Medio ambiente Regeneración de un humedal en la frontera entre Sevilla y Jerez

Los Tollos, la laguna de arcilla

  • La Junta acude al rescate del que fue uno de los humedales más importantes de Andalucía y hoy es, la mayor parte del año, un inmenso secarral

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Camino por la laguna de Los Tollos. Con ello no quiero decir que camino por su orilla o que camino sobre el agua. Quiero decir que estoy caminando por la laguna, por el centro de la laguna, con el pie derecho en el término municipal de Jerez y el pie izquierdo en El Cuervo, el último pueblo al sur de la provincia de Sevilla. Camino por 71 hectáreas de tierra cuarteada en la que agonizan plantas acuáticas y se balancean como juncos restos de plumas de las aves de la primavera clavados en las grietas de lo que fue uno de los mayores humedales de Andalucía, cartografiados por primera vez en el siglo XI. Hoy es un absurdo destrozo ecológico. Dejo a mis espaldas la calavera de un pato.

La tierra que piso fue el lugar de las grandes hazañas del Perdigueras, una leyenda de la laguna. El Perdigueras debía su mote en los años 60 a su eficacia para levantar la caza, la multitud de especies que aquí se detenían en su migración, en este paraíso. Como si fuera un perro perdiguero, en la noche se adentraba en las aguas de la laguna sigilosamente hasta llegar a los bancos de gallaretas, que, sorprendidas, iniciaban su huida. Sus compañeros furtivos esperaban en la orilla para iniciar el fusilamiento. "Había tantas que yo no necesitaba ni escopeta, me las cobraba a palos", relata Juan, "zagal" en aquella época y ahora recolector de espárragos y palmitos.

Si queremos hacernos una idea de lo que era esta laguna que ahora no es nada más que un Cañón del Colorado en miniatura, un desértico paraje rodeado de los despojos de una mina, tendremos que acudir al pueblo y observar el mural que adorna el bar Al Andalus, a la salida de El Cuervo. Es un bonito fresco que respira vida animal, de un optimista azul celeste que oxigena. Esa explosión naif de la memoria de las romerías en la laguna, de ese monte gobernado por esbeltos lentiscos, contrasta con la realidad parda y desolada que se encuentra a un par de kilómetros de allí. Nada hace pensar que alguna vez existió realmente la estampa del mural.

¿Qué pasó aquí? Nos lo cuenta a pie de laguna un grupo de hombres con rudas y tostadas manos, manos como mazos. Manos trabajadas. Estamos en un carril a no mucha distancia de un vertedero de escombros del que no paran de entrar y salir camiones, entre un cartel que nos advierte de que estamos en un paraje natural protegido y otro que indica que bajo nuestros pies pasa el oleoducto que va de Rota a Zaragoza, que cuidadito con excavar.

"Fue la mina", arranca Antonio. ¿Qué extraían? "Arena, sólo arena. Tierravino, la llamaban. A la laguna la reventaron los agujeros esos y la autopista". Así es, la autopista Sevilla-Cádiz dista unos cuantos pasos del enclave, el ruuuuum-ruuuuum intermitente de coches invisibles, tapados por arbustos, lo atestigua . "Pero no fue la autopista -interviene José Gómez, ex trabajador de la mina, ex cazador furtivo, ex agricultor-, fue la mina. Hicieron veintitantas pruebas cuando llegaron, rompieron el subsuelo y el agua de la laguna se fue al acuífero. Cavaron más de 40 metros". ¿Y para qué servía esa arena? Un tercer tertuliano apunta un enigma: "En realidad, nunca lo supimos. Sacaban la arena y se la llevaban a una fábrica que tenían en Lebrija, allí la trataban y luego la embarcaban para Turquía. Una arena fina servía como absorbente para las grasas de los talleres y otra arena, más gorda, servía para los cagaderos de gatos esos que se ponen en las casas. Pero yo siempre me decía: ¿tantos gatos hay en el mundo? Yo creo que sacaban otra cosa, azufre o yo qué sé".

En realidad, no existía ningún hecho enigmático en esta explotación. Lo que la empresa minera encontró en El Cuervo fue arcilla de atapulgita, muy valiosa para los laboratorios médicos, ya que es un ingrediente básico para los antidiarréicos. En grandes explotaciones, una parte de esa arena, con poderes absorbentes, se deriva, es cierto, para arena de gatos. Cabría deducir que las diarreas y los gatos domésticos acabaron con un humedal que era parada obligada de algunas especies en extinción, como la focha cornuda y otra decena de especies más, visitantes habituales que hace tiempo a las que no se les ve las plumas por estos lares. Es de suponer que una mínima parte de culpa de esta ausencia la tuvo el Perdigueras y otra mucha más grande la mina.

