Jerez íntimo | Espacio patrocinado En Jerez también se llora al capitán

César González-Ruano -el legendario periodista a fuer de escritor que reinventó el género del columnismo- remató su último artículo -al costadillo del lecho del dolor y al abrigo endrino de la señorona de la Guadaña- garantizando que morir no era sino ir perdiendo la costumbre de vivir. La frase comporta su aserto y su acierto siempre y cuando las sílabas no resuenen manchadas de metástasis. Porque la enfermedad innombrable -la que, perversa, se cuela de rondón por los huesos del género humano como una arpía de lo ajeno- jamás suele alargar la vida hasta su finitud natural sino que, como una gangrena tozuda, procura tumbar -a menudo ya sin éxito- el latido de la existencia con nombre y apellidos. No fue el caso de la mala salud de hierro de Gónzalez-Ruano (o César o nada) pero sí de otro poeta de la prosa -y en verso canalla- que ahora, por mor del destino que suele sobrevenir a la chita callando (o como una exhalación), ha permutado su naturaleza cantautora -su sangre subversiva- por el de mito a mares llorado también allende Puertas de Tierra de su Cádiz natal.

La muerte precoz es una playa nunca de pies descalzos sino de calcetines negros que bailan la danza macabra de la contra natura. Un aquelarre de fantasmagorías. Una costra rocosa de pestilente advenimiento cuyo aguaje no cría mojarritas ni oxigena sones de pasodobles orillando tardes de amores tempranos. En Jerez también hemos llorado -inter nos sabemos quiénes somos- la feroz muerte -¡calló tu guitarra en un santiamén, como el bruñido seco de una metáfora de Benedetti!-, sí, la muerte, de Juan Carlos Aragón: heterodoxo, tifón, rebelde con causa, punto y seguido de Nietzsche, pupilo de Protágoras, elegante prosista defensor a ultranza de las causas perdidas y enemigo de las pringosas injusticias sociales. Un soniquete de gorra de Che Guevara que filosofó en libertad. Juan Carlos Aragón era el Baudelaire maldito del sur del Sur: un espíritu independiente, sui generis, rara avis, lector empedernido, ser de cercanías, que escribía como lo ángeles caídos del tipo de su segunda comparsa dulcificada por la voz de Carli Brihuega. Usaba el malditismo como modus vivendi de un enamorado a raudales de la tierra suya. La tierra de tanto dolor convertido en gracia. La tierra como único edén: “Será que eres tan distinta de tantas, será que eres tan de plata, Tacita, que a las serpientes encantas”.

Por su mente siempre tropezó el desfile gris de los oropeles. Apartó de sí -con un deje de chulería nunca impostada pero sí risueña y cómplice- el filamento soporífero de la mediocridad rampante. Manejaba los corceles de la ironía como sólo sabe hacerlo el jinete de la intelectualidad sin parangón en derredor. Es la diferencia entre el creativo (culto de veras) y el pamplina. Aragón fue profeta –“ésta te la canto en gaditano”- de Puntales al Mentidero: allá donde in illo témpore lloró a un hermanito muerto y donde hogaño, hace escasamente unos días, a solas se despidió -a sabiendas de cuanto ya a contrapelo se le venía encima- de su hijo pequeñito de apenas un mes. ¡Qué no acordes de nana susurraría el padre artista a su bebé del alma ante el reloj hecho coágulo del adiós! Acordes con vientre de bronce, acordes de poeta con sobrenombre de Capitán Veneno.

Es el primer genio inmortal del Carnaval de Cádiz que fallece joven. Con la vitola de leyenda en ciernes. Sin mensajes crípticos a la diestra. Sin antiguallas en ristre. Ha muerto un poeta predestinado. El personaje que Fernando Fernán Gómez encarnó curiosamente en la película ‘El Capitán Veneno’, dirigida en 1950 por Luis Marquina, pareció vaticinar la encomienda existencial del gran Juan Carlos cuando en una de sus escenas sentenció: “Perdone la rudeza de mis palabras pero cada uno es como Dios lo ha creado y a mí no me gusta engañar a nadie”. Así Aragón, así su voz. Con letra y música.

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