A ciencia abierta

El inquisidor ilustrado

La historia de la ciencia tiene unos vericuetos cuya lógica es a veces inextricable. Posiblemente, uno de los periodos más aciagos y estériles de la ciudad de Sevilla fuera el de transición entre los siglos XVI y XVII. La mendicidad era apabullante, la suciedad infecta, la esclavitud lacerante, la cultura escasa y la ciencia inexistente. La universidad tenía doscientos estudiantes cuya obligación era asistir a unas clases que no eran más que lecturas de textos antiguos de materias tan profundas como Prima de Cánones y Teologales. Los catedráticos eran todos eclesiásticos nombrados por sus órdenes por los motivos más peregrinos, entre los que no figuraba su competencia en la materia a impartir. Los colegios jesuíticos y algunos monasterios sí que atesoraban algún saber moderno, pero para ellos se los quedaban. Entre otras cosas, porque la Inquisición sevillana era la más importante de España y siempre anduvo, como hasta ahora, con la mosca detrás de la oreja en cuanto escuchaba algo que pudiera parecerse a ciencia. Lo de “hasta ahora” no es una maldad, pues esta misma semana el Vaticano ha declarado que no aceptará conciliación alguna con Darwin. ¿Y quién es el jefe del estado vaticano? El anterior Inquisidor General, o sea, el director de la Congregación para la Doctrina de la Fe, que así se llama hoy la Inquisición. A lo que íbamos: en 1623, en una Sevilla donde la pobreza editorial era tan sombría como estéril era su intelectualidad, vio a la luz un libro fascinante: “El uso de los anteojos”.  Su autor era Benito Daza de Valdés, un cordobés  cuyo oficio era… ¡notario de la Inquisición!

El libro no era una pamplina de las típicas que salían de las escasas imprentas que había, sino una auténtica obra científica. El tema era de una modernidad clamorosa, pues describía en profundidad asuntos como el funcionamiento del ojo, sus defectos y las propiedades que han de tener las lentes para corregirlos. Estamos en una época en que Galileo construía los primeros telescopios con lentes y métodos copiados de los holandeses. Los anteojos, además, eran algo caro por sofisticado y su artesanía en Europa estaba normalmente en manos de… ¡judíos!

¿Cómo pudo surgir en aquel ambiente una obra que los oftalmólogos y ópticos de hoy día aprecian como de alto nivel no sólo histórico sino científico? Una explicación quizá fuera la siguiente. La Inquisición en aquella época andaba escasa de presupuesto. Tanto que sus actuaciones se limitaban casi exclusivamente a perseguir judíos conversos, o sea, marranos, portugueses. Pero lo hacía para sacarles los cuartos, nada de quemarlos (se acababa la gallina de los huevos de oro), ni de encerrarlos (mantenerlos durante años en las mazmorras del trianero castillo de San Jorge era un dispendio). Con unas buenas sesiones de tortura y la confiscación de sus bienes, asunto resuelto. Aquella gran tolerancia tuvo un efecto llamada, claro, y en Sevilla se contaron hasta 12,000 portugueses judaizantes. En el complejo control burocrático para hacer rentable todo aquel trajín inquisitorial el notario del Santo Oficio era un personaje clave y don Benito era de una eficiencia insuperable. Y si le daba por escribir brujerías, que las escribiera.

Es una teoría, claro, pero que una mente tan preclara como la de Daza y Valdés pudiera alumbrar sin problemas una obra como la suya en aquel momento y lugar exige explicaciones complejas. Aunque en la historia de la ciencia, cosas más raras se han visto.

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