Jerez

Timoteo, la vida en un petate

  • He aquí una especie en extinción. El yegüero del Cortijo de Vicos nació programado para hacer lo que hacía: manejar las cobras de yeguas de Pura Raza Española de Yeguada Militar. Hoy, desde su sosegada jubilación, repasa sus inicios y su plenitud como hombre de campo y caballos

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La vida de Timoteo Prieto (5 de junio de 1950. Feria, Badajoz) cabe en un saco verde caqui. Vamos a meter la mano, a ver qué encontramos. Del fondo del equipaje sacamos una infancia que se desarrolla en un recóndito y bellísimo municipio extremeño que descansa a los pies de un castillo feudal. Estamos en Sierra Vieja, en casa de una familia modesta en la que conviven los progenitores y tres hijos, dos chicos y una chica. El pequeño es Timoteo, siempre alegre y siempre terco. Tiene claro que no ha venido al mundo para leer libros, y mucho menos para estudiarlos. Y también tiene muy claro que su vida estará donde haya un caballo. El problema es que en Feria, su pueblo, había pocos.

A los dieciséis años tuvo una idea. Eran los años sesenta y a España empezaban a llegar los primeros turistas en busca de latitudes más cálidas donde pasar los veranos y los inviernos. Los caballos españoles comenzaban a ser conocidos en el mundo y Timoteo quería estar en la primera fila, en la foto. No lo dudó. Se alistó como voluntario en el Regimiento de Caballería Sagunto 7 de Sevilla, donde compartía pabellones e instalaciones con la vieja y rancia familia castrense andaluza, pensando que el recinto estaba lleno de caballos. Pero pasaron unos días y nada, ni un relincho de fondo. "¡Oiga! ¿Los caballos aquí dónde están?". El ingenuo y atrevido adolescente extremeño no encontró ninguna indicación por parte del estirado comandante asaltado, que acabó soltándole un sopapo y ordenándole que no se "cachondeara de él", recuerda. Esta anécdota sucedió al mes de llegar a Sevilla y Timoteo, decepcionado, solo pudo resignarse y conformarse con el caballo de raid que un oficial sevillano alojaba en las caballerizas de Sagunto 7. Aún así, aguantó siete años, un periodo en el que consiguió ascender desde soldado a cabo primero. Y entonces todo cambió.

La cantina de un cuartel es el espacio concreto en el que los suboficiales se descargan de la tensión castrense. Era la hora del desayuno. En la mesa, un café y un alférez de Caballería. "Hay un curso de Cría Caballar en Madrid, quiero que me acompañes". El joven aprendiz quería acompañar a su superior, pero no para servirle sino para formarse en la cría caballar. "Yo también quiero hacer ese curso", añadió el cabo. Tuvo que recurrir a su tozudez para acabar manejando potros. "Quiero hacer ese curso. Mi vida son los caballos". Una y otra vez. Y otra más. Así es la mili. Hasta que suena la trompeta.

El cabo primero ya tiene veintidós años y acaba de cambiar de edificio de trabajo. Atrás ha quedado temporalmente Sevilla. El presente se llama Alcalá de Henares, un destino que durará tres años y en el que respiraban sesenta caballos de pura raza española, cuarenta caballos bretones y treinta caballos de pura raza árabe. En el depósito madrileño se aprendían los tres oficios de la cría caballar. El primero de ellos está dirigido a los paradistas, que son los profesionales que desarrollan su trabajo en los depósitos de sementales (cubriciones, cuidados del caballo, entrenamiento…). El segundo oficio, el de remontista, está centrado en el manejo, cuidados y entrenamientos de las yeguas en producción y sus potros. Dicho de otro modo, el remontista es el militar que trabaja en las yeguadas militares. Y, por último, el oficio de picador, jinete domador.

Timoteo exprimió al máximo su carrera en Alcalá de Henares. Al cabo de tres años, estaba preparado para asumir su siguiente destino, que con toda seguridad sería ecuestre. En Madrid lo aprendió todo, eso dice, sobre todo el tercer año del curso, "que tuvimos que recorrer todas las yeguadas militares de España". Jerez, Lore Toki (Guipúzcoa), Écija (Sevilla), Palencia y Lérida, donde recibió formación castrense. En el año 1976 Timoteo tenía veintiséis años y ya sabía lo que era el servicio militar, la cría del caballo y el amor. De hecho, fue su novia la que eligió destino: la Yeguada Militar de Jerez. Y así fue a caer este hombre en la centenaria cuna del caballo español. "Antes de conocer a las yeguas sabían que eran mi vida. A mí me hubiera gustado trabajar en Lore Toki, la vida de los caballos de carreras era apasionante, pero mi novia era de Sevilla y lo más sensato era Jerez. Han pasado los años y ahora no cambio Jerez por nada del mundo. Los caballos ingleses corren o no corren pero el español es otra cosa", repasa sereno. Para llegar a esta reflexión hace falta ver nacer a miles de caballos. Y no es una frase hecha, ni una exageración. La Yeguada Militar de Jerez ha sido una de las más productivas de España, con temporadas en las que nacían cientos de potros. A todos ellos, sin excepción, los ha manoseado Timoteo. Pero volvamos a Sagunto 7. Nuestro protagonista acabó el recorrido académico por las yeguadas militares de toda España para regresar al cuartel sevillano, su primer destino. Tenía el tiempo justo para recoger el petate y elegir destino. Jerez le esperaba. Por aquellos años, la ciudad gaditana contaba con un edificio emblemático en el centro de la ciudad, en la avenida Alcalde Álvaro Domecq, hoy convertido en la exclusiva urbanización La Yeguada. En los años setenta, aquel no era un mal destino pero a Timoteo le faltaba aire, el aire del campo de Vicos. "Aquí además había vivienda", apunta. Y por fin, la oportunidad. En el escuadrón del Cortijo de Vicos hacía falta un mando y él estaba dispuesto a asumir el cargo, dispuesto a cambiar para los restos la imagen de la Yeguada Militar de Jerez. Pero le tocó lidiar, otra vez, con un oficial duro de roer. Timoteo, hombre de convicciones, levantó la cabeza y habló: "Le ordeno que me ordene trasladarme a Vicos". El órdago le salió bien y todavía hoy, casi cuarenta años después de la descarada conversación, se ríe del tono con el que se dirigió a su superior en la portada principal del cortijo.

