Una vuelta más

jesús benítez

Periodista

Otoño en lienzo ocre

Envuelto en su cortina de fuego ambivalente, el sol pone una mueca de distancia transitoria con la tierra y le concede una tregua de rayos uva en forma de solsticio llamado otoño, que este año parece negarse a actuar en consecuencia. Pero al final, la estación bucólica por antonomasia acabará adentrándose en los corazones y moderará el impacto del astro rey, desvaneciéndose en atardeceres anaranjados y errantes, menguados. El cielo se arrugará con nubes y llegará el tiempo en el que las hormigas rompen su jerarquía marcial, iniciando la búsqueda agónica de provisiones, para enterrarse después en vida en una etapa de ausencia mística e hibernación orgánica, de transición.

La existencia es estacional, cíclica, cambiante; altera y alterna por etapas, con parsimonia o contundencia. Cada periodo es transitorio, se muestra ataviado con imponderables climáticos que ofrecen su sintomatología: delatado por manifiestos temblores y caracterizado por un estado de recogimiento, el invierno se desliza por una alfombra gris con copos blancos, inespecíficos y helados. Bipolarizada entre el amor y la alergia, la primavera poliniza el estado anímico con un manto de arcoíris policromático, en el que se enfatizan verdes exuberantes y azules de metáfora, saturados, plenos. A fuego lento, apocalíptico y exhibicionista, el verano marca bordes amarillos y muta hacia rojo púrpura, con matices extremos y perfiles de ébano.

Hidratando tras el bochorno estival, otoño se representa en un lienzo de tonos ocres, suaves, que simbolizan una etapa caduca, un destino marchito. Equinoccio neutral, pasajero, huérfano de similitudes, el otoño invita a la meditación y concede una tregua al sobresalto, con idénticas horas para el día y la noche, trastornando así la rutina de los gallos con su canto repetitivo y territorial. En una tendencia estacional marcada por árboles desnudos y hojas de cuerpo presente, la depresión zarandea almas débiles y agudiza los síntomas de senectud.

El otoño se dibuja a sí mismo como la estampa de una avenida poco transitada, en la que un barrendero cuenta horas muertas, danzando sobre la hojarasca; los locos escupen hacia arriba, maldiciendo al viento del Levante; los viejos se agazapan en la esquina de un bar, mascando angustia y granos de café torrado; las mujeres hogareñas calientan sopa y tintan canas con carmín dorado. El otoño se expresa en poesía lacrimógena, interiorista, balbuceante, como un llanto melancólico que grita lo que calla, que implora lo perdido y se desvanece zigzagueante, cual balada de pétalos cayendo mustios, descompuestos al suelo.

En otoño se componen sinfonías melancólicas y esparcimos lágrimas sobre el calendario. El otoño modifica las relaciones humanas, virando hacia el distanciamiento, adormece la corteza terrestre y el mar pierde fidelidades efímeras, encontrando sólo lealtades en gaviotas y suicidas. Los ancianos miran retraídos desde las ventanas, angustiados por el viento encolerizado que peina el asfalto y amenaza con tumbar algo más que hojas secas de otoño…

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