Bodegas Un gran fino entre dos tierras

Miguel Calvo, ex capataz de Valdespino, en la bodega de la calle San Francisco Javier. Miguel Calvo, ex capataz de Valdespino, en la bodega de la calle San Francisco Javier.

Miguel Calvo, ex capataz de Valdespino, en la bodega de la calle San Francisco Javier. / Julio González

El proyecto en sí es un culto a los clásicos vinos finos de Jerez, aquellos finos gordos, puros, con personalidad y sin los agresivos filtrados que se impusieron en plena decadencia de la industria vinatera local. Hay muchas expectativas creadas en torno a lo que se cuece en un pequeño casco bodeguero de la calle San Francisco Javier, refugio de las soleras del antiguo fino Camborio, adquirida junto al inmueble por Carlos del Río (Hacienda Monasterio y Montecastro) y Peter Sisseck (Dominio de Pingus) para el inicio de una nueva aventura bodeguera en Jerez.

Con un poco de suerte, el año que viene verán la luz los primeros finos salidos de esta nueva pero antigua casa jerezana, porque antes del fino Camborio alojó los excelentes vinos de Ángel Zamorano, almacenista que comparte con los nuevos propietarios el gusto por lo auténtico.

En esta pequeña bodega, en una zona del centro poblada de otras pequeñas y medianas bodegas, se erige este templo del fino, pues si algo tiene claro el binomio Sisseck-Del Río es su dedicación en exclusiva al vino de crianza biológica bajo velo de flor –nada de oxidativa–, es decir, al fino, que consideran único y, ya puestos, el mejor blanco de España. La cosa, de momento, pinta muy bien.

Carlos del Río González-Gordon, socio de Peter Sisseck en el proyecto de los finos de pago, en la bodega. Carlos del Río González-Gordon, socio de Peter Sisseck en el proyecto de los finos de pago, en la bodega.

Carlos del Río González-Gordon, socio de Peter Sisseck en el proyecto de los finos de pago, en la bodega. / Julio González

Carlos del Río: "Estoy muy satisfecho de haber traído a Peter Sisseck a Jerez, un artista maravilloso que le viene fenomenal al Marco”

Bodegueros y viticultores, o cosecheros como se conocían antaño en la zona, define con más precisión lo que tiene entre manos esta sociedad jerezano-danesa –aunque con influencias ribereñas, bordelesas y borgoñonas–, fruto de la amistad surgida entre estos dos grandes apasionados del vino en Ribera del Duero, su casa en las últimas dos décadas y a la que deben su prestigio dentro de la escena nacional e internacional del vino.

Carlos del Río González-Gordon, como delata su apellido materno, es miembro de una de las familias bodegueras jerezanas con más tradición, propietaria de González Byass, de la que fue consejero antes de hacer las maletas en el año 97 para probar suerte con los tintos en la Denominación de Origen castellano-leonesa.

Eran años difíciles para las bodegas y convencer a una familia que va ya por la sexta generación de las ideas que tenía en mente para darle un giro al negocio era tarea harto complicada, por lo que se aventuró a probar fortuna fuera de su ciudad natal, implicándose junto a otros socios en la compra de Hacienda Monasterio, una bodega joven pero de altas miras, que acabó siendo presa de las finanzas.

"Hemos venido a hacer lo que hacemos en Ribera y a demostrar que se puede vivir de una bodega pequeña”

Peter Sisseck aterrizó unos años antes en Ribera, a principios de los noventa, cuando se hizo cargo de la dirección técnica de Hacienda Monasterio, a la que siguió vinculado como asesor después de dar el salto en solitario con Dominio de Pingus, su apodo de la juventud. El ingeniero agrónomo y enólogo danés, aunque curtido en Burdeos y devoto de Borgoña, hizo grande a Hacienda Monasterio y se encumbró con Pingus, palabras mayores para los que algo entienden de este mundillo pues reza como uno de los vinos más codiciados de España, si no el que más –si quiere darse el gusto, vaya preparando la cartera, porque difícilmente baja de 1.000 euros la botella–.

Carlos del Río junto a su hijo Jaime y otros amigos durante el recorrido por la bodega del antiguo fino Camborio. Carlos del Río junto a su hijo Jaime y otros amigos durante el recorrido por la bodega del antiguo fino Camborio.

Carlos del Río junto a su hijo Jaime y otros amigos durante el recorrido por la bodega del antiguo fino Camborio. / Julio González

De familia acomodada, uno, y de origen humilde, el otro, la cuestión es que, con el vino como testigo, el uno con el otro entablaron amistad, hasta el punto de embarcarse ahora en el proyecto del fino, de lo mejor que podía sucederle al jerez.

El germen de la sociedad del fino se remonta más de una década atrás. Carlos del Río tenía el gusanillo de volver a su tierra para, de alguna forma, participar del resurgir de los vinos jerezanos y, de paso, darle un motivo para volver a los jóvenes que han tenido que emigrar, en este caso sus hijos.

