Diario de Pasión

El contrapunto sereno y silente de una cofradía de negro

  • Los cofrades de Capilla del Humilladero eligieron claveles rojos 'sangre toro' para el misterio de los Siete Cuchillos

El misterio de las Angustias, la Piedad jerezana, a su paso por la calle Medina. El misterio de las Angustias, la Piedad jerezana, a su paso por la calle Medina.

El misterio de las Angustias, la Piedad jerezana, a su paso por la calle Medina. / MANUEL ARANDA

La simbiosis perfecta era de esperar y se volvió a producir. Una vez más, la solemnidad de las Angustias se entremezcló en la jornada del Domingo de Ramos con las voces de la escolanía del Oratorio Festivo.

Alrededor de las siete de la tarde sonaba el crujido de apertura de las puertas del Humilladero. Al momento, se podía contemplar la cruz de guia que encabezaba el cortejo y, al fondo, el único paso de la cofradía a punto de salir con toda la candelería encendida a esperas del primer golpe de llamador. Una estampa mágica.

De dintel para dentro sosiego y para fuera anhelo. Anhelo y un silencio de deseo de ver a la cofradía de negro en la calles dando su primera revirá en la plaza de las Angustias para encarar justo después la calle Higueras. Ahí se producía, como cada año, una imagen para la memoria en la que se aunaba el buen discurrir del cortejo y el buen andar que afloraba desde las trabajaderas. A ello se unía el olor a incienso y las voces de los niños cantores que acompañaban a la hermanad en sus casi seis horas de estación de penitencia.

La escolanía del Oratorio Festivo, ubicada justo delante del único paso de la corporación, puso un año más ese tono angelical que entona con la personalidad de la corporación y es a la vez el complemento perfecto del silencio.

Un clásico es ya la organización del cortejo. Todo estaba perfectamente cuidado al detalle, desde el exorno floral de color sangre de toro del Monte del Calvario, donde Jesucristo yace muerto en el regazo de su bendita Madre, hasta la estructuración de los nazarenos de túnica de cola negra y cinturón de esparto.

Tras salir de carrera oficial e iniciar el recorrido de vuelta, era imprescindible contemplar su paso por la calle Molineros, elegida expresamente en el itinerario por su estrechez. Aspecto que permite disfrutar aún mas de los últimos metros de serenidad hasta su capilla.

Se acercaba ya la hora de poner fin al Domingo de Ramos. En la recogida, la plaza de las Angustias volvía a estar en silencio sepulcral. Devotos y cofrades se ubicaban expectantes para presenciar uno de los instantes quizás menos deseados pero más hermosos de la jornada.

La luz de los cirios color tiniebla que portaban los nazarenos se empezaba a consumir. Destacaban en ese momento los candelabros del paso que dirigían la mirada de todos los presentes a los sagrados titulares iluminados. Invitaban a apreciar uno de los momentos con los que ya hemos vuelto a empezar a soñar.

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