"Yo sería costalero"
SI tuviera que elegir un momento solamente de mi vida de cofrade… Así, sin más…
de repente…
Yo sería costalero
con un caminar valiente
respetando por supuesto
al hermano penitente.
Si tuviera que elegir
y el pregón así lo advierte
una voz que con el mando
y el son que ello requiere
me despierte los sentidos
que en otoño languidecen…
Yo elegiría sin duda
la voz de Martín, potente…
gritando al cielo en San
Marcos…
¡Venga de frente, valiente!
Porque sólo así se activan
los resortes del creyente…
y los pasos cobran vida…
y hasta huelen los claveles
cuando la Cena levanta
los costeros como siempre.
Que no hay mejor oración…
que se olviden de las preces…
que en San Marcos hay un
Cristo
con un compás diferente.
Un compás anestesiado
por el pellizco y el duende,
por la fe de su cuadrilla…
por el amor de su gente
que se van muriendo a chorros
por mucho que el paso apriete.
Son la gente de la Cena
los que han escrito las leyes
que hoy siguen a rajatabla
esos hombres obedientes.
Son gente humilde y sencilla
que sea martes o miércoles
llegando de madrugada
a casa todas las veces
van escribiendo la historia
aprobando los deberes
de un oficio muy antiguo
aunque ahora esté vigente.
¡Costalero de la Cena!
¡Qué suerte tuve! Qué suerte!
De ser uno de vosotros
y desear que el Lunes llegue
para sacar a la calle
con esos sones alegres
un misterio donde Dios
dejó su Cuerpo presente.
Es mi gente de la Cena…
costalera desde el vientre
Que quien nace costalero
costalero es como muere
porque dio su vida abajo
sea patero o sea corriente.
Aprovecha costalero…
que tu tiempo va a ser breve…
que igual mañana te sales…
que igual mañana no puedes
dar tu vida por entero
con tesón, compás y temple.
Ve despacio, costalero
Paso a paso, lentamente,
Ve forjando tu futuro
pero siempre ten presente
que es por Cristo y por María,
por su Pasión y su Muerte
por quien crujen tus costados
cuando aprietas bien los
dientes.
Ay, mi gente de la Cena…
El del Cáliz imponente.
El Señor que Ortega Brú,
en la magia de su mente
instauró la Eucaristía
ante un sol de atardeceres.
Ese mismo que te mira
con esa mirada ausente…
Ese Cristo que te ahoga
cuando al fin eres consciente
que es su sangre lo que entrega
en el vino que ahora bebes.
¡Costalero de la Cena!
Estoy deseando que llegue
la tarde del Lunes Santo,
molía al hombro y demuestres
que en San Marcos hay un
Cristo
con un compás diferente…
Y aunque ya lleve corbata
de negra seda silvestre…
Aunque ahora con mis broncas
alguna vez desesperes…
No te olvides que es envidia…
La impotencia que uno siente…
Un querer y no poder…
que en la Cena quiero ser…
Costalero para siempre.
Lo cierto es que ser costalero es una forma de vida. Una forma de vida singular, que ha originado alguna situación, digamos que, cuanto menos curiosa. Hace muchos años, un grupo de devotos decidimos sacar la pequeña Virgen del Rosario, de la hermandad de la Yedra. Cosas de la juventud, un año, en un ensayo, los costaleros creímos que era buena idea cortar un queso debajo del paso y comérnoslo. En realidad, la idea era hacerlo antes de sacar el paso, pero el capataz se alargó un poco en la charla, y tuvimos que meter la cuña de queso, Flor de Esgueva para más señas, bajo el paso de gloria. Creo que el hermano mayor de entonces, todavía se está preguntando a qué costalero se le ocurrió, melena al viento y costal por las cejas, salir de un relevo por un callejón oscuro con un cuchillo de Top Chef perfectamente encintado en su cinturón, con el consiguiente susto a dos hermanas de cerca de ochenta años que esperaban, de forma piadosa, el paso de la Virgen por la calle Granados.
Feliciano. Señoras a las que deseo larga vida… No busquen más. Era yo.