El propio bodeguero cuenta la historia en un recorrido por la bodega realizado días atrás para comprobar la evolución de los vinos a pie de bota. Le acompañan entre otros amigos su hijo Jaime y José Luis Blandino, hijo y nieto de capataces de bodega –su padre es Pepe Blandino, de Bodegas Tradición–, y aprendiz del oficio con el asesoramiento del antiguo capataz de Valdespino, Miguel Calvo, y bajo la supervisión de Sisseck, .

El proyecto surge del más absoluto respeto a la viña, clave del éxito de Sisseck y Del Río

Hará cuestión de doce años, y después de convencer a su socio, al tándem Del Río-Sisseck se les puso a tiro justo lo que buscaban,una bodeguita y una pequeña viña en Jerez, pero la operación se torció a última hora. Siguieron a lo suyo en Ribera, con la esperanza de algún día poder retomar el proyecto, y así ocurrió hace dos años, cuando lograron al fin cerrar un acuerdo con el bodeguero sanluqueño Juan Piñero para la compra del casco bodeguero y 444 botas del fino Camborio, sabiamente dirigidas hasta entonces por el joven pero ya consagrado enólogo Ramiro Ibáñez.

Sisseck, que con la humildad que le caracteriza asegura que viene a Jerez a aprender desde el respeto a la sabiduría de la zona y larga historia de sus vinos, y Del Río, feliz a más no poder en su vuelta a casa, supieron apreciar el trabajo de Ibáñez, con el que comparten su predilección por el terruño y que se adaptaba como un guante a sus planes, a saber, hacer finos de pago que reflejen la tierra de la que procede su uva, el terroir que expresa la características del suelo y el clima de la zona como parte esencial en la elaboración del vino.

Andanas de botas adquiridas por Del Río y Siseck para la elaboración de finos de pago. Andanas de botas adquiridas por Del Río y Siseck para la elaboración de finos de pago.

Andanas de botas adquiridas por Del Río y Siseck para la elaboración de finos de pago. / Julio González

Lo más difícil estaba hecho ya, pero faltaba incorporar el viñedo para remarcar la exclusividad y diferenciación de sus vinos, en palabras del socio jerezano, “trasladar a Jerez lo que hacemos en Ribera, donde la viña es lo más importante”. La operación se completó con la compra de sendas viñas, una de ocho hectáreas en Balbaína y otra de dos hectáreas en Macharnudo, ambas enclavadas en pagos históricos del jerez, en cotas altas y con cepas viejas, de 30 años de media.

Cuenta Carlos Del Río que ya han refrescado con sus dos primeras vendimias las soleras, divididas por el pago de procedencia –una para el fino de Balbaína y otra para el de Macharnudo–. Y aunque se trata de un proyecto a largo plazo, como corresponde al sistema de criaderas y solera de los vinos de Jerez, los efectos se empiezan ya a apreciar, en particular en la finura que caracteriza a los finos del primero de los pagos.

La mano de Sisseck también se percibe en la selección de las levaduras, una obsesión del danés, y en la producción ecológica de la viña, que casa con ese respeto a la tierra, el origen y las tradiciones que empieza a ser tendencia en el Marco.

Del Río no oculta su satisfacción –le delata una amplia sonrisa que le acompaña durante toda la visita– por el simple hecho de “haber traído a Sisseck a Jerez, porque al Marco le viene fenomenal que venga gente como él, un artista maravilloso”, además de un mago que convierte en oro todo lo que toca.

Recorrido con Carlos del Río por la bodega para comprobar la evolución de los vinos a pie de bota. Recorrido con Carlos del Río por la bodega para comprobar la evolución de los vinos a pie de bota.

Recorrido con Carlos del Río por la bodega para comprobar la evolución de los vinos a pie de bota. / Julio González

El bodeguero jerezano tiene el empeño de demostrar que “se puede vivir de una bodega pequeña”, que piensa en llamar la bodega de San Francisco por la calle en la que se ubica. Menos claro, por no decir nada claro, está la marca con la que saldrán sus finos de pago al mercado. Del Río es partidario de llamarlos como las viñas, ‘Los Corrales en el caso de Balbaína’, pero Peter Sisseck tiene sus dudas.

El 90% de estos finos irán destinados a la exportación y enfocados a los millenials, por lo que "no tendrán un precio desorbitado", avanza el bodeguero jerezano, quien apunta que estos vinos, en contra de aquellos otros finos raquíticos, evolucionarán en botella.

“Ellos están orgullosos de lo que se han encontrado y yo, de que lo pongan en valor”, señala Ángel Zamorano, el almacenista que dejó un importante legado en la bodega, un parque de botas como las que ya no se encuentran, de madera gorda, algunas con 70 u 80 años, en perfecto estado de conservación y con una flor maravillosa. “Una colección digna de museo”.

Salud y buena mano, porque la suerte es para el que la necesita.

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