Lola Flores a Raúl del Pozo, "estoy hasta el c... de que me traigas filósofos"
El veterano columnista fallecido a los 89 años fue siempre tan heterodoxo en sus contenidos como en su forma de vivir, con una vocación periodística inmensa
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Tenía un teléfono de los de siempre, de los que al colgar sonaba como un golpe destemplado, de cierre de comunicación. Era un clásico en los programas de Carlos Alsina en Onda Cero. Un adiós abrupto que el propio conductor aguardaba escuchar, junto a toda la audiencia. Del Pozo, agudo y respondón, concluía su artículo de Viva el vino con este colofón analógico que nos transportaba a un observador perpetuo sin tener que desmadejarse por redes para tener voz e influencia. Era comunista de los de toda la vida, de los que tuvo que refugiarse en la buhardilla de Villacastín en los días de plomo de enero del 77, tras la matanza de los abogados de Atocha, como relata Margarita Zabala en el podcast Cuando todo cambió: Historias de Pueblo.
Había llegado un puñado de años antes aquel maestro rural conquense que quería ser escritor y periodista de los de verdad. De los de bar, barra y barro. José María García, sí Supergarcía, viendo aquel novato con ansias llegar a la redacción de Pueblo con ganas de escribir, le mandó a que hiciera algo. Se trajo al día siguiente en los folios un reportaje sobre la abundancia de ratas en aquel Madrid del desarrollismo que tenía más fachada que prosperidad, indagando en las cloacas. En el vespertino de Emilio Romero encontró su hábitat este articulista comunista hasta las trancas, descreído, que fue dando camballás ideológicas durante más de 60 años en los que dispuso tribunas y franjas para dejar su punto de vista de infantería de asfalto, Jaguar y whisky. Vivencias de columnista y novelista (No es elegante matar a una mujer descalza, Noche de tahúres). Era prolífico y productivo, con la pregunta en la acera.
Como era tan de izquierdas en Pueblo lo enviaron de corresponsal a Moscú sin tener ni idea de ruso. El mundo se le quedaba chico y ya en tiempos recientes fue inseparable de El Mundo tras haber sido director adjunto a la otra cabecera nacida a finales de los 80, El Independiente.
El 23 F le pilló en pleno Congreso, como cronista parlamentario para Pueblo y de ahí para la revista Interviú, que era mucho más que carne trémula. En aquellos años también tuvo un programa, por entonces estridente y diferente, en TVE, Entre dos luces, con Ignacio Salas de conductor. Un espacio noctámbulo canalla en la tarde de los jueves de la Segunda Cadena. Ese espíritu tangencial y apasionado fue el que lo convirtió en cómplice, más que colaborador, de Jesús Quintero, en la radio y en la tele. Y ese empaque quiso trasladarlo al universo de Lola Flores, el programa de entrevista Sabor a Lolas, en las noches de Antena 3 del 92, cuando la jerezana había bregado de sobra entre Hacienda y el cáncer. Tras hablar con José Luis López Aranguren la artista le reprochó sinceramente a su director: "Estoy hasta el c... de que me traigas filósofos". Lola, tan intensa, no le gustaba ir de intensita. Javier Rioyo ha recordado en distintas ocasiones el ambiente tan peculiar de aquel programa poliédrico donde todo parecía encajar y en el que se lo pasaron en grande. Ahora sería impensable.
Raúl del Pozo, que esquivó un paquete bomba de ETA gracias al celo de un funcionario de Correos, se convirtió en contertulio indispensable cuando las mesas camilla en la tele y en la radio eran un paréntesis de reposo y charla y no la hiperventilación exhibicionista de ahora. María Teresa Campos, que descubrió en la hora de comer el momento idóneo para hablar de los políticos, encontró en el conquense una voz singular que escucharían durante lustros los oyentes de Onda Cero entre Herrera en la onda, La brújula y Más de uno. Un pozo inagotable.
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