Recuerdo también un ensayo de la hermandad de la Vera Cruz, cuando con la cuadrilla del Señor de la Esperanza, un cuadrillón en toda regla, dejamos el paso del Señor aparcado en una nave que había en la calle Chancillería. Y digo literalmente aparcado, porque un hermano de la corporación decidió que en ese preciso momento se había acabado el ensayo, era un sábado por la tarde, y que nos íbamos a ir a su casa a tomarnos un brandy con cola. Todavía creo que está pagando aquella convidá, porque nos pusimos de grana y oro.
Y por cierto, Nacho. Si quieres saber qué costalero fue el que decidió declinar tu amable invitación de Carlos III y beberse el brandy Gran Reserva que tenías en aquella bota de vino…
No busques más. Era el actual consejero de la Unión de Hermandades, Dionisio Valencia Benítez, quien por aquel entonces, lucía un tupido pelo negro, y no el actual, blanco como el manto de la Virgen de las Misericordias.
Lo realmente curioso de aquella tarde, sin embargo, pasó un año después. Cuando fuimos a recoger el paso, para llevarlo de nuevo hasta la iglesia de San Juan para comenzar los ensayos, Martín encaró la parihuela, y por más maniobras que realizó, aquello no pasaba. Tras varias intentonas, y una vez comprobado con el lateral del paso que los marcos de la puerta estaban perfectamente sujetos a los muros de la bodega, decidimos inclinar el paso, ponerlo de lateral, y realizar una maniobra nunca vista hasta la fecha en las cofradías de Jerez.
Habían cambiado la puerta, estrechándola… Sin acordarse que allí había un paso. Las cosas del brandy de Jerez…
Pero sin duda, si hay una cuadrilla distinta a las demás, diferente es la del Prendimiento. Un Cautivo al que no se prende, que se entrega en un acto de misericordia. Jesús no huye en aquel Huerto de los Olivos, se deja prender por nosotros en un alarde de generosidad.
Cuando en los ensayos intenté que la cuadrilla se llamara la derecha atrás, con mi voz seca, rancia, en algunos casos incluso desagradable, notaba cómo el paso hacía justamente lo contrario. Así que me vino Juan Grande, que fue el costalero que me apadrinó nada más llegar por Santiago y me dijo…
- Primo. Esto es Santiago. Aquí nos llamamos a compás, a tiempo real.
Papeletón. Un servidor, a compás. Algo imposible… Como quiera que me sabía las marchas, comencé a llamar al paso de forma más flamenca (¡Chato, Chato, la derecha atrás!) justo en el destiempo de la marcha y sorprendentemente, en ese preciso instante, el patero comenzó a hacerme caso, sonando un demoledor…
-Este es de nojotro.
Lapidaria sentencia que sólo dice la gente de Santiago cuando te considera ya uno más del grupo, como así me han demostrado desde entonces, siempre. Guardo con cariño la levantá que le dedicasteis a mi madre en los medios de Santiago, y cómo cuidaste, Juan, aquel crucifijo de oro que te pedí que fuera bajo el paso en la tarde del Miércoles Santo.
Una tarde en la que por mucho que lo intentaron, imaginen la calle Merced llena de gitanos tocando por fiesta, conseguí escabullirme sin bailar una bulería, lo que originó un comentario de Manolete que me perseguirá de por vida…
- Qué bien le vendrían a este un par de clases con Angelita Gómez.
Por eso, cuando me invitaron a participar del traslado a la Catedral en el viacrucis de la Unión de Hermandades con el Señor del Prendimiento, no lo dudé ni un segundo, y participé de aquella procesión con curiosidad… Porque sabía que algo distinto sacudiría mi corazón… como así fue.
La tarde huele a jazmines,
a rosas, clavel y clavo.
Huele a incienso y a tomillo
-preludio de lo sagrado-
como sagrado es el bronce
de los metales arcanos.
Esos que sólo se templan
cuando intuyen esas manos
que no se atan, que se enredan
como lirios en el campo.
Por los túneles del tiempo
van huyendo sin descanso
esas voces que pregonan,
esos cantes tan amargos,
que Dios está en un Asilo
y ya han pasado… once años.
Once años son el duelo
doloroso y necesario.
Once años de pesares
con un templo clausurado…
Once años… son…
once vidas…
Para qué voy a negarlo.
Un tañido de campanas
estremece tintineando
y el aire, titiritero,
envolvía con encanto
los sueños de los devotos
que esperaban… esperando.
Los pañuelos en los cuellos…
El charol en los zapatos…
Las palmas por bulerías…
El carmín rojo en los labios.
