Paso clave para detectar el alzhéimer
Un análisis de sangre, más simple y preciso, acerca el diagnóstico precoz del Alzheimer a la práctica clínica
Un estudio internacional con participación andaluza demuestra su capacidad predictiva
La detección temprana de la enfermedad de Alzheimer vive un momento decisivo. La reciente aprobación de terapias dirigidas contra la beta-amiloide ha intensificado la necesidad de contar con biomarcadores accesibles, fiables y escalables que permitan identificar la patología incluso antes de que aparezcan síntomas cognitivos. En este contexto, un equipo internacional liderado por la Universidad de Pittsburgh ha presentado en Nature Communications una versión optimizada de un ensayo plasmático de beta-amiloide que mejora de forma significativa el rendimiento clínico y reduce de manera sustancial los requisitos técnicos y económicos. El trabajo ha contado con la participación de Marcos Olvera-Rojas, Patricio Solis-Urrae e Irene Esteban-Cornejo, de la Universidad de Granada, así como Eva María Triviño-Ibañez y Manuel Gómez-Río, del Servicio de Medicina Nuclear del Hospital Universitario Virgen de las Nieves.
Las técnicas actuales
La acumulación cerebral de placas de beta-amiloide constituye uno de los rasgos neuropatológicos centrales del Alzheimer. Hasta ahora, su confirmación en vida se apoya fundamentalmente en la tomografía por emisión de positrones (PET) con trazadores específicos o en el análisis del líquido cefalorraquídeo. Ambas estrategias han demostrado alta fiabilidad, pero presentan limitaciones evidentes: la PET es costosa y no siempre está disponible fuera de centros especializados, mientras que la punción lumbar implica un procedimiento invasivo que dificulta su uso poblacional. De ahí el interés creciente por biomarcadores sanguíneos capaces de reflejar con precisión la carga amiloide cerebral.
Un hallazgo particularmente relevante es que algunos casos con alteración en el biomarcador plasmático pero PET aún negativo podrían reflejar fases muy tempranas de la enfermedad, cuando la disminución de formas solubles de amiloide en sangre precede a la acumulación detectable por imagen. Este patrón ya se había descrito en líquido cefalorraquídeo y refuerza la hipótesis de que los biomarcadores sanguíneos pueden captar cambios biológicos iniciales antes de que la patología sea visible por técnicas de imagen.
Un escenario de terapias dirigidas
Las implicaciones de este avance van más allá de la mera optimización técnica. En un escenario terapéutico en el que los anticuerpos monoclonales anti-amiloide requieren confirmación biológica de la patología para su indicación, disponer de una herramienta sanguínea precisa y económicamente viable puede facilitar la selección de pacientes y el seguimiento de la respuesta al tratamiento. Asimismo, podría desempeñar un papel clave en programas de cribado para ensayos clínicos y en estrategias de medicina preventiva dirigidas a poblaciones de riesgo.
Uno de los marcadores que más interés ha despertado en los últimos años es la proporción entre dos fragmentos de beta-amiloide en sangre, conocida como cociente Aβ1-42/Aβ1-40. En términos sencillos, se trata de medir cuánto de una forma “más vulnerable” de la proteína hay en relación con otra más abundante. Cuando esa proporción baja, puede ser una señal de que el amiloide está empezando a acumularse en el cerebro. El problema es que estas proteínas circulan en cantidades diminutas, casi al límite de lo detectable, especialmente en fases muy tempranas. Los análisis convencionales pueden verse alterados por otras proteínas presentes en la sangre y generar “ruido” que dificulta una lectura precisa. Por eso, los métodos que combinan captura selectiva de la proteína y espectrometría de masas han demostrado ser más exactos, aunque hasta ahora resultaban laboriosos, caros y exigían bastante cantidad de muestra.
El nuevo estudio presenta una versión mejorada de ese método, denominada PAβ V2.0, que logra hacerlo más sencillo sin perder fiabilidad. Para comprobar si esta mejora técnica tenía impacto real, los investigadores analizaron muestras de varias cohortes independientes de Estados Unidos y España, incluyendo personas mayores sin deterioro cognitivo pero estudiadas mediante PET amiloide. En el grupo más numeroso, con 317 participantes, la versión optimizada del análisis fue claramente más eficaz para identificar quién tenía depósito amiloide en el cerebro que la versión anterior.
Los autores reconocen que se necesitan comparaciones más amplias con otros métodos basados en espectrometría de masas y estudios longitudinales que evalúen su capacidad predictiva a largo plazo. No obstante, la combinación de simplificación del flujo de trabajo, la reducción de costes y la mejora en la exactitud diagnóstica sitúan a este ensayo como una herramienta potencialmente transformadora en el ámbito de los biomarcadores del Alzheimer, un campo donde la detección precoz es determinante para modificar el curso de la enfermedad.
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