Francisco Bejarano

Turismo climático

S E estaba haciendo esperar pero ya ha llegado: el cambio climático tendría que dar negocios y rentas. Hemos comentado aquí mismo en numerosas ocasiones que en Estados Unidos, país burgués-liberal hasta la injusticia e incluso hasta la falta de compasión, lo que no se vende no existe. Se ponen de moda los tatuajes o los pantalones por las caderas en los sectores marginales, que, entre cosas, visten ropa de la beneficencia pública, y de inmediato se crea la multinacional del diseño para sectores marginales, los que tiene poder adquisitivo, aunque sea poco. En Estados Unidos la marginalidad sólo está en la basura inservible: si se puede vender, ya no es basura sino moda de diseño. Se venden incluso cosas que no están de moda: la obesidad, fumar, el sadomasoquismo, las bragas de fresa o las sectas mesiánicas del segundo santo advenimiento.

Todo se vende y el cambio climático no podía ser menos desde que el pulido Al Gore ha entrado en el negocio con la insignia del Nobel. ¿Quieren ver ustedes morir a la última rata samoyeda? Tantos mil euros. ¿Quieren comprobar cómo se derrite un glacial en el Tibet a 30 grados bajo cero? Nosotros lo llevamos hasta allá con el hato y los avíos precisos para que no muera congelado antes de que el glacial se deshaga. Vayamos en confortable barco a ver a las sufrientes y repelentes iguanas de las islas de los mares del Sur, cuyo número disminuye con el cambio climático. Los turistas de las clases medias altas se ponen en camino convencidos de que ciertos animales y sus entornos naturales morirán antes que ellos. Es posible que alguno con veleidades literarias escriba un libro de viajes contándolo. Pero el cambio climático va para largo y pasarán muchas generaciones antes de que se vean efectos catastróficos.

Los ecologistas puros no ven con buenos ojos que se organicen viajes de lujo a zonas amenazadas porque pueden contribuir a acelerar el deterioro de algunos lugares y en nada a su conservación. Ven mejor ir como fueron los pioneros de los descubrimientos hasta el siglo XX: con mil sufrimientos en embarcaciones precarias, pasando frío y calor y con el riesgo de morir en la empresa. El dinero puede más y los viajes a los presuntos paraísos que van a desaparecer se harán con todas las comodidades. No son paraísos talmente sino que se llaman así para atraer clientela. Son lugares molestos, muy bonitos en los libros y en los documentales e incomodísimos en la realidad vivida. No van a desaparecer mañana, aunque las especies se sigan extinguiendo a diario, como siempre, para dar paso a otras. Un mundo que no cambia ni de clima ni de especies es un mundo muerto, y una sociedad que no sabe sacar dinero de la marginalidad, la fealdad y las catástrofes está amenazada de extinción.

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