Diócesis de Jerez

Don Enrique Hernández: 95 años al servicio de la Iglesia

  • La vida de un sacerdote que ha sido pintor, que tuvo vocación de cartujo, estuvo en el noviciado de los jesuítas, fue profesor mercantil y de los Marianistas, fundador de la hermandad de La Lanzada, rector de seminario, vicario...

  • Actualmente vive en la Casa Sacerdotal de San Bruno en el Calvario 

Al evocar los recuerdos de mi infancia, puedo decir que la figura de D. Enrique Hernández, aunque de manera indirecta, siempre ha estado presente en mi vida.

De niño le recuerdo en los Marianistas y ya entonces me llamaba la atención aquel sacerdote que con una especie de halo de santidad, deambulaba por las enormes galerías del colegio.

Más tarde y durante muchos años, por las calles del viejo Jerez, en la basílica del Carmen y sobre todo en los alrededores de las iglesias de San Juan de los Caballeros y de María Reparadora. Esta última, muy frecuentada junto a mi madre, donde solíamos visitar a las Madres Felisa y Remedios en el locutorio que tras un letrero en el dintel que decía: “Domus Dei et Porta Coeli” (Casa de Dios y Puerta del Cielo) se accedía por la Plaza de los Ángeles y donde yo creía que el nombre de aquella dirección se correspondía por las genuinas moradoras de aquel lugar...

Dejando atrás los recuerdos, hoy celebramos el cumpleaños de nuestro querido D. Enrique, 95 años siendo Hijo de la Iglesia y al servicio de ella.

D. Enrique Hernández y Rodríguez de los Ríos, nace en la jerezana C/ Francos Nº 16, el 15 de marzo de 1925, el año de la Coronación de la Virgen del Carmen que siempre ha llevado por gala. Séptimo de quince hermanos, su padre fue D. Enrique Hernández de la Cuesta y su madre Dª Mª de los Ángeles Rodríguez de los Ríos y Scotto. Biznieto del gran pintor sevillano D. José Mª Rodríguez de Losada, hijodalgo de una familia aristocrática venida a menos y que ostentaba los títulos de Caballero de la Orden de Santiago y del Santo Sepulcro, académico correspondiente de la Real de San Fernando de Madrid y Pintor de Cámara del Rey Alfonso XII.

De este ilustre antepasado, algunos de sus descendientes heredarían el amor por las Bellas Artes, de la que nuestro protagonista, desde su más tierna infancia ejecutaría maravillosamente. Prueba de ello son los cinco lienzos centrales de la bóveda de cañón del Carmen, que a pesar de su juventud, ejecutó con gran maestría a la edad de 25 años.

Su andadura escolar comienza en la escuela de párvulos de las Carmelitas Vedrunas frente a San Marcos, desde donde pasó unos años más tarde al colegio de los Marianistas de la C/ Porvera para estudiar el bachillerato.

De carácter muy sostenido, vivo ingenio y gran sensibilidad artística, su rectitud extremada lo inclinaba más bien hacia el lado de los escrúpulos religiosos, aunque siempre, ha sido admirable la constancia con que ha trabajado toda su vida por convertir esta cualidad en virtud y mantenerse “in medius virtus” en lo que dicta la recta prudencia. En el 5º curso de Bachillerato, cuando contaba 15 años, despertó en él la vocación religiosa a cartujo.

El padre de D. Enrique y sus tíos habían recibido una esmerada educación en el Beaumont College de los jesuitas en Old Windsor, Inglaterra. Su tío soltero, José Luis, que vivía en la casa familiar, le aconsejó que antes de plantearse seriamente su vocación a cartujo, lo primero que tenía que hacer era buscar a un buen director espiritual para que le ayudase a discernir sobre aquella vocación tan singular y específica.

Unos días más tarde, le presentó al sacerdote jesuíta D. Antonio de Víu quien le ayudó mucho en su camino vocacional. Desde ese momento comenzó a frecuentar la Congregación de San Luis Gonzaga en la residencia de los jesuítas de la Plaza de la Compañía.

Pintó para la capilla de la congregación, dos tablas con San Luis Gonzaga y San Juan Berchmans. En agradecimiento, el presidente de “Los Luises”, el Marqués del Borghetto en nombre de la junta, le regala un viaje a Madrid para que pudiese admirar la pinacoteca del Museo del Prado y conocer la capital de España.

Tras un periodo de discernimiento, se plantea la posibilidad de ser jesuíta y el 7 de octubre de 1942, ingresa en el noviciado de El Puerto de Santa María. El último día de la tanda de Ejercicios Espirituales, encuentra una revista y, abriéndola al azar, se topa con un reportaje sobre la Cartuja de Miraflores de Burgos, hecho que le hace replantearse su vocación y que después de haber consultado aquel suceso con el P. Víu y el Maestro de Novicios, ambos le recomiendan seguir el camino de la Orden de San Bruno.

