La columna

Ana Pielfort

La esperanza

ES Esperanza uno de los nombres más bonitos de mujer. De esos cuyo significado pasa inadvertido en el momento de las presentaciones, pero que luego, cuando se conoce más a fondo a la poseedora del virtuoso nombre, refuerza o anula el significado sobre ella.

Esperanza, y tras leerlo me paro para hacer una pausa emotiva de pregón, es una palabra a la que asomarse como si estuviéramos delante de un paisaje idílico; imagen de una promesa a la que confiarse como hace la muchacha de Dalí, a la que vemos en el cuadro de espaldas, contemplando un fondo marino evocador de este valle de lágrimas.

Sigo, repaso y no encuentro un mejor nombre de marca como Esperanza para vender una alternativa política de futuro, aunque, una vez pronunciadas sus nueve letras y tras leer su sonido en el aire, veo que también pudiera servir para rotular un gabinete de videncia, de estética, y de otras cosas serias.

Estos días, a la Esperanza más popular, los de su partido le van a gastar el nombre de tanto usarlo, así no tanto su apellido Aguirre, puesto que según parece etimológicamente viene a significar "lugar alto que domina un terreno", lo que estaría situando a la aspirante en un nivel superior al de sus compañeros en la escalada hacia el poder, quedando al mismo tiempo zanjadas las dudas surgidas sobre la madera de su liderazgo y la situación de privilegio de la que parece ser merecedora desde la cuna.

Sucede que a veces se encuentran a personas con nombres y apellidos dotados de un atributo que bien logra sugerir un destino que cumplir o una forma de ser determinada. Así hubo padres que debieron trucar el oráculo arrojando a sus hijos a un destino incierto lleno de paradojas. Lo mismo que cuesta creer que un delincuente sea Cándido, o que una enfermera responda al aviso de Angustias, existen seres desesperantes que se llaman Esperanza. Busquemos más ejemplos.

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