Saliendo de la laguna y dirigiéndonos hacia El Cuervo, detrás de las colinas artificiales dejadas por la mina abandonada, encontraremos agua, incluso mucha agua. Los hoyos cavados para sacar arena para gatos han creado lagos donde antes no los había. Y allí hay patos, unos pocos patos. Pero no es un lugar bonito, es más, tiene algo de siniestro desaliño. Entre desperdicios y abandono, leeremos en unos cuantos carteles prohibiciones de paso oxidadas en virtud del artículo 28 de la policía minera.

"Yo prefería pasar hambre a trabajar en la mina. Esa tierra estaba envenenada. Cuando soplaba el viento, el pueblo se llenaba de una nube de polvillo irrespirable. Muchos de los trabajadores de la fábrica de Lebrija murieron jóvenes, de cáncer o de infecciones pulmonares. Yo tenía amigos allí que murieron a los 40". El que nos habla ahora es uno de los beneficiarios de los huertos de ocio para jubilados que ha instalado el Ayuntamiento de El Cuervo en los alrededores de la antigua mina. Está orgulloso de su miniparcela en la que crecen las lechugas. Abarca con sus brazos hasta el horizonte para asegurarnos que "llegó la mina y cambió por completo el paisaje, todo esto era monte. Por ese monte hacíamos en mayo la romería de la Virgen, que pasaba la noche en el campo hasta que se construyó la ermita. La gente del pueblo llevaba su comida hasta la laguna, de El Puerto traían barcas y se podía navegar por la laguna; era una laguna llena de vida, de flamencos, de patos de todas las especies. No se secaba nunca". Se suma a la conversación otro horticultor, que recuerda que de jóvenes se bañaban Los Tollos y que había un guardia que una vez, como escarmiento, le quitó las ropas que tenían en la orilla mientras chapoteaban "y nos tuvimos que volver al pueblo desnudos y tiritando".

Nadie protestó cuando la empresa de Madrid llegó en el año 1976 con sus derechos mineros bajo el brazo. "Ahora se habla mucho de medio ambiente, pero antes no había ninguna ley más importante que la ley de la mina. Y la mina no trajo ni prosperidad ni empleo al pueblo. Entre palistas, camioneros y capataces no habría más de veinte personas trabajando con la arena". En las charlas en el pueblo no encontramos a nadie que hable bien de la mina y sí que hablan con nostalgia de las romerías, "aunque la de este año fue una de las más bonitas de los últimos años", cuenta una mujer cerca del bar Al Andalus.

Fue un espejismo que a los más viejos les hizo trasladarse a los buenos tiempos, que no hay mejor tiempo que el pasado. Las abundantes lluvias del año volvieron a llenar la laguna y hubo aves que retomaron su vieja ruta para hacer parada en ese lugar que era descanso obligado de sus antepasados. "La laguna estaba llenita de cigüeñas y todo estaba verde". Duró poco. En cuanto la lluvia cesó, el agua se fue filtrando a gran velocidad, aguantó parte del verano y en otoño volvió a secarse.

La esperanza viene de un programa llamado Life+, aprobado por Europa y que será gestionado y financiado por la Junta. Ocho millones de euros para devolver el estado de Los Tollos a lo que fue. "Cerramiento perimetral, transplante de vegetación, demolición de infraestructuras, limpieza, acondicionamiento, impermeabilización y relleno de los huecos mineros, acondicionamiento morfológico, aporte de tierra vegetal, forestación y restauración de la red hídrica, puesta en valor del patrimonio natural, realización de actuaciones de divulgación..."

Desde 2007, la Consejería de Medio Ambiente ha negociado la compra de terrenos adyacentes para lograr la titularidad pública del paraje. Un estudio realizado por la Universidad Pablo de Olavide ha dado forma al proyecto, un proyecto en el que hay mucho que hacer porque el destrozo es de unas proporciones inimaginables. Muchos algarrobos, encinas y acebuches habrá que replantar, muchos agujeros habrá que tapar. En El Cuervo se ha acogido la noticia con alegría, pero los más mayores, como el horticulor que prefería pasar hambre a trabajar en la mina, están convencidos de que "me moriré sin ver la laguna como la conocí".

Emparedeado entre la autopista, los restos de la mina y el vertedero de escombros, se encuentra un coqueto parque que abraza la ermita donde una noche al año duerme la Virgen del Rosario. Hay un panel indicativo que alaba la flora y la fauna de este lugar que parecería un planeta abandonado si no fuera por el continuo estruendo de los camiones. Podemos leer nombres que parecen mitológicos: achicoria, jaguarzo, mantagallo, lechetrezna, pepinillo del diablo... Esa flora fue expulsada por la mina. Ha llegado la hora de su regreso.

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