Mientras tanto, prosiguió sus estudios en los Marianistas y muchos días, después de las clases, iba andando hasta el monasterio de Santa María de la Defensión para entrevistarse con el Prior de La Cartuja y así conocer mejor el carisma y rigor de la orden. Finalmente, ingresa en La Cartuja de Jerez a los 18 años, que tras dos años y medio y con gran dolor en el corazón tuvo que abandonar por motivos de salud.

De vuelta a su casa se preguntó: “¿Ahora qué voy a hacer?” Y dijo para sí: “Ya que la salud no me deja ser cartujo, por lo menos seré sacerdote”. En un principio, desde el Seminario de San Telmo de Sevilla, no tuvieron mucho interés en aquel joven que había mostrado un camino vocacional confuso, pero como dice el mismo D. Enrique: “Dios no tiene prisa”, así que con la titulación que poseía comienza a trabajar como profesor de distintas materias en los Marianistas y administrador de la Condesa Viuda de Garvey.

Juntamente a la actividad profesional, prosigue sus estudios en la Escuela de Comercio de Jerez obteniendo unos años más tarde el título de Profesor Mercantil. D. Enrique junto con algunos de sus compañeros de comercio, fundarían en los años 40 la Hermandad de la Sagrada Lanzada, popularmente conocida como la de "Los Estudiantes”, cuya sede tiene en la basílica carmelitana y de la que es Hermano Mayor Honorario.

A los 27 años recibe una llamada inesperada del Rector del Seminario Mayor de San Telmo, D. Juan Leiva, ofreciéndole el cargo de Rector del Seminario Menor de Pilas (Sevilla), cargo que acepta curiosamente siendo todavía seglar. Esta labor la desempeñaría durante años con mucha eficiencia, alto sentido de responsabilidad y gran celo para que los seminaristas tuviesen una gran formación espiritual y académica.

Sin llegar a ser seminarista, el Cardenal de Sevilla, D. José Mª Bueno Monreal, a finales de 1973, de manera privada, lo instituye Acólito y Lector en la capilla del Palacio Arzobispal de Sevilla, poco tiempo después, lo ordenan Diácono junto al que muchos años después fuera obispo de Jerez D. Juan del Río Martín en la capilla del Seminario de Pilas y 4 meses más tarde, el 2 de febrero de 1974, día de la Candelaria, Presbítero. Su primer destino fue a Pilas para seguir como formador donde se jubila de dicha actividad.

Dado que ya se estaba barruntando la posible erección de la Diócesis de Asidonia-Jerez en esas fechas, el Cardenal Bueno Monreal le preguntó que llegado el caso de la nueva sede episcopal, dónde se iba a quedar, si en la Archidiócesis de Sevilla o en la nueva Diócesis de Asidonia-Jerez, a lo que respondió que prefería Jerez por ser su tierra de nacimiento.

En prevención, antes de la erección de la nueva diócesis, lo nombra vicario de la parroquia-colegio marianista de “El Pilar”, congregación a la que desde niño estuvo unido y donde de nuevo desempeñaría la docencia llegando a ser hasta entrenador de fútbol del equipo del colegio.

A finales de los años 80 el Primer Obispo de Asidonia-Jerez, D. Rafael Bellido Caro, lo nombra rector de la iglesia de San Juan de los Caballeros donde tiene su sede la Hermandad de la Santa Vera-Cruz y cuyos hermanos,en su mayoría, eran alumnos de los Marianistas.

En los últimos años, siguió dando clases de Religión en algunos centros públicos como en San Benito y el Andalucía, capellán del cementerio y sin llegar nunca a ser párroco, siempre ha estado al servicio de todas las parroquias donde fuese requerido. En sus ratos libres practicaba las aficiones de siempre: la pintura y escuchar música clásica.

Actualmente, se encuentra en la Casa Sacerdotal de San Bruno en el Calvario, donde de manera provisional se encuentra el Seminario Diocesano y donde recibe muchas visitas de sacerdotes, antiguos alumnos, familiares y amigos.

¡Qué curiosa y caprichosa se muestra algunas veces la existencia! Profesor en los Marianistas sin ser marianista, de carisma cartujo sin poder llegar a serlo, rodeado gran parte de su vida de seminaristas sin llegar a ser seminarista, sacerdote diocesano sin tener nunca parroquia propia… se me vienen a la memoria unas palabras de mi padre que decían: “En toda comunidad religiosa, existe siempre un personaje “extraño”, alguien que no llega a pertenecer del todo a este mundo, como si se encontrase en un lugar intermedio con un pie en la Tierra y el otro en el Cielo…” Dicho sea con todas las precauciones, así es nuestro D. Enrique. Seguramente esa fuese su vocación desde toda la Eternidad y que misteriosamente Dios la ha llevado a cabo durante toda su vida.

Querido D. Enrique, en nombre de toda la ciudad, le deseamos muchas felicidades en su 95 cumpleaños y le damos las gracias por su sabiduría y su saber estar, por su personalidad espiritual, sobria, callada y elegante que como si se tratase de un vino de exquisita solera, siempre ha tenido preservado la ciudad de Jerez.

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