fútbol El Xerez Deportivo FC cae antel el UP Viso (1-0)

El siglo XXI, apenas ayer recién nacido, acaba de cumplir su mayoría de edad. Termina así su infancia, quizás menos desastrosa que la de su antecesor, pero plagada de algunas luces y de muchas sombras. Si nos centramos en éstas, no parece que los años le hayan traído más sentido común, madurez ni responsabilidad. El terrorismo, por ejemplo, se multiplica y universaliza, mata ya en todas partes, sin que se vislumbre una estrategia que lo combata con eficacia. Muy al contrario, diríase que el mundo se ha resignado a convivir con una barbarie que asume como cotidiana e inevitable. Tampoco la criatura muestra un corazón más sensible: el 1% de las personas más ricas del mundo han atesorado en las últimas décadas un tercio de los ingresos mundiales, mientras que el 50% de los más pobres sólo han ingresado el 12%. Hay más desigualdad que nunca, lo que augura un futuro de grave inestabilidad. Otras patologías como el machismo o la violencia de género permanecen enquistadas en el tejido social, inmunes a cualquier terapia educativa o represora. Aumenta además, aquí y en todas partes, el nacionalismo, esa plaga que persigue amurallar microuniversos, uniformar almas y bajar a sus aldeas del tren de la Historia. También el populismo, formidable máquina de regalar oídos, excitar pasiones insanas y reducir la policromía de la vida al gris disciplinado de sus ortodoxias. Demasiadas locuras como para entusiasmarse con el mañana de un jovencito que, de seguir como va, tan bronco y enajenado, acaso no llegue a viejo.

Entre los avances, probablemente el más destacado sea el de la intercomunicación. El crecimiento exponencial de las redes sociales cimenta un siglo hablador, hiperinformado, orgulloso de su inmediatez y de sus herramientas. Que las use siempre para bien es harina de otro costal. Progresamos también, claro, en nuestro conocimiento de casi todo, aunque a veces lindemos fronteras que nos plantean complejísimos dilemas éticos. Al cabo, sigue expandiéndose sin estorbos el mercado, el único protagonista que puede enorgullecerse de ser realmente global: libre de las necesarias ataduras políticas y jurídicas, su total triunfo se adivina tan inquietante como cercano.

¿Un balance? A mí me da que ha aprendido muy poco, que tiene muchas más cosas, pero mucho menos seso. Se nos ha hecho fuerte pero no sensato, muy lejos aún de concretar las esperanzas que todos pusimos en su festejada e ilusionante llegada.

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