Por la beatificación de José Blanco

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José Blanco, Pepiño para los amigos, no es un católico cualquiera. Es católico, apostólico y romano, quiero decir, con todas sus letras, adjetivos y gentilicios. Un católico como Dios manda, de los que Dios nos regala uno cada cinco siglos. Un católico de los de toda la vida, de los que no quedan, de los pies a la cabeza, de tomo y lomo, de coco y huevo, como quien dice. Es el San Juan de la Cruz de nuestro tiempo. Un católico de misa diaria, de jesusito de mi vida por las noches y de merluza los viernes de cuaresma. Pepiño es un ejemplo de católico verdadero, un icono a seguir, de una fe inquebrantable y pulcra, que se encomienda a San Escrivá y a la Concepción, que camina en verano sobre las aguas que no se trasvasan del Ebro, que a final de mes multiplica los panes, los peces y los euros, de cuatrocientos en cuatrocientos nada menos.

Pepiño Blanco es -si se me permite el sacrilegio- un beato que se merece estar en las plazas donde Franco ya no está ni a caballo, ni a pie, ni torturando a los pobres republicanos que tan buenos eran y que a nadie mataban. Pepiño, además, es un docto de las Sagradas Escrituras, un gran escudriñador de la Biblia, que la lee de pe a pa casi todos los días, que se sabe versículos enteros de memoria, y que la consulta antes de sus discursos, y que la tiene en un atril de caoba buena, entre la mesilla de noche y el crucifijo de hueso de monja. Por eso, puede recomendar a los obispos de la Iglesia, con toda la razón del mundo, que se relean el Evangelio, y puede también pedirle explicaciones personalísimas al Papa sobre la postura de la Iglesia, de intelectual a intelectual, de cabeza pensante a cabeza pensante, de pata quebrada a pata quebrada, que el Papa tiene que darle gracias a Dios todos los días tres veces como San Pedro de que Pepiño exista e ilumine, con sus ojos miopes, su cuerpo sexy y su rostro angelical, a todos los católicos del mundo mundial.

Pepiño Blanco, que es blanco e inmaculado, dice, por el bien de la Iglesia, que la jerarquía eclesiástica alimenta las desigualdades y las injusticias por la mañana, y que las resuelve rezando el rosario por la tarde. Dice que la Iglesia quiere a la mujer en casa y con la pata quebrada. Dice que la Iglesia habría de evolucionar como la sociedad española y la mundial, a favor de una mayor igualdad. Qué sabias palabras. La igualdad, como la entiende Pepiño y que es la buena, hace que un inepto y un desecho social pueda ocupar el mismo puesto que habría de ocupar una persona de inteligencia y talento. La igualdad, como la entiende Pepiño y que es la buena, es la que le permite estar ocupando el puesto que ocupa, que si fuera en el mundo injusto de las virtudes y las capacidades que patrocina la Iglesia, Pepiño Blanco estaría de inspector electoral contando papeletas de pueblos fantasmas y abandonados, de estos de Ávila y Segovia de un censo que no pasan de diez votantes, por eso de contar con las manos y no perderse. Si el mundo fuera justo, Pepiño Blanco rezaría el Angelus en el Vaticano todos los miércoles y domingos. Pepiño, esa eminencia parlante, esa cima de la igualdad y la moralidad, no debería pedir audiencia al Papa. El Papa debería pedir audiencia a Pepiño. Y hacerle reverencias, a Pepiño, a nuestro Pepiño, a ese San Juan Bautista de nuestros tiempos, pero con gafas y mirada más inquieta y picarona.

Que Dios nos lo bendiga.

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