Camisas de fina seda…
Corbatas con nudos anchos…
Tragos largos… mucho hielo…
Copas con amontillado.
Primer lunes de cuaresma…
Las luces por los tejados
van tejiendo sus encajes
con claroscuros marcados.
La calle Ancha es un reguero
de locos enamorados
del Gitano más cabal
nacido del Desamparo.
Todo el mundo quiere verle
en la Catedral del barrio.
Suena lejos la guitarra,
y ojalá fuera el Morao
pues son sus dedos pinceles
que pintan en el ocaso
pentagramas de requiebros,
bordón por siempre enlutado.
Cae la tarde en la ciudad.
Va a dar comienzo el traslado.
Un solemne viacrucis
en el templo diocesano
donde aguarda don José
expectante, ilusionado.
Y es así como, de nuevo…
disfruté un Miércoles Santo.
Los saeteros se dejaban
sus tristezas en el llanto
y hasta la brisa pesaba
en las notas de un fandango.
Una cuadrilla de ensueño
con un compás endiablado
que a la voz del capataz,
cual torero ante el astado
dibujaba las verónicas
con los costados fajados.
¡Madre mía que paseo…
le pegamos aquel año!
O será que lo soñé…
Que mis sueños me han cegado
por sentir al mismo Dios
paseando de mi mano.
Por ir poniendo banderas
en las duelas del asfalto
que recuerden que pasó
el mismo Dios amarrado.
Donde el duende y el pellizco,
con mi Juan Grande a los
mandos,
vibraban en la angostura
de ese Universo anhelado
donde sólo el Prendimiento
puede tocar a rebato.
Incendiándote los pulsos…
y amarrádose los machos
iban Nono y Manolete,
Cantarote y hasta el Chato
regalándole a Jerez
un misterio indescifrado.
También iban los Zarzana,
sentimiento rojiblanco,
y hasta Diego de la Chonchi,
con los Flores y Macanos
van regando de pureza
cada son, cada intervalo.
Un revuelo de mantones
con sus flecos descuidados
desarbolan las duquelas,
las penurias y quebrantos.
Y allá que sigue el misterio…
provocando siempre estragos…
lentamente convenciendo…
que es Dios mismo quien va
atado.
Pero todo este romance…
la pasión de este relato…
ni exagera ni te miente…
Sólo así sé recordarlo.
Y me acuerdo con cariño
de los Vargas y Medranos…
los Valencia, de Sandrini
y también de los Carrasco.
Familias que con su fe
me enseñaron sin reparos…
'que pa queré al Prendimiento'
no hace falta ser gitano.
Y si es mi verbo incapaz,
haciendo este esfuerzo aciago
por contagiar mi pasión
por el Verbo aquí encarnado…
Si por más que lo intento te
suena mi grito cansado…
Preguntadle a Rafael,
fiscal del último tramo,
Puerto es como se apellida
y fue el que tuvo el encargo
de velar por el Señor
entre las vallas y andamios.
Bendita suerte que tuvo…
Bendito fue aquel encargo.
Bendito sea el momento
que disfrutó aquel hermano…
Y yo que tuve el placer…
y lo explico aquí en el teatro
de conocer tu grandeza,
tus poderes sobrehumanos
y ese perfil que descansa
en tu hombro de soslayo…
como quien no quiere nada…
como quien se entrega
hastiado…
Yo… Yo que tuve la dicha
de ser brigada en tu barco…
Ya sólo envidio la suerte
de decir que hemos estado
Tú y yo a solas, Prendimiento…
en la iglesia de Santiago.
Pero siempre el tiempo pasa, de forma inexorable, para todos nosotros. Y con el tiempo, tomamos decisiones que nos alejan de lo que antes creíamos que era nuestro mundo, y ahora percibimos quizá como una realidad lejana y aislada.
Pasa el tiempo, y cuando quieres darte cuenta, has perdido la vida viéndola pasar. A veces, nos señalan la luna, y nos quedamos mirando el dedo… Se nos caen las iglesias, y tardamos décadas en reabrirlas. Se nos van hombres, y tardamos vidas en recordarlos.
