Un museo por descubrir

Cristiana y alfarera

  • Recorrido por la vida y la actividad comercial de la zona durante los siglos XIII al XV

  • Tiempo de bonanza y crecimiento para la ciudad

Siempre es un placer pasear por las salas del Museo Arqueológico Municipal. Lo es porque podría recorrerlo mil veces y siempre encontraría algo nuevo sobre la Historia de la ciudad. Lo es porque podría visualizar uno de sus muchos audiovisuales en otro idioma, ponerme en el lugar del visitante y ver Jerez desde una mirada nueva: "vaya, sí que es chula esta ciudad", me digo, como si no me conociera ni a mí ni a la tierra donde nací. Lo es porque tras la visita sé más de mí, de mis orígenes.

Hoy, en esta entrega mensual, toca saber cómo era la ciudad desde los siglos XIII-XV, la ciudad cristiana, cómo vivían aquellas gentes... Preguntas y preguntas a las que responde y responde este Museo. Su directora, Rosalía González, cuenta que tras la incorporación de Jerez al reino de Castilla en 1264 y una vez pasado el convulso periodo de escaramuzas fronterizas que finaliza en 1340 con la batalla del Salado, el estrecho de Gibraltar se abre al tráfico naval y económico del reino de Castilla, iniciándose una nueva etapa de crecimiento y bonanza para nuestra ciudad. Primero de forma discreta, debido a las epidemias de peste (ahora tan en boga en series de televisión), pero sobre todo a partir del siglo XV, comienza, al igual que ocurre en toda el área atlántica andaluza, una importante actividad comercial, siendo sus principales agentes dinamizadores los hombres de negocio genoveses establecidos en las distintas ciudades de la zona. Este comercio, aunque en parte se orientó hacia otros países europeos (Flandes, oeste de Francia, Inglaterra), fue especialmente intenso con la Granada nazarí y sobre todo con el reino de Valencia.

De esta forma, desde la segunda mitad del siglo XIV, pero sobre todo en el siglo XV, es muy frecuente la presencia en los registros arqueológicos de materiales cerámicos de prestigio procedentes del reino de Granada, pero sobre todo de Paterna y Manises (Valencia). La proximidad de la frontera con el reino granadino posibilitó, a pesar de las continuas guerras y escaramuzas, un fluido tráfico comercial. Por otra parte, en el Archivo de Protocolos de la ciudad son numerosos los asientos que hacen referencia a embarques desde el puerto de Valencia (puerto del Grao), con destino directo al puerto fluvial de Jerez, El Portal, o con escala en alguna ciudad portuaria de la comarca. En estas anotaciones se puede rastrear la llegada, junto con otras mercancías, de las afamadas lozas doradas valencianas.

Dentro de los materiales objeto de transacción destaca en las vitrinas del Museo un ataifor de loza dorada con representación de un navío, posiblemente procedente de los talleres de Málaga. "Aunque este tipo de figuraciones no son comunes en el arte musulmán, por lo que son pocos los ejemplares conocidos, el tema de la nave aparece en piezas mallorquinas desde el siglo XI y es en época nazarí cuando se hace más frecuente", explica González. "Los cuencos, platos y tarro de farmacia -añade- en loza dorada pertenecen a una cerámica donde además observamos la presencia, por vez primera en nuestra zona, de piezas, tanto granadinas como valencianas, en las que junto al dorado aparece el vidriado azul cobalto, de influencia oriental y que tendrá gran desarrollo en siglos posteriores".

Con la incorporación de Jerez a la corona de Castilla el cristianismo vuelve de nuevo a ser la religión imperante. La integración de la ciudad de manera progresiva en los circuitos culturales y comerciales europeos, trajo como consecuencia la llegada de piezas como un magnífico relieve inglés de alabastro, que pudo formar, junto con otros del mismo tamaño, parte de un retablo. Representa la Resurrección de Cristo, en este caso basada en la tradición del Evangelio de San Mateo que es el único que menciona centinelas junto al sepulcro. Además de este alabastro se conservan otros dos ejemplares de la misma procedencia: uno en la iglesia de Santiago y otro en el convento de Espíritu Santo. "A tenor del escaso número de piezas existentes en Andalucía, nueve en total, este volumen es indicativo de las significativas relaciones comerciales de Jerez con Inglaterra", añade.

Otra vitrina luce cerámicas locales y bajoandaluzas. Desde el siglo XIV y sobre todo en el XV florecieron en las poblaciones andaluzas de cierta importancia talleres de alfarería que se dedicaban fundamentalmente a cubrir las necesidades básicas de los vecinos: cerámica de cocina, almacenamiento o material de construcción. "No obstante, se desarrollaron algunos centros alfareros dedicados a la fabricación de piezas de mayor calidad. Este es el caso de los alfares de Triana en Sevilla con series, de clara raigambre islámica, decoradas en verde sobre blanco, a la cuerda seca o en azul y morado, como los ejemplares aquí expuestos".

La presencia en Jerez de cerámicas mudéjares locales y hornos de producción se constata, entre otros elementos, a través de estos platos y escudillas en vidrio melado, a los que por fallos durante la cocción se le ha quedado adherido el atifle (pieza con tres pies) que separaba los cacharros en el horno. Proceden de un testar situado en el antiguo llano de San Sebastián, junto al camino de salida hacia a la capital hispalense. La existencia en estas fechas de una cierta especialización en el oficio de la alfarería está constatada por un documento de 1456 en la que "olleros", "cantareros" y "tinajeros" realizan una petición para usar un barrero propiedad de la villa.

La boca de un pozo o brocal en cerámica es otra de las piezas que se conserva en el Museo. Las profundas señales de las cuerdas en su borde indican que esta pieza fue usada durante largo tiempo, antes de formar parte del relleno de las bóvedas en las reparaciones efectuadas en la iglesia de Santiago en el siglo XVII.

También se puede disfrutar en esta sala un alfarje mudéjar de la calle Castellanos 3, del siglo XV. El alfarje es un techo plano formado por un entramado de maderas de diferentes tamaños y grosores dependiendo de su función dentro del conjunto. En la tradición arquitectónica andaluza se utilizaba para cubrir los salones bajos de grandes casas y palacios. Además, se conservan yeserías mudéjares y góticas de lo siglos XIV-XV. Así se muestra el dintel o jamba procedente de la iglesia de San Dionisio, el fragmento de yesería del arco de ingreso al salón principal de una vivienda mudéjar en la calle Madroño y las yeserías góticas que decoraron la capilla del Cristo de las Aguas también en la iglesia del patrón de la ciudad.

De esta sala hay que destacar también el fragmento de pintura gótico-mudéjar del siglo XV de la plaza San Lucas 3, uno de los escasos ejemplos que se conservan en la ciudad de época tardomedieval. Sobresale la vajilla de vidrio y objetos de adorno personal, colección de las más importantes de la baja Edad Media existentes en Andalucía.

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