Donde manda patrón también mandan marineros
XXX Festival de Jerez
José Manuel Ramos ‘Oruco’ ha presentado en Jerez el estreno absoluto de Patrón, un espectáculo co-dirigido por Eva Yerbabuena y Rocío Molina, quien ejerció de artista invitada
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Con las credenciales del espectáculo (cante de Pepe de Pura, guitarra de Juan Campallo, co-dirección de Molina y Yerbabuena…) era esperable la expectación por ver la propuesta de José Manuel Ramos ‘El Oruco’, pero cada vez más me reafirmo en que las expectativas son enemigas de la sorpresa. En este Patrón las palmas y el compás dominaban el pulso del espectáculo, no había mayor argumento que este, ni falta que hace. Este y un elenco de altura, claro.
Oruco estuvo presente con Manuela Carpio en la inauguración de la 30º edición del festival, también Torombo, fiel compañero que ayer repetía escenario. Que el bailaor sevillano es genio del compás es evidente, solo hay que asomarse a sus pies y sus manos un instante para comprobarlo, sin embargo, en este Patrón su baile ha quedado desdibujado por el resto de inputs del espectáculo.
Entre estos aderezos, sin duda destacó una gran Carmen Ledesma, a la que describen como “leyenda viva del flamenco”. Era la primera vez que veía su baile en directo y en cuanto pase el festival pondré una alarma que me recuerde volver a verla. Ledesma bailó, pero además antes la disfrutamos narrando un romance (el mejor que he visto en esta edición), por su naturalidad y teatralidad contenida. “He sabido escuchar y callar”, exclamaba la bailaora de escuela sevillana, que quiso saborear su ratito aun confesando que las fuerzas van decayendo. Qué vulnerabilidad compartida, qué valiente arrancarse así y qué bien traída su dedicatoria a Tía Juana la del Pipa.
Para realce de la propuesta, Oruco añadió un espectacular atuendo, con una chaqueta con cristales que proyectaba un juego de luces flash sobre el público, un efecto disco-retro (o faro de Chipiona, como escuché decir) que sorprendió, claro, por su novedad estética. Pasada la sorpresa inicial, esta chaqueta emanadora de luz, sumado a otras que se proyectaban en la sala, terminaron por desviar la atención del compás. Luces sí, siempre, pero que sumen y no desplacen o impidan conectar con los artistas.
Juan Campallo, otro maestro del toque, que tanto y tan bien acompaña a los espectáculos, con tanta gracia y musicalidad, permaneció en la primera parte excesivamente escondido. Hasta bien avanzado el espectáculo, no cogió su silla y se plantó delante del escenario. Ahora sí. Y eso que el sonido, especialmente al principio, se proyectaba tan alto que atacaba a los tímpanos. Esta percepción es compartida, pero puede que sea por la disposición de la grada y el efecto acústico que se genera.
En Patrón no faltó el baile de Karolina González ‘La Negra’ y, como guinda del pastel, Rocío Molina. El público exclamó nervioso cuando apareció, con un vestuario que ahora me resulta extraño para ella. Y sí, una vez más se confirma que Rocío Molina asoma la patita y con un gesto mínimo ya consigue vibraciones inexplicables. Un leve gesto por aquí, una mueca por allá, y la bailaora resulta deslumbrante. Incluso así, tengo mis dudas de que su presencia aportara enjundia a este espectáculo, más allá del gancho evidente y de que ver a Rocío Molina siempre es un regalo.
De esta manera, Patrón se sucedía con este formato gala, pero el compás más íntimo, el de Oruco, no estuvo todo lo presente que mis expectativas ansiaban. Tampoco el excesivo y largo final ayudó. Y si algo dejó claro, es que sus marineros mandaron, en este juego de admiración, complicidad y respeto llamado flamenco.
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