Hasta la fecha, las nobles y bellas yeguas españolas (y también árabes e hispanoárabes) pasaban sus relajados días en grupos, lo propio en su especie por otra parte. Pero les faltaba el líder del que goza toda manada para que la unión haga la fuerza. El líder llegó, era Timoteo, el hombre que estaba llamado a cambiar la imagen de la Yeguada Militar y la del caballo de Pura Raza Española, de paso. Por estas fechas, el trabajo con las yeguas en producción consistía en el destete, el manejo de los potros y la exhibición en los concursos morfológicos, porque en esta época en la que nos situamos, a la Yeguada Militar se le permitía participar en los certámenes de belleza. Unos años después, los ganaderos decidieron excluirlos de la competición. Competencia desleal, por lo visto. Los primeros concursos de la raza se localizan en los años setenta, una década en la que la mecanización del campo era un hecho. El caballo español, sobre todo las yeguas, tuvo que redibujar su futuro, pues sus dos misiones ya habían sido desterradas por el hombre. Las yeguas españolas ya no tiraban del landó para trasladar a los miembros de las familias nobles del campo a la ciudad, ni tampoco de la trilla ni el arado del campo como peones de la agricultura. Su futuro pasaba porque un juez evaluara su belleza, su aptitud materna continuar con la especie y para mejorar otras razas, como la hispanoárabe. Estábamos en los años setenta, en los primeros concursos morfológicos de la raza, cuando la sección de yeguas se hacía en grupo de hembras individuales desfilando ante la atenta mirada de los examinadores. Una detrás de otra. Y Timoteo, hombre de campo extremeño que ha conocido la trilla y el arado con grupos de yeguas, comenzó a exhibir sus yeguas enganchadas por el cuello. Todas iguales, mismo pelo, misma alzada, mismo cuerpo, mismo paso. "En el campo, igual que ahora se alquila el tractor y el tractorista, se alquilaban las yeguas y el yegüero para la siembra y el arado porque los caballos andaban por donde el tractor no podía trabajar, como los suelos agrietados. Cuando acababa el trabajo, se hablaba de cobrar con el dueño de la tierra y fruto de ese trato nació la palabra cobra para referirse a las yeguas en grupo de tres o cinco". Y pudo con más, en realidad, no tenía límite. Su barrera la establecía la propia pista de la exhibición. "Cinco, seis, ocho y quince, todas iguales, de la primera a la punta". E incluso llegó a alinear a veintidós madres de Vicos, el problema es que no se puede demostrar. "No hay foto de ese día porque lo hice sin permiso", recuerda con una sonrisa traviesa.

Timoteo se mueve entre las yeguas y los potros como el auténtico líder del grupo, de ahí que para él la dificultad del manejo de la cobra sea inexistente. "Vamos a ver. Yo he visto nacer a todas las yeguas que llevaba en la mano, desde la primera a la punta. Daba igual que fueran tres, cinco que quince, todas conocían mi voz. Lo más importante en este oficio es que las yeguas te conozcan y sepan que les estás hablando a ellas. Cada una tenía su nombre de nacimiento, pero yo siempre usaba un nombre más corto. Por ejemplo, a 'Engreída' le decía: ¡Ingri!, vámonos. Y la yegua, que estaba en la punta, obedecía. Vamos, eso estaba clarísimo". Aplastante.

La Yeguada Militar desempolvó así una imagen del campo andaluz y la convirtió en arte, en marca España. La Asociación Nacional de Criadores de Caballos Españoles, Ancce, posteriormente incorporó la idea a su libro de estilo y desde la década de los noventa las mejores ganaderías de España se han disputado la sección de cobras de cinco yeguas en los concursos morfológicos, gracias a yegüeros que han crecido admirando al maestro de maestros: Timoteo Prieto.

Por todos es sabido que las ideas y los métodos de trabajo en el seno militar son bastante inamovibles. También lo son los patrones raciales de sus razas puras, por eso este ojo experto en caballo español hace una mueca en la cara cuando se le pregunta si el pura raza de ahora se parece al de hace treinta o cuarenta años, al que le dio fama mundial. "Yo creo que no. Lo que veo en los concursos es un caballo grande, alto, esbelto, con demasiada alzada. La alzada media del caballo español es de ciento cincuenta y cinco centímetros a la cruz, ¿por qué se busca el metro setenta?", se pregunta.

El paso de Timoteo Prieto por el servicio militar ha durado más de cuarenta años, hasta que le ofrecieron el grado de comandante en la reserva. Hace tres años colgó el látigo para sembrar tomates y pepinos. "Tengo mi huerto y me entretengo. ¿Qué voy a hacer? Ahora mi vida tiene el sentido que he podido darle. Esto es así". Y cuando intenta hurgar en las emociones, es tajante. "Las yeguas se echan de menos, pero la vida militar es así. Cuando se acaba, se acaba. El deber cumplido". Su jubilación es lo último que hemos encontrado en la mochila. Otros ganaderos han intentado rescatarlo de la placentera vida de retirada pero Timoteo ya no acata más órdenes. "Ofertas siempre ha habido pero yo no quiero disgustos con nadie", concluye.

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