La esquina

José Aguilar

jaguilar@grupojoly.com

El PP y la gente corriente

Presume de ser un partido de gente corriente, pero es incapaz de detectar los pensamientos y sentir las vivencias de la gente corriente. Se jacta de ocuparse más que nadie de la vida cotidiana de los ciudadanos y de resolver los problemas que de verdad importan, pero con frecuencia patina al enfocar los gritos y susurros de la calle.

Me refiero al Partido Popular. Se ha estado gestando en España durante meses, quizás años, una explosión de rebeldía de la mujer de dimensión clamorosa y, encima, más allá de las clases y las ideologías, y el PP no se ha enterado hasta el último minuto. Rajoy se apuntó el mismo 8-M a la pose del lacito morado, pero un par de semanas antes, preguntado por la brecha salarial en lo de Carlos Alsina, había zanjado la cuestión tal que así: "No nos metamos en eso". ¿No nos metamos, señor presidente, en la discriminación más evidente y dolorosa entre hombres y mujeres?

Sobre la base del exabrupto de Rajoy el PP ideó todo su argumentario -esas consignas simplistas para débiles mentales- contra una lucha a la que se calificaba de frívola, elitista e insolidaria. Algo parecido le pasó a Ciudadanos, que se aferró al texto extremista que convocó inicialmente al 8-M sin comprender que eso era lo más insignificante de la jornada. Que lo importante era, y es, la desigualdad salarial, la discriminación profesional, el machismo cultural, el acoso y la violencia sexual. Cambiaron al final, con el tsunami ya encima de sus cabezas. Oportunismo.

El PP tiene una amplia tradición en esto de despistarse sobre lo que piensa la gente. Cuando Zapatero impulsó la ley del matrimonio homosexual, Rajoy lideró una oposición radical a la misma. Aceptar que homosexuales y lesbianas se casaran no representaba ningún problema para la sociedad española, y el PP se empeñó en convertirlo en un problema político. Recurrió la ley al Tribunal Constitucional, pero cuando volvió a gobernar con mayoría absoluta se le olvidó derogarla: ya le parecía asumible, como a la inmensa mayoría de los españoles. Ahora ha estado a punto de reincidir en su ceguera y sordera ante la movilización de los pensionistas, aunque en esta ocasión reaccionó a tiempo y parece dispuesto a no inhibirse. Ya no dice "no nos metamos en eso".

La mejor manera de perder el poder es no enterarse de lo que pasa fuera de los despachos desde los que se ejerce. Lo que le pasa a la gente corriente.

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