El castillo de arena | Crítica

Un eco inesperado

  • Libros del Asteroide publica 'El castillo de arena' obra de Seicho Matsumoto, celebridad del noir japonés, publicada en 1961, que sería llevada al cine en 1974 por Yoshitaro Nomura

Seicho Matsumoto. Kokura, 1909-1992

Seicho Matsumoto. Kokura, 1909-1992

El castillo de arena pudiera ser un eco inesperado, una versión remota de aquella Aventura del soldado de la piel descolorida de Conan Doyle, que Matsumoto, probablemente, no desconocía. Esta concomitancia, sin embargo, es solo eso: un aire de familia. De manera que, del hermético y preciso mundo de Holmes, al vago y complejo Japón del inspector Imanishi, lo que ganamos es una impronta social, desconocida o postergada en los misterios victorianos. Es este sentido, en el sentido de cierta ambición descriptiva de la sociedad de aquella hora (primeros de los 60), pudiéramos equiparar a Matsumoto con el ucraniano Scerbanenco, cuyo hard boiled, aplicado al Milán de los 60, tendrá un notable peso sociológico, entonces en boga. Hay también otra peculiaridad que une este Japón de Matsumoto con el noir italiano. Y ese algo es la presencia especular, difusa, determinante, de la guerra.

Matsumoto consigna el mundo que ha sobrevivido a la guerra y que se alza afanosamente sobre sus ruinas

Podríamos citar, sin esforzarnos mucho, a Marco Vichi, a Carlo Lucarelli, a Andrea Camilleri, para documentar esta gravitación de la segunda guerra mundial sobre la memoria y los crímenes de sus personajes. En El castillo de arena, junto a una discreta y recurrente mención a la guerra, existe la vocación, por parte de Matsumoto, de consignar el mundo que ha sobrevivido a ella y que se alza decorosamente, afanosamente, sobre aquellas ruinas. En el caso que nos ocupa, dicho avance se ilustrará con las nuevas generaciones, jóvenes, vanguardistas y bien nutridas, que son el fruto más visible de aquel conflicto, y cuyo par europeo, como sabemos, se halla en la contestación del 68. En esta consignación doméstica del Japón de posguerra, Matsumoto prestará particular atención a las costumbres alimentarias de su país. Pero no tanto desde el punto de vista del gourmet melancólico a lo Montalbán, luego continuado por Camilleri, sino en el sentido más modesto, y más general, de reflejar los hábitos y el mundo de aquella hora.

Todo lo cual debe quedar dicho, en cualquier caso, sin olvido de la pericia con que Matsumoto lleva al lector, durante centenares de páginas, preso del engaño. A veces, Matsumoto nos parecerá obvio. A veces, pudiera resultarnos difuso. Y sin embargo, no hay tal. Sin dejar de alimentar sus sospechas, Matsumoto mantiene al lector en el error, con una sencilla y eficaz argucia.

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