Rafaelillo cuaja un miura en una gran faena, pero lo mata mal

El murciano protagoniza una de las mejores y más meritorias faenas de todo el ciclo isidril

Un desplante de Rafaelillo ante su segundo miura, en la tarde de ayer en Madrid, última de la feria de San Isidro.
Un desplante de Rafaelillo ante su segundo miura, en la tarde de ayer en Madrid, última de la feria de San Isidro.
Paco Aguado / Madrid

08 de junio 2015 - 01:00

FERIA DE SAN ISIDRO EN LA PLAZA DE TOROS DE MADRID Ganadería: De Miura, de mucho volumen, alzada y seriedad en las cabezas, aunque desiguales de cuajo. En general, corrida muy baja de raza, afligida y también de escasas fuerzas. Los más potables fueron el cuarto, que se empleó más en los engaños, y el sexto, que tuvo movilidad TOREROS: Rafaelillo pinchazo y media delantera desprendida (silencio); dos pinchazos y delantera (vuelta tras aviso) Javier Castaño pinchazo y estocada (silencio tras aviso); pinchazo, media tendida y descabello (silencio) Serafín Marín dos pinchazos y estocada baja tendida (silencio); tres pinchazos, delantera desprendida y descabello (pitos tras aviso) INCIDENCIAS: Saludaron tras banderillear al segundo Ángel Otero y Fernando Sánchez, y destacó en la brega Joselito Rus. El banderillero Marco Galán resultó corneado en banderillas, quinto toro. Según el parte médico, le infirió una "herida en el escroto, con contusión y evisceración del testículo izquierdo, además de un puntazo corrido en la pierna izquierda y contusiones y erosiones múltiples", todo ello de pronóstico reservado. Casi lleno

Como si el toro no fuera de Miura, como si tuviera delante una embestida noble y de calidad, así planteó Rafaelillo al cuarto de la tarde una de las faenas de más emoción, intensidad y mérito de la feria de San Isidro que ayer terminaba en Las Ventas.

Después de enfrentarse a un primer astado absolutamente vacío de raza y de fuerzas, el murciano recibió a ese cuarto con una decidida larga cambiada en el tercio, pero la respuesta del animal en los primeros tercios, sin celo alguno, no hacía presagiar lo que después sacó de él.

Porque, igual que lo saludó de capa, Rafaelillo también abrió de rodillas la faena de muleta, con pases por alto en los que el de Miura pareció acusar la misma debilidad de cuartos traseros que venía apuntando desde que salió al ruedo.

El acierto del torero fue darle y sitio y aire por delante ya en la primera serie de pases citando erguido, lo que, sorprendentemente, agradeció el animal acudiendo con prontitud y descolgando cuello y cabeza con la entrega que le faltó a sus hermanos.

Fue a esa virtud del "miura" a la que se aferró el matador para aprovecharlo en muletazos cada vez más largos, de pausado temple y siempre administrados en medida cantidad, en tanto que, exigido en exceso, a partir del cuarto muletazo ligado el animal se defendía y apretaba buscando el cuerpo del torero, al que en un par de ocasiones llegó a rajar la taleguilla y el chaleco.

Siempre sobre esa adecuada estrategia, Rafaelillo le llegó a cuajar una docena de muletazos torerísimos, muy entregado y embraguetado en cada embroque, apurando por abajo y en redondo cada embestida con un valor muy sereno y recreado.

Y lo hizo tanto al natural, con algún muletazo muy largo y ralentizado, como con la derecha, además de resolver con la inspiración de adornos y desplantes nada vanos los momentos de apuro que le añadieron aún más emoción al trasteo.

Pero, cuadrado con el toro demasiado en corto, marró Rafaelillo en dos pinchazos antes de una estocada contundente, lo que le restó la posibilidad de abrir, con todo merecimiento, la puerta grande en este cierre de feria.

Finalmente, todo quedó en una clamorosa vuelta al ruedo en la que, consciente de lo que había perdido, el torero murciano no pudo evitar unas lágrimas de frustración.

Javier Castaño resolvió con buen oficio el peligro sordo que desarrollaron los dos miuras de su lote, el segundo de los cuales prendió de fea manera a su subalterno Marco Galán cuando le intentaba clavar el primer par de banderillas.

También las faenas de Serafín Marín tuvieron un común denominador, que en su caso fue la larga duración. Y si se esforzó con el tercero, que se defendió y se afligió, el empeño del catalán con el sexto no cogió vuelo por su falta de acople a la movilidad de un toro noble pero de escasa entrega.

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