Jerez

Una cata que despierta los 5 sentidos

  • La Bodega Viña La Constancia continúa innovando en el enoturismo, en esta ocasión ofertando una original Cata Musical entre sus propias botas

Interior de la bodega donde se celebró la Cata Musical con el cante del roteño Molina. Interior de la bodega donde se celebró la Cata Musical con el cante del roteño Molina.

Interior de la bodega donde se celebró la Cata Musical con el cante del roteño Molina. / Miguel Ángel González

Innovación, creatividad, imaginación y originalidad. Son las principales características que trabaja la parcela turística de la Bodega Viña La Constancia. Una bodega familiar, regentada por los hermanos Martín, que cuenta con su propia viña y su propia producción y que, desde hace unos años, cuenta con una importante, extensa y original oferta enoturística única en la ciudad que consigue diferenciarle del resto. A la cabeza se encuentra José Luis Baños, el encargado de organizar, recibir y poner en marcha cada visita. Un cordobés que se enamoró en Jerez y de Jerez y que aquí piensa morir.

Desde una visita privada por el viñedo y la bodega, con cata de cinco vinos y frutos secos, hasta catas sensoriales (a ciegas), siesta en su propia bodega, yoga entre viñas o catas en velero (sí, por el mar montados en barco). La última innovación ha sido la cata musical. Anteriormente ya habían maridado sus jereces con el Carnaval de Cádiz o con el flamenco. En esta ocasión José Luis quiso darle una vuelta de tuerca más y ha promovido la cata musical, con dos artistas invitados en dos días diferentes.

El cantante Antonio Molina, natural de Rota, protagonizó la primera Cata Musical

El primero fue el joven cantante Antonio Molina como protagonista y con un buen grupo de personas que no quisieron perderse esta nueva experiencia, que más tarde depararía más de una sorpresa que ninguno de ellos imaginaban. Hubo una introducción previa en la viña que explicaba el proceso que toma la uva desde la cepa hasta la llegada del mosto a la bota. Aunque el plato gordo de la tarde (12:00 horas) arrancaría dentro de la acogedora bodega de la Constancia. Allí aguardaba Molina, con su guitarra en mano, presidiendo la velada. A su alrededor, mesas y sillas con las copas que albergarían posteriormente cinco tipos diferentes de vino de Jerez y varias tapas para maridar con todos ellos.

De nuevo José Luis Baños tomaba la palabra, esta vez entre las botas de la bodega, para realizar una breve explicación de lo que iba a suceder posteriormente y lo más importante: el vino que iba a ir sirviéndose para ser catado. Luz tibia, únicamente iluminando a Molina, y silencio. La conjunción perfecta para despertar todos los sentidos.

El primer vino, como no podía ser de otra forma, era el Fino. Y, después de comprobar los sabores que dejaban en boca -uno diferente para cada zona de la lengua-, Molina comenzaba a hacer sonar su guitarra y cantaba su primer tema. Serían dos finalmente por cada vino. Un maridaje que, como se presuponía, era extraño y maravilloso, a partes iguales. Tomar un jerez, con una canción de fondo, varias tapas y en un lugar incomparable: entre botas.

La actitud, personalidad y ganas de Antonio Molina propiciaba -aún más si cabe- que los invitados dejaran las vergüenzas a un lado y se comportasen como si estuvieran con su propia familia. “¿Sabéis por qué se inventó el brindis?” Preguntaba en el descanso de una de sus canciones. Nadie de los presentes sabían la respuesta, claro. Molina proseguía: “Porque beber vino permitía provocar a casi todos los sentidos (gusto, tacto, olfato y visión) y faltaba provocar al último; el auditivo. Por ello se inventó el brindis, porque tocando las dos copas se provocaba ese sonido que faltaba para que el vino provocase los 5 sentidos”. Y añadía, “y no se creó con el Champán como muchos creen, sino con el vino”. Cuando todos los presentes estaban asombrados por la interesante anécdota, Molina volvió a tomar la palabra: “O eso me contaron a mí. Quizá sea mentira, pero bueno, queda estupendamente ¿no?”, relataba entre risas.

Los vinos y las canciones se fueron sucediendo y, no se sabe si por los efectos del alcohol o por el buen ambiente que se sentía en la bodega, los comensales fueron sintiéndose cada vez más a gusto. Alguno que otro, incluso, pedía la palabra para ofrecer su opinión y participar como uno más en tan entrañable velada.

Cada canción estuvo elegida a conciencia para interpretarla con cada tipo de vino

El siguiente jerez en degustarse fue el Amontillado, seguido del Oloroso. Dos vinos que podían ser de los más favoritos de los presentes. Mientras tanto, Molina seguía gustándose sobre el escenario portátil colocado entre ambas hileras de barricas. Al término de ambos (vinos y música) la cata se iba endulzando y la amplia gama de colores que ofrecen los jereces, oscureciendo. Se trataba del Cream. Cuarto vino que acercaba el final. Aunque ya José Luis se encargó de advertir a los presentes que “quien lo deseara, podía repetir del vino que más le gustase”.

Entre canción y canción, Molina desvelaba que conocía a varias personas que fueron a la visita. “Estas mujeres han venido desde Córdoba”, indicaba. Otro de los comensales aseguraba que “conocí a Antonio hace más de 12 años en uno de sus conciertos y hoy vuelvo a encontrarme con él”.

Con la llegada del quinto y último vino de la cata, el Pedro Ximénez, Molina quiso dedicar su última canción a una de sus fans. Recorrió multitud de kilómetros hasta Jerez para verlo cantar y para comprobar de primera mano esta nueva experiencia enoturística. De hecho, el propio cantante prefirió que esta mujer se colocara a su lado para poder cantarle mejor.

Cuando todo hacía indicar que esta cata musical llegaría a su fin, la pareja de la mujer que estaba junto a Molina, se levantó de su asiento, se colocó frente a ella y se arrodilló para pedirle matrimonio. Como si de una película se tratase, los presentes presenciaron una pedida de matrimonio singular, con la música de Molina en directo y con una copa de Pedro Ximénez en mano. Nadie lo esperaba. Por supuesto la respuesta de ella fue un rotundo sí.

Una sorpresa que propició que algunos de los presentes pidieran repetir esa copa de Pedro Ximénez para continuar con la velada. Incluso, otro de los comensales, cuya mujer es diseñadora de moda, aseguró que el traje de novia “corre a nuestra cuenta. Será nuestro regalo”. Y no se conocían de nada. El vino hace maravillas.

Así terminaba esta cata musical, con más sorpresas de las esperadas, y con la firma del roteño Molina plasmada en una de las botas de la bodega, con dedicatoria incluida, para dejar su propio sello grabado no sólo en el recuerdo.

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