Cuánta falta nos haría ahora la serenidad, el aplomo y la generosidad de cofrades como Paco Bazán… Qué falta nos hace la eterna sonrisa de Rodri. O ese aliento inconformista del Rubio, aquel aguador eterno de la cuadrilla de la Cena, que dio nombre durante muchos años a uno de los pasos más conocidos de la cuadrilla del Lunes Santo, el famoso vikingo, hoy llamado izquierdo en una sevillanización innecesaria más de nuestra Semana Santa.
Si pudiéramos volver atrás, seguro que haríamos las cosas diferentes. Con la boca chica, afirmamos que estamos seguros de nuestro pasado, que no hay nada que modificar. La realidad es que, como diría Lorca, "hay cosas encerradas dentro de los muros que, si salieran a la calle y gritaran, llenarían el mundo".
Todos tenemos un pasado. Del que no renegamos, pero que casi está olvidado, como mi paso por aquella hermandad de Santa Marta, cuando en la bella Virgen del Patrocinio comencé a comprender lo complicado que es ser auxiliar en un paso de palio, así como a calibrar las decisiones que hay que tomar en apenas décimas de segundos.
En aquellos primeros años, yo era un joven que veía las cofradías con una nitidez tan absoluta, que no llevaba razón en absolutamente nada. En los campamentos de jóvenes que organizaba el Consejo, era de los pocos que dormía en aquellos bungalows de El Bosque, y en mi tarjeta de presentación ponía "El Radikal de la Coronación".
Por aquel entonces no podríamos siquiera soñar que en la parroquia del Perpetuo Socorro un día hubiera una hermandad, y que además, sus imágenes estuvieran realizadas por uno de nosotros.
Allí, en esa parroquia, es donde sin duda, este pregonero ha pasado el momento de oración más intenso de cuantos ha disfrutado a lo largo de esta cuaresma. Les explico.
Fue el pasado 20 de febrero cuando los cofrades de la Salvación me invitaron al besapies nocturno de su imagen, un acto que yo no conocía, y que tenía lugar a partir de las doce de la noche. Ese día, salí de mi casa a las siete y media de la mañana, y terminé con los compromisos del pregón más allá de la una de la mañana. Cuando llamé al hermano mayor para explicarle que iría al día siguiente a besar los divinos pies del nazareno de las Torres, respondió con una frase que no admitía réplica.
Te espero. Estaremos por aquí hasta las tres o cuatro de la mañana.
Al ver que no entendía la indirecta, de forma sutil, deslicé la idea de que quizá era demasiado tarde para llegar a la parroquia, que no me gustaba llegar con el acto ya empezado y demás excusas que puedo asegurarles que tuvieron el efecto contrario al deseado.
Así que a las dos de la mañana, cogí el coche, y me planté en la Salvación. Cuando entré, yo que he ido a Taizé en varias ocasiones en mi vida, la sorpresa fue mayúscula. Cientos de velas de promesa, cientos, poblaban los quicios, los pasillos, el suelo, las ventanas de una iglesia que en una absoluta oscuridad, parecía más hermosa que nunca. De hecho, creo que deberían dejarla apagada alguna que otra vez más, porque el hormigón y las cofradías casan como un viernes y la oficina.
Al no recibirme nadie, decidí sentarme, y esperar. Diez minutos. Quince a lo sumo… Y entré en estado de meditación. En una reflexión profunda… Tan profunda que casi me parto el cuello cuando me desperté.
Frito, literalmente frito, en mitad de un acto cofrade como pregonero. Miré a izquierda y derecha, y como quiera que parece que nadie me había visto, me levanté, muy digno, y besé los pies del Señor de la Salvación.
Y justo en ese momento, como sombras chinescas, vi dibujada en la túnica del señor el reflejo de mucha gente que se me acercaba, y tras ponerse a mi espalda, me saludaba con cuidado protocolo.
Yo, que no sabía si me habían visto o no pegar la cabezadita, muy pío, muy rimbombante, pedí que rezáramos también ante la Virgen delas Bienaventuranzas, a lo que el director espiritual respondió, con una sonrisa de oreja a oreja…
-Estaba sentado justo detrás de ti. Y he visto cómo le rezas al Señor. Está claro que este pregonero es… un hombre de fe.
Así que me permito darle un consejo al pregonero del año que viene. No te vayas a perder ese acto, porque bromas aparte, te aseguro que será de los más especiales que puedas vivir en la cuaresma. Pero eso sí… No te vayas a quedar dormido.
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