Cine a lo grande en la Berlinale

  • El iraní Asghar Farhadi cosecha aplausos con 'Jodaeiye Nader az Simin' y el veterano Bela Tarr ofrece un impecable ejercicio fílmico con 'The Turin Horse'

El Irán real entró por la puerta grande en la Berlinale hoy con Asghar Farhadi, que dio una lección de cómo llevar al cine seres de carne y hueso, mientras el húngaro Béla Tarr trazó uno de sus bellos ejercicios fílmicos con una cinta de más dos horas, en blanco y negro, casi muda y con Nietzsche como arranque.

Si los Osos se decidieran por aclamación, a Farhadi le correspondería el de Oro, vista la ovación que se dispensó a Jodaeiye Nader az Simin y a él mismo, en su comparecencia tras el pase ante los medios, que lo recibieron como al héroe que necesitaba la 61 Berlinale. Irán era de por sí un plato fuerte en este festival, que mantiene como miembro del jurado en ausencia al cineasta Jafar Panahi, encarcelado en su país. La ovación a Farhadi iba, sin embargo, más allá de los meros mensajes solidarios a los cineastas de ese país, que pese a todos los obstáculos genera directores como ambos.

A Farhadi se le esperaba con expectación en la Berlinale, que en 2009 le dio el Oso de Plata a la mejor dirección por Elly, su anterior lección de cómo trasladar a la pantalla a unos iraníes de a pié, con problemas o dilemas tan parejos a los de cualquier ciudadano occidental, por encima de las disparidades. Jodaeiye Nader az Simin abunda en esa dirección y se mete en un retrato social de los seres que habitan el Teherán de hoy, donde conviven el chador y el lavavajillas y donde un cabeza de familia con un padre con Alzheimer puede verse tan desbordado para atenderle en casa como lo estaría un europeo.

La situación de partida es la petición de divorcio de su esposa, que quiere salir del país, y la decisión del marido de no dejar solo a su padre. Necesita ayuda doméstica, la halla en una mujer que por supuesto no sabe si es acorde o no al dogma islámico desnudar y lavar a un abuelo que se orinó. A partir de ahí se suceden un nudo de conflictos éticos, sociales y también prácticos en tantas direcciones como alcance a imaginar el espectador. Los conflictos morales, la verdad y la mentira, culpabilidad o inocencia son los ejes de su filme, cuya grandeza está en la capacidad de generar empatía hacia cualquiera de los personajes en conflicto, con un manejo de los actores que roza la perfección.

Con expectación se aguardaba asimismo la segunda película a concurso hoy, A torinoo lo (The Turin Horse) de Tarr, el más veterano entre los 16 aspirantes a Oso de la Berlinale y del que se esperaba una de sus lecciones de mutismo y belleza visual. El punto de partida es lo ocurrido la mañana del 3 de enero de 1889, cuando Nietzsche sale de su hotel de Turín, ve a un cochero castigando con el látigo a un caballo, se interpone y a partir de ahí rompe definitivamente con la humanidad. Pronuncia una última frase a su madre y cae irremisiblemente en la locura.

Tarr dedica al episodio el arranque, que relata una voz en off. El núcleo del film son los días sucesivos del cochero, su hija y el caballo, en una casa mísera y aislada, entre patatales azotados por vendavales, que relata con extrema minuciosidad. El viento es invariable; el plato diario que comen padre e hija, también -una patata hervida cada uno-, como lo es el resto de sus rutinarios movimientos de vestirse, calzarse, ir a por agua al pozo y comunicarse monosilábicamente, sólo cuando es imprescindible.

Un ejercicio visual y fílmico de esos que solo se pueden vivir en un festival o en una escuela de cine, sólo recomendable a quienes se dejan arrastrar a la fascinación por la lentitud y el repertorio de grises, en toda su variedad.

La decepción de la jornada a concurso fue The Future, dirigida y protagonizada por Miranda July, Cámara de Oro en Cannes en 2005 por su primera película, Me and you and everyone we know. De July se esperaba algo más refrescante que un filme que discurre entre ensoñaciones bobas y sustentado en una pareja de seres clónicos -ella y Hamish Linklater-, que además de compartir peinado, adicción a internet y redes sociales sufren de parecido aburrimiento. Puestos a buscar un sentido a su existencia, y tras muchas reflexiones, deciden adoptar un gato enfermo. Una gran responsabilidad para esos seres inermes, que echará por tierra July el día en que, de tanto aburrirse en casa, se busca otra compañía.

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