Patrimonio

Santiago le 'canta' a la ruina

  • Los vecinos recuerdan los años de esplendor y lamentan que el barrio se encuentre en mal estado, con solares vacíos y peleas por las noches. Muchos siguen luchando por devolverle su brillo

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Con los nudillos golpeando la madera y con el compás que puede acompañar a una bulería, un vecino llama a la puerta. Aquí no hay timbre ni gritos, aquí hay ritmo, rasgeo y arte, mucho arte. Santiago amanece cada día con menos geranios en sus balcones y con más basura acumulada en parcelas abandonadas. Nueva, Cantarería, Merced, De la Sangre, Barrera..., calles que vieron nacer al flamenco con el que creció el barrio hasta tener el honor de convertirse, junto a San Miguel, en la cuna de este arte, Patrimonio de la Humanidad.

De aquellos años de bailes improvisados y de comer piñones en las puertas de las casas poco queda, quizás, un templo cada vez más estropeado que da la bienvenida, rodeado por una cinta de hojalata, a quien se pasea por su barrio. Añoranza, pena y reivindicación. Los que aún mantienen vivo el espíritu de Santiago reconocen que sus calles no son las de antes aunque mantengan los mismos nombres. “Santiago era antes, ahora todo ha cambiado, esto ya no es el lugar donde me crié”, reconoce Mateo Soleá mientras sirve un café y tostá con aceite en su bar de calle Ancha. Lamenta que la gitanería que había hace años se fue a vivir a los nuevos pisos de las afueras, dejando el barrio cada vez más ‘viejo’. “Hasta los establecimientos que había antes ya han cerrado. Además, es una pena que los dueños dejen que se derrumben sus casas porque ya no viven aquí y el Ayuntamiento no haga nada. Señora alcaldesa, a esto hay que meterle mano”, añade el artista.

Los solares vacíos y llenos de bolsas de basura, envoltorios de comida rápida, muebles viejos,  juguetes rotos y demás suciedad provocan que el espectador sea testigo de un barrio abatido. Un escenario de ‘guerra’ en el que hasta los vecinos dicen sentir miedo a ciertas horas de la noche, y donde el cierre desde hace siete años de su templo y el abandono de la emblemática peña Los Juncales muestran la ruina de un barrio con mayúscula. Y es que ese ambiente de risas, de palmas y de quedarse ronco cantando hasta la madrugada ha dejado paso a un escenario algo más oscuro, de personas extranjeras que achantan a las señoras mayores y de peleas noche sí y noche también cerca del albergue de Cantarería.

“Esto es una pena, menos mal que aún hay algo de gente joven que estamos dispuestos a quedarnos. Vamos, que yo me amarro a esa columna y de mi Santiago no me echan”, declara Nono Periquín. Junto a su hermano Luis aprovechan las horas tempranas del día para sentarse en el único banco de la calle Nueva y ponen música a la jornada. “La limpieza del Ayuntamiento no pasa por aquí, esa gente no hace nada por el barrio, vamos, que si andas un poquito más arriba te vendrá un olor a gato muerto impresionante. Esto está sucio y aunque hemos llamado varias veces para que lo solucionen, ahí está, todo igual”, denuncia Luis, quien no se separa de su guitarra.

Un enorme cartel de la Junta de Andalucía en el que se anuncia el programa de rehabilitación del entorno San Mateo-Santiago (sin fecha de inicio y finalización) provoca la risas de quien por allí pasa.Se ha convertido en parte del mobiliario urbano por los años que lleva colgado sin que en el barrio se vea un verdadero empuje por mejorarlo.“Antes estábamos muy bien, pero de unos años para acá se ha dejado de una manera impresionante. Yo no estoy en contra de nadie compare, pero hay que tener unos valores, una educación y aquí parece que se está perdiendo”, apunta de nuevo Nono. A lo que añade su hermano: “Hombre, es que hay que tener mucho cuidado a quién se le arrienda la casa, por favor. Habría que tener un control de las personas que metes en el barrio. Además, ¿ves a algún grupo de niños jugando? Que va, y eso que ya están de vacaciones. Nosotros cuando éramos niños íbamos al colegio, no veas la disciplina que siempre han inculcado a la gente joven del barrio, pero después por las tardes disfrutábamos de nuestras calles, cualquier escalón era para nosotros un escenario”.

