Semana Santa 2019 Clasicismo gótico de tonos rojizos

  • Cuatro siglos al cuidado de Jerez simbolizados con el bastón de mando de la ciudad

Repleta de contrastes y clasicismo. Así fue la estación de penitencia de La Viga en la jornada del lunes. A las seis de la tarde, cuando se abrían las puertas de la Catedral, se producía un momento de sigilo para unos pocos privilegiados en el reducto catedralicio. Estamos ya acostumbrados a que la salida de la corporación no suele estar muy concurrida, aspecto que se torna por completo en la recogida.

Con la apertura de las puertas principales del primer templo, la cruz de guía se ponía en la calle y desde el interior se comenzaba a advertir la melodía del órgano que da luz al Lunes Santo para estos cofrades. Se fusionaba entonces la primera chicotá de la cuadrilla de Eduardo Salazar bajo el dintel junto con las notas de La muerte no es el final de Cesáreo Gabarín. Era la banda de música Maestro Agripino Lozano de San Fernando que acompañaba musicalmente al palio, pero que un año más le prestaba sus sones al Cristo cuando encaraba a Jerez.

En el centro del misterio el solemne Señor de la Viga en un monte de piedras con espinas. Es una imagen anónima de gran valía devocional y, además, histórica ya que es una joya que data del gótico tardío y es, posiblemente, uno de los cristos más antiguos que procesionan hoy en día en la comunidad andaluza. En el frontal del paso de misterio se ubicaba, un año más, el bastón de mando de la ciudad. Es una tradición que se remonta a 1947 cuando la cofradía nombró hermanos honoríficos al alcalde de la ciudad y al Cabildo Municipal.

En su discurrir dejaron estampas para el recuerdo como a su paso por Carpintería Baja, un enclave de marcada estrechez donde se comenzaron a encender los cirios de color tiniebla y blancos. Sin olvidar la mítica Tornería, donde los costeros casi rozaban los laterales de la calle deslizando la canasta que, en su día, allá por 1928, fue labrada originariamente para la hermandad del Crucifijo.

Nuestra Señora del Socorro, que data el siglo XVI, iba con hermosura sin igual acrecentada por las medallas de oro que portaba en su corona, ya que desde hace más de cuatro siglos ostenta el título de copatrona de la ciudad. Andaba de forma exquisita a los sones de Agripino y destacaba su bello exorno floral de rosas rosas y flores moradas. Por la calle Cruces, encaminando su recorrido de vuelta, los de Álvaro Barba creaban ambiente a la cadencia del clásico Desamparo de Beigbeder.

El embrujo de La Viga se produce a la recogida. Más de dos horas antes de la hora prevista, comenzaron a agruparse en los alrededores del primer templo de la ciudad algunos jerezanos que minutos más tarde se contaban por miles.

Es uno de los clásicos y casi de asistencia obligada. Y es que la subida del Cristo por el reducto de la Catedral acompañado de las tradicionales bengalas es una estampa única. Y, entre aplausos, las del Ave María fueron las últimas notas interpretadas por Agripino Lozano que se fundieron junto al cielo completamente teñido de tonos rojizos. Se consumían por igual las bengalas y el Lunes Santo para La Viga.

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