Semana Santa

Ni fíes ni porfíes ni cofradíes

U NO de los escritores de periódicos de más alta envergadura intelectual que un servidor ha leído de muchos años a esta parte responde al preclaro y reconocido nombre y también sobrenombre de Carlos Luis Álvarez 'Cándido'. Su privilegiada cabeza grecolatina de senador romano derramaba siempre -por el tobogán en tinta china de la mano derecha- los conceptos humanistas del análisis político y social esgrimido según el parámetro inmanente de la cultura universal. Recomiendo al efecto, verbigracia, sus 'Memorias prohibidas', obra maestra cum laude de la historiografía periodística de la España de las década de los cincuenta y sesenta. Casi al proviso adquirí en una librería de lance su libro 'Qué es la dignidad', compilación ensayística donde la metáfora y la introversión espiritual emigran e inmigran hacia "el cuerpo desnudo de la palabra". Cuando en un repente me he sentado al ordenador para teclear en negro sobre blanco este articulillo matinal, enseguida he dilucidado la conveniencia e incluso la connivencia -en su acepción cómplice- de uno de sus párrafos: "siempre hay un poso de amargura en ella (en la dignidad) y depende exclusivamente de cada uno de nosotros. Cuando la razón es aplastada o ensordecida, el perfume de la dignidad la sustituye. Es el último agarradero del ser humano cuando la razón es imposible, y asegura contra todas las apariencias la difícil obra de hacerse persona".

Me viene como anillo al dedo esta nada desdeñable definición porque pronto me retrotrae al cofrade de pro y de prez que también recentísimamente ha subido a las altas estancias celestes. Aludo a Manuel Oteo de Lombardini. Pelo muy planchado hacia atrás, la mirada fija como agudo observador en lontananza, los andares pausados y seguros de quien pisa decidido los senderos ya reinterpretados del diablo mundo. Manuel Oteo encarnó esa hoy rara avis que bien pudiéramos considerar como un hombre de valores. Rebelado contra la desestructuración moral que nuestra sociedad iba encarando -¡cuánta razón asistía a sus bienhadadas premoniciones!-, don Manuel ya advertía y preconizaba el torcimiento incluso de la raigambre de la a menudo oscilante piedad popular. Hace muchos años entablábamos muy enriquecedoras parrafadas al término de las no menos reveladoras mesas redondas que la tertulia 'El Palermo' celebraba bajo la moderación de Joaquín Peña Cala.

Manuel Oteo, en aquellos invernales itinerarios de vuelta, me narraba las mil batallas de la Semana Santa de los cofrades cristianos -otra vez "celosos de Dios"- de los años cuarenta y cincuenta. Pura canela en rama de la pujanza de unas cofradías con más abnegados fabriqueros que posibles pingües beneficios económicos. Entre las innúmeras batallitas transmitidas entonces recuerdo cómo, en la amalgamada pléyade de consejos con tonalidad de aforismos, Manuel Oteo de Lombardini -creyente prácticamente de gran sentido eucarístico- sentenciaba incluso con voz ronca y campanuda: "Ni fíes ni porfíes ni cofradíes". En una verbalización muy sagaz del tradicional 'ni fías ni porfías ni cofradías', Manuel Oteo -que de seguro habría releído de pe a pa 'El porvenir de España y los españoles' de Miguel de Unamuno- situaba las encendidas broncas cofradieras como un malgasto de energías improductivas para alimentar ese venenoso trasfondo cainita que en muy mucho erosiona la esencias de nuestras hermandades. Entonces comprendí la esciente sabiduría de Oteo. De vuelta ya del subsidiario detritus del envés oscuro -que haberlo, haylo- de alguna mínima determinada sociología cofradiera, don Manuel coligió en aportar sus razones y en mantener su dignidad. Esa fúlgida dignidad desglosada por Carlos Luis Álvarez 'Cándido' y que, en el caso de nuestro entrañable protagonista de hoy, ya no malgastaría más en las fías y porfías de las cofradías.

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