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Habladurías

Fernando Taboada

Gordos, pero sin una gorda

NO en todo íbamos a estar a la cola. Según recientes sondeos, España se desmarca ya como uno de los países más hermosos del planeta. Y si hablo de hermosura no es por aquello de las catedrales góticas, que tanto adornan, ni por esas giraldas que atraen a los turistas, sino por el detalle de haber alcanzado una de las rentas per cápita más elevadas en cuanto a índices de grasa corporal. Después de varias generaciones que merendaron bocadillos con demasiado pan para tan poca chicha, ahora por fin, junto a otras naciones de innegable tradición adiposa -como Estados Unidos o Inglaterra- encabezamos una lista de países donde lo normal es cruzarse por la calle con bastantes individuos que, si no ganaran el primer premio, seguro que llegarían a la final en un concurso amateur de gordos.

En este fenómeno de la gordura no ocurre como con la riqueza, que se reparte de forma desigual entre la población. Si nos fijamos bien, poco importa la clase social, ya que tanto en las urbanizaciones más lujosas como en los acuartelamientos de chabolas, el colesterol y los triglicéridos se distribuyen de manera absolutamente democrática. Y todo por una sencilla razón: las básculas de baño ignoran si quienes se les montan encima son plebeyos o son condesas de Romanones. Nunca será lo mismo atracarse de lasaña de pularda con bechamel de trufa que hacerlo comiendo papas a lo pobre, pero tampoco debemos olvidar que la mortadela, por barata que cueste, es ideal para perder la línea y ganar unos sustanciosos michelines.

Bien es verdad que Inglaterra aún nos saca ventaja en cuanto al tonelaje de la población y que su historia no se entendería sin gente entrada en carnes como Churchill o Chesterton. Pero ya sea por la influencia de Gibraltar, ya porque comemos con la misma ansia que comeríamos si el mundo se fuera a acabar en el plazo de veinticuatro horas, o sencillamente por llevar la contraria a la ministra de Sanidad (que tampoco es que sea un ejemplo de esbeltez), lo cierto es que España se destaca con un honroso segundo puesto en la Europa rolliza.

La dieta mediterránea tiene parte de culpa, y no porque en sí sea perniciosa. Ni mucho menos. Lo que pasa es que hay gente que, con tal de hacer dieta, hace todas las que puede, y se atiza sus tostadas con aceite y su zumo de naranja, pero luego, a media mañana, ataca a la longaniza y al tintorro, para almorzar en un chino el cerdo agridulce y los rollitos de primavera, sin hacer ascos ni a la comida mejicana ni a las salchichas de Frankfurt, y así, en una especie de alianza de civilizaciones, pero gastronómica, hay quien se somete a un régimen diario de comidas que resume lo más granado de la cocina internacional.

Los expertos hablan de un problema de salud pública preocupante en el caso de los niños. Y tal vez lleven razón, pero ya que aquí no hay universidades como la de Harvard, ni el horizonte laboral que se nos presenta se parece al de Washington, ¿no habrá que conformarse con que nuestros niños crezcan gordos y lustrosos como los de Kentucky?

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