Ricardo Menéndez Salmón: “Las distopías se han convertido en novelas históricas”

Entrevista

El escritor asturiano vuelve a las librerías con 'Arca', una novela en la que ha invertido seis años de trabajo y en la que ahonda en la naturaleza del mundo y el tiempo al abrigo de distintos géneros literarios y desde una Venecia alucinada

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Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, 1971), durante la entrevista. / Javier Albiñana
Pablo Bujalance

27 de febrero 2026 - 03:59

Que la narrativa española tiene uno de sus valores más firmes en Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, 1971) es una evidencia suficientemente contrastada. Novelas como La luz es más antigua que el amor (2010), Medusa (2012), El Sistema (con la que ganó en 2016 el Premio Biblioteca Breve) y No entres dócilmente en esa noche quieta (2020), así como libros de relatos entre los que destaca la reciente colección Los muebles del mundo (2023) y diversos ensayos sobre ciencia y arte constituyen una mirada radical y singular a la condición humana y al mundo que habita. Su última novela, Arca, recién publicada en Seix Barral, ahonda en los trampantojos de la realidad a través de un particular viajero del tiempo enviado a una Venecia alucinada en busca de un hombre desaparecido, con regusto a distopía y con el mundo financiero como telón de fondo.

Pregunta.¿Es la ficción el mejor mecanismo para explicar el mundo de hoy?

Respuesta. Es curioso, porque yo llevaba unos años con cierta sospecha hacia la ficción, como lector y como escritor. Digamos que me hice reticente a la idea de que la ficción pura y el vuelo de la imaginación podían explicar el mundo como dices. Sin embargo, Arca tiró de mí y me volvió a situar en mi antigua creencia. Al mismo tiempo, ha sido un libro muy gozoso de escribir. Me he sentido más libre que nunca. Y creo que eso se percibe en su lectura.

P.¿Y la ficción explica mejor el mundo porque el mundo se ha vuelto una ficción?

R.En algún momento de Arca se dice así: las distopías se han convertido en novelas históricas. Y eso ha pasado porque el tiempo se ha acelerado. Todo sucede cada vez más deprisa. Y eso nos lleva a los escritores a asumir el riesgo de que nuestras novelas envejezcan demasiado pronto. J. G. Ballard escribió en 1973 que la principal seña de nuestro tiempo es que la distancia entre la enunciación de una posibilidad y la plasmación de esa posibilidad es cada vez más corta. En 1973, antes de Internet. Imagínate ahora, después del 11-S, cuando el acontecimiento se convirtió en historia, y en ficción, de manera instantánea.

P.¿Qué estamos perdiendo en esa aceleración?

R.Ballard también señaló la primera consecuencia: la muerte del amor. Y creo que tenía razón.

P.¿Y de qué podrán escribir los escritores, entonces? 

R.La función de los escritores es ahora inventar la realidad, no narrarla. Especialmente desde que la política renunció a esa tarea.  

P.En esta novela, como en otras suyas, el arte vuelve a parecer como un ejercicio inmune a ese tiempo devorador.

R.Las dos ideas centrales de esta novela son las dos categorías kantianas, el tiempo y el espacio. En esas coordenadas se resuelven nuestras pequeñas vidas. El protagonista es capaz de viajar en las tres dimensiones del tiempo, pero el espacio también es fundamental. La novela funciona de hecho como una caja llena de cajas. A partir de aquí, el arte aparece como la única actividad humana que nos permite abrigar cierta trascendencia, sobre todo a los que no abrazamos ninguna otra. El escritor David Markson ha reflexionado mucho sobre la permanencia de las obras humanas por encima de la misma humanidad y cifra tal permanencia en el arte, no en la tecnología. 

"La función de los escritores es ahora inventar la realidad, no narrarla"

P.Al final, ¿Arca es distopía o realismo?

R.Es muchas cosas. Yo quería manejar códigos de géneros: la ciencia-ficción, la pesquisa, la novela histórica, la novela urbana… Quería darle al lector todos esos clichés para reventarlos y llevarlos a mi terreno. Particularmente, percibo la novela como un caldero de bruja, al que vas echando los ingredientes a la espera de ver sus efectos. Lo más difícil ha sido concitar una cierta exigencia literaria al lector con esa adopción lúdica de los géneros. Espero haberlo conseguido.

P.¿Alguna vez se ha planteado rebajar esa exigencia a cambio de más lectores?

R.No. De hecho, es algo que he peleado a fondo en esta novela. Pero es que no sabría hacerlo, no sabría retener la mano. No puedo escribir de otra manera. Y tampoco me apetece.

P.¿Y tiene el cliché por si solo validez en el siglo XXI, sin necesidad de reventarlo?

R.Por supuesto. Es lo que buscan las editoriales. Más aún, las editoriales ya no solo buscan el cliché, sino hacer nichos más específicos dentro de cada cliché. Ya no basta con hacer novelas de detectives, ahora se trata de hacer novelas de detectives con glaucoma y un pasado familiar tenebroso. Por ejemplo.

P.¿La Venecia de su novela es un buen ejemplo de distopía reconvertida en realismo?

R.Venecia tiene un capital simbólico inagotable. Es una ciudad real, pero lo que predomina en ella es su representación. La decisión de escoger Venecia para la novela tampoco fue sencilla, tuve mis reticencias. Han escrito sobre ella tantos escritores, desde Proust a Mann, que impone mucho respeto. Afortunadamente, la visito a menudo y he podido observarla con ojos más cómplices que los del simple turista. Es un milagro en el que literalmente caminas sobre las aguas y, al mismo tiempo es un trampantojo, la ciudad más degradada, la más maltratada. Aquí empezó este otro signo de nuestro tiempo, el que cambió los lugares de consumo por el consumo de los lugares. Venecia es el ejemplo paradigmático de un lugar consumido. Sin embargo, cada vez que voy me permite admirarla como si fuera la primera vez.

P.¿Cuál es el principal misterio de nuestro tiempo?

R.La bondad.

P.¿Podría explicarlo?

R.En un momento en que la peor corrupción se reviste de impunidad, que haya hombres y mujeres que deciden decir no y habitar la realidad desde la decencia es un misterio.

P.¿Podemos aplicar eso a la escritura?

R. Claro. Yo intento ser un escritor decente siendo todo lo coherente que puedo. En cada novela establezco un pacto con el lector, y ese pacto es para mí sagrado. Porque quiero que el lector sienta que su entrega al pacto ha valido la pena. 

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