Pero Santiago aún no ha muerto. Como dice Mateo Soleá, sólo hace falta darle una patada a la ventada para que un niño te ponga los pelos de punta con su voz. Eso sí, están escondidos, porque ya no se ven a los pequeños sentados en las aceras y bancos, pasando la tarde jugando a las canicas y dando una pataíta mientras su madre lo controla desde la puerta. “La tradición se ha perdido, con lo bonita que era. Recuerdo ahora esos patios de la vendimia en las casas de vecinos, aquél día en el que las bodegas daban vino y se cantaba y bailaba horas y horas”, rememora Soleá. Aunque algo debe quedar en uno para que artistas como David Lago, José Mercé, Vicente Soto y el tristemente desaparecido Moraíto, entre otros, quieran volver a su casa.

Y hablar de tradición también es hablar de ella. Mientras barre uno de esos patios que quita el sentío, la octogenaria Antonia de María Vega hace memoria de “mi barrio”. La que ahora es su casa, antes la regentaba su abuela “de mis entrañas”, una gitana sembrá que decía las cosas con gracia. “Hay 25 habitaciones y hemos llegado a estar aquí hasta 50 vecinos. Vecinos de los buenos, de los que han estado trabajando en el campo, honrados, trabajadores”, apunta Antonia, que ahora sólo está acompañada en esta casa por su hija y su yerno, y por Francisco Romero yAntonio Gálvez, este último, un gitano que nació en el barrio y que sigue aún entre las cuatro paredes encaladas de calle Nueva. A pesar de sus vecinos, Antonia reconoce que ahora “estoy muy disgustada, no estamos a gusto. La calle Nueva pasó a la historia, la gente que un día se fue ya no puede regresar”. Tanto es el malestar, que dicen por el barrio  que hasta las puertas de las casas de vecinos se han cerrado, cuando antes estaban abiertas para recibir a quien pasara por la calle.

Antonia se tiene que sentar unos segundos en un banco blanco porque sus piernas ya se cansan, pero con sus manos va sobrada para demostrar que sigue enamorando con su arte. Las levanta, las mueve al son de la bulería que en ese momento le ronda la cabeza, retuerce sus dedos y de repente, esconde su cabeza entre sus brazos como si fuera a salir del corrillo tras la actuación. “La gente sigue cantando muy bien, eso no lo puedo negar, pero lo hacen muy rápido, no como antes. Sí, sí, aunque tú me veas viejuna, tengo la cabeza  muy bien amueblada”, reseña entre risas la artista.

Un poco más abajo está el pequeño almacén de Isabel Vaca. Su padre, Juan Vaca Escalante, lo abrió en los años cuarenta y desde entonces forma parte del barrio, convirtiéndose en los años duros en un almacén de estraperlo. “Todo ha cambiado al 100%, no digo ni que haya sido para mejor o peor, pero es diferente”, apunta Isabel, mientras su marido atiende a la clientela, apuntando los precios en un pequeño cartón y haciendo la cuenta de memoria a una velocidad que impresiona. “Antes en estas calles se vivía a diario la fiesta, pero ya quedan muy pocas familias de aquellas, hay más gente nueva que no ha vivido esos años en Santiago. Y claro, claro que lo echo de menos, pero la vida cambia y hay que adaptarse a ella”.

En cuanto al cuidado de sus calles, Isabel reconoce que “no se tiene muy en cuenta esta zona. Somos los vecinos los que sacamos la escoba y barremos, porque si tenemos que esperar a que vengan...”.

Santiago, ese barrio que surgió a partir del siglo XIV frente a una puerta de la muralla defensiva de la ciudad, la ‘del Olivillo’, ha quedado paralizado en el tiempo. No avanza al mismo ritmo que el resto del casco histórico y aunque muchos no se cansan de darse palmadas en la espalda por lo bien que están promocionando el flamenco, lo cierto es que la ruta por el barrio nada tiene que ver con lo que se vende. Que sí, que hay tablaos flamencos. Que sí, que en realidad sólo son dos tablaos en comparación con la veintena de Sevilla y con el medio centenar de Madrid. Que sí, que el flamenco es Patrimonio de la Humanidad, nuestro patrimonio, aunque también es verdad que sólo lo cuidan las que cada día friegan sus patios enmarcados entre macetas, los que se dan citas en las peñas, los que mantienen sus pequeños negocios y los que sin darse cuenta siguen provocando ese pellizco contando unos recuerdos que forman parte de nuestra historia.

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