Adiós a Miguel Primo de Rivera y Urquijo El alcalde que transformó Jerez

  • Alcalde entre 1965 y 1971, nunca quiso ser político, aunque acabó aceptando esta responsabilidad con la ciudad

  • Fue además consejero nacional, procurador en Cortes, senador real y ponente de la Ley de Reforma Política en 1977

Miguel Primo de Rivera y Urquijo, alcalde de Jerez entre 1965 y 1971, falleció en la madrugada de este martes en su domicilio de Pozuelo de Alarcón, en Madrid, a los 84 años de edad. Hijo de Fernando Primo de Rivera y Sáenz de Heredia y de María del Rosario Urquijo, sobrino de José Antonio, fundador de la Falange y nieto del general jerezano Primo de Rivera y Orbaneja, Miguel Primo de Rivera había nacido en