Libre Asociado de Puerto Rico por las irregularidades cometidas y por su traslado ilegal a las prisiones federales de EEUU. “Fue la primera vez que me hicieron justicia allí”, dice Tobaja. Sin embargo, no está resentido, sino todo lo contrario: “Siempre querré a Puerto Rico y a su gente”.

El 3 de noviembre de 2007 se extinguió por completo su sentencia de fuga, que prácticamente cumplió íntegra. Salió de la prisión de Guayama-945 y volvió a ser trasladado a la cárcel federal de Guaynabo, para esperar los trámites de deportación o extradición a España, que solían durar unos 10 días, según le dijeron. Ante su sorpresa, volvieron a llevarlo a una celda del hueco, porque había “riesgo de evasión”. Por suerte para él, después de quejarse, fue trasladado a una celda compartida con un chico que había robado un teléfono móvil. Así pasó un mes, hasta que lo trasladaron a otra celda más confortable,  mientras seguía demorándose su salida hacia España. Por fin, tras nuevas quejas, el sábado 15 de diciembre de 2007 fue recogido por dos agentes de Inmigración y trasladado a San Juan de Puerto Rico para volar hacia Madrid en un avión de Iberia. Los dos policías le dijeron que salía en calidad de “deportado”, no de “extraditado”, pero le acompañaron para entregarlo a la Policía española, pese a que este procedimiento sólo se usa en las extradiciones.

El vuelo de su regreso a España aterrizó el 16 de diciembre de 2007 en la T-4 de Barajas. Fue entregado a un policía del aeropuerto, en la misma terminal. Tras pasar una noche en una comisaría de Madrid, fue conducido a los Juzgados de la plaza de Castilla, donde analizaron su caso y le dijeron que habían prescrito sus delitos con el nuevo Código Penal, excepto uno del Juzgado de lo Penal número 2 de Sevilla, que no se había pronunciado. El 19 de diciembre, después de haber declarado en el Juzgado de lo Penal número 2 de Sevilla, fue emitido un auto decretando la libertad de Manuel Tobaja Villegas, al haber prescrito el cargo que le imputaban. Así terminaba su pesadilla.

En total, había permanecido seis años, nueve meses y 15 días en cárceles de Puerto Rico (incluyendo la estancia en prisiones federales de EEUU), más un mes y 15 días en la cárcel federal de Guaynabo, esperando la deportación. No se adaptaba a la libertad. Pasó más de cuatro meses de oración y meditación, retirado en un monasterio de La Rioja, donde intentó aproximarse más al Dios que había conocido en las cárceles. Mantuvo sus contactos y ayudas a presos, a través de correos electrónicos y llamadas telefónicas, y colaborando en el programa de radio A ciencia cierta, que se emite en Puerto Rico. Quería vivir con discreción, casi en secreto, como si se hubiera acostumbrado a estar oculto. Cuando volvió a Sevilla, sólo hablaba con su familia y sus amigos, hasta que decidió colaborar con Pilar Távora en la asesoría artística de su nueva película, Mi madre amadísima, que se estrenará el próximo mes de enero. En ella, Manuel Tobaja protagoniza un papelito, un breve cameo, haciendo de cura precisamente. Casa a los padres de Alfredito, el protagonista.

“Esta del cine es la única boda que he oficiado en mi vida”, dice el padre Manolo, como le conocían sus fieles marginados de Playita, o el cura fatulo, como le llamaba la prensa de Puerto Rico, o Manuel Tobaja Villegas, como vuelve a ser ahora, cuando ha roto su silencio de años, en el regreso a Sevilla.

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