SÍ, tampoco gusta a la presunta izquierda, capitalista y reaccionaria, que se den normas, como hacen otras naciones, para evitar los guetos y probables enfrentamientos futuros entre barrios de distintas civilizaciones y culturas. No seamos tan simples y bonachones que acabemos en la fe del multiculturalismo. Tampoco seamos tan ingenuos que juzguemos los acontecimientos del pasado con mentalidad de hoy. Inglaterra y Francia primero y España después expulsaron a los judíos porque sin unidad religiosa no se podía hacer entonces unidades políticas. A la economía de los reinos cristianos peninsulares no le convenía la expulsión de los judíos y más delante de los moriscos, pero tuvieron que hacerlo, aun a costa de un quebranto, para construir las nacionalidades modernas. Carlos III pidió católicos para colonizar los despoblados de España y evitar, de camino, futuras zonas conflictivas por causa de las religiones.

Los ejemplos dichos son medidas básicas de política elemental en su momento. Ahora no hace falta expulsar a nadie respetuoso con las leyes y conocedor del dicho antiguo: "Donde quiera que fueres haz lo que vieres." Las normas estarán dirigidas, sobre todo, a los musulmanes en proceso de regresión, porque, según sabemos por el pasado, los inmigrantes europeos y americanos sólo necesitan una generación para ser tan españoles como el que más. Tenemos amigos y conocidos con apellidos extranjeros y ni ellos ni nosotros tenemos conciencia de que lo sean. La izquierda es muy celosa de su terreno, a veces hasta el ridículo: "¡García Lorca es de los nuestros!", decía la tristemente célebre, por poco tiempo, ex ministra de Cultura. Lo izquierdista, lo moderno y lo progresista es la tolerancia con los intolerantes y la permisividad con aquellos que la aprovechan para combatir las conquistas sociales de Occidente.

La lengua no es tan importante como la religión, pero las naciones velan porque haya una que conozcan todos y no se mete con las restantes lenguas. La primera constitución que hizo del español la lengua oficial del Estado fue la progresista de la II República. Carlos I de España era extranjero y son famosas sus palabras, delante del Papa, al obispo de Macon: "Señor obispo, entiéndame si quiere, y no espera de mí otras palabras que de mi lengua española, la cual es tan noble que merece ser sabida y entendida por toda la gente cristiana." En la España de hoy hubiera añadido "y por la que no es". Pedirles a los extranjeros que se establezcan en España, alcancen o no la nacionalidad, que aprendan la lengua, respeten las leyes y las fonnas de vida españolas es pedir lo que debería ser innecesario pedir, y no significa nada parecido al racismo y la xenofobia sino todo lo contrario: ayuda a la integración y conjura en parte posibles y graves problemas de orden público en un futuro no lejano.

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