Feria del Caballo 2019 Ocho días y ocho noches

  • La Feria se despide hasta el año que viene con luces y sombras, como siempre, de una fiesta viva y dinámica, pero que también se hace larga

  • El tema de los reservados para socios, sin ningún tipo de control, pasa ya de castaño oscuro

Imágenes del Sabado de Feria Imágenes del Sabado de Feria

Imágenes del Sabado de Feria / Vanesa Lobo

Han sido ocho días, con sus respectivas noches, de fiesta, diversión y dispendio. La Feria del Caballo se despide de la edición de 2019, la dedicada a Jabugo, aunque los responsables de los Consejos Reguladores del jamón y el vino de Jerez, que forman una de esas parejas gastronómicas inseparables, se enteraran a última hora y casi de rebote de este nuevo paso en su hermanamiento. Por cierto, el jamón en la caseta del municipio honrado estaba para cantarle tres bulerías, y lo mismo con el lomo, salvo que usar el cuchillo de sierra para el corte de este último producto ibérico es sobrarse un poco.

Ocho días y ocho noches no hay cuerpo ni cartera que las aguante, pero los jerezanos, duchos ya en la materia al ser este el cuarto año del cambio de formato con el adelanto del alumbrado al sábado, suelen dosificar energías y gasto para, en la medida de las posibilidades de cada uno, sacarle el máximo rédito a la fiesta jerezana por excelencia, con el permiso de la Semana Santa y los cofrades.

En el segundo sábado y último día de Feria, el Real volvió a llenarse desde muy temprano, sobre todo por la afluencia antes que arreciara el frío de visitantes de localidades vecinas que aprovechan esta jornada para darse un paseo por el Hontoria, presenciar las evoluciones de caballos y carruajes por el paseo de caballistas y disfrutar de la gastronomía de feria, en la que tienen cabida platos locales, regionales, nacionales y también internacionales, pues aún tengo el regustillo amargo de unos dumplings de boquerones, por citar algunas de las propuestas exóticas, que muestran a las claras que los realities de cocina también tienen su lado oscuro.

Bueno, en el segundo sábado empezaron a flaquear muchos platos de las cartas por aquello de que los caseteros miran la peseta y no es cuestión de excederse el último día para luego tener que tirar la comida –entiendo que habrá algún convenio por el que se donará el excedente de producto cocinado a instituciones benéficas o comedores sociales, y si no lo hay, pueden tomar nota los partidos para incluirlos en sus programas electorales–.

Ocho días, como decía, de ritmo frenético y marcados por la campaña electoral y el chorreo de candidatos y dirigentes de los partidos que compiten el próximo 26 de mayo en las urnas, aunque este año han sido contados –menos mal– los responsables regionales y nacionales que se han dejado ver por el Real.

Comentan las hijas de compañeros que los políticos pasan desapercibidos para la juventud, centrada en otros menesteres, entre ellos, el tener que pelarse con el portero de turno de casetas en las que después de demostrar DNI en mano que se tienen 18 años cumplidos, deciden por su cuenta y riesgo elevar a 23 la edad para acceder.

Lo de los reservados para socios habría que empezar a mirarlo, que de unos años a esta parte se ha desvirtuado por completo la lectura que los caseteros hacen de la ordenanza municipal de Feria, llegándose a impedir en alguna caseta el acceso al interior a toda persona que no sea socia cuando les viene en gana, casi siempre, cuando hay alguna actuación programada.

En otras, como el templete de González Byass, el cierre de puertas se hizo el último día de Feria por seguridad, también coincidiendo con una actuación flamenca, porque no cabía un alfiler y las colas para entrar eran kilométricas.

Poco a poco se van a introduciendo mejoras, como la del acompañamiento a las mujeres para una vuelta segura a casa, pero en la lista de avances aconsejables figura con mayúsculas la necesidad de hacer algo de una vez por todas con el albero –más bien polvillo que vuela a las primeras de cambio– para salud de los alérgicos.

Ocho días y ocho noches de convivencia, aunque siempre hay algún desgraciado que no lo respete; ocho días y ocho noches de exaltación de la amistad y reencuentro, que se despiden hasta el año que viene. Ocho días y ocho noches que dejan anécdotas como la del señor mayor que le preguntó al conductor del autobús: “¿Hay que picar?”, a lo qu éste respondió; “Pacheco ya no está”.

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