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Di Stéfano, Puskas y uno con cinco Balones de Oro

  • Cristiano Ronaldo acaba la competición con 12 goles (10 ante Bayern, Atlético y Juventus) y cubre con su interminable manto de récords la historia contemporánea del coloso blanco

El árbitro alemán Felix Brych pita el final del partido y Cristiano Ronaldo festeja con alborozo su cuarta Champions, tercera con el Real Madrid. El árbitro alemán Felix Brych pita el final del partido y Cristiano Ronaldo festeja con alborozo su cuarta Champions, tercera con el Real Madrid.

El árbitro alemán Felix Brych pita el final del partido y Cristiano Ronaldo festeja con alborozo su cuarta Champions, tercera con el Real Madrid. / facundo arrizabalaga / efe

El Real Madrid de las seis Copas de Europa suele ilustrarse con las fotos en sepia de Di Stéfano. Y el Real Madrid de las seis Champions se ilustrará con las imágenes coloristas de Cristiano Ronaldo. De blanco nítido, como en Lisboa o Milán, o de rabioso morado, como en Cardiff. No le hace falta al portugués lucir en sus vitrinas las copas de 1998, 2000 y 2002. La dimensión de su figura, la de sus récords, obra como un manto interminable que todo lo cubre. Incluso la vasta y rica historia madridista.

Di Stéfano hizo siete goles en las finales de la Copa de Europa. Puskas lo secundaba en solitario con cuatro. Y Cristiano subió otro peldaño en ese Olimpo blanco, hasta situarse al nivel del gran cañonero húngaro con sus cuatro dianas, tras la de Moscú con el Manchester United (2008) y la de Lisboa ante el Atlético (2014).

Voraz. Insaciable. Arrebatador. Poderoso. Hercúleo. Soberbio. Y sobre todo, ganador. Así es Cristiano. Así es el Real Madrid. Por eso la simbiosis desencadenó una explosión que todo se lo lleva por delante. Incluso ese pedernal italiano que ejerce una tiranía en el Calcio y al que el Barcelona de Messi no fue capaz de hacer un solo gol en más de 180 minutos.

Hasta la orgullosa y altiva Vecchia Signora se postró ante la magnificencia de este Real Madrid de Zidane. Y de Cristiano. El francés con su sigilosa mano izquierda para domeñar los egos -y convencer a Cristiano de jugar menos para llegar mejor a los días señalados- y el luso con el atronador cañón de su pierna derecha.

Por mucho toque y elaboración que buscara Zidane con su apuesta por el 4-4-2 con Isco en detrimento de Bale, al final este Real Madrid suele sacar su envenenado aguijón con espacios, a la contra. Al galope de Cristiano. Así desmadejó el embrollo de Allegri. Robo, pasillo, toques rápidos y precisos antes de que el prodigioso repliegue italiano lo obturara todo. El luso abrió a Carvajal, éste se la devolvió de primeras atrás, al borde del área, salvando el bosque de piernas que ya poblaba el área. Y si Ronaldo es un protofutbolista, un coleccionista de récords, lo es porque ejecuta más veloz que nadie. Si vale con un golpeo y cuanto antes, mucho mejor. Tac. Fuerte y raso. Cruzado. Con el efecto hacia fuera, alejándose del interminable brazo derecho de Buffon. Y emponzoñado el lanzamiento con el leve roce en el pie de Bonucci. Gol.

Fue el undécimo para la duodécima. Tras hacer cinco goles al Bayern en cuartos y otros tres al Atlético de Madrid en las semifinales, semejante caudal tenía que desembocar en la gran final de Cardiff. Ni siquiera el enorme dique de la Juventus lo pudo parar.

Y aunque el campionissimo piamontés reaccionó con esa maravilla de Mandzukic, tras el descanso se desató esa máquina de ganar finales que es el Real Madrid. Desde aquel gol de Kennedy en París, en 1981, ante el Madrid de los Garcías, el equipo merengue ha conquistado sus seis finales jugadas.

Ese gen ganador también es el de Cristiano, que dio el estoconazo de gracia a los italianos en el minuto 64, tres después del 1-2 de Casemiro. Se adelantó a Bonucci para que todo el madridismo volviera a crujir de gozo. Se adelantó a Buffon. Y a Messi: desvió un balón de cuero a la red y agarró otro de oro con las manos. Será su quinto. Hasta Messi se inquieta con ese protofutbolista que todo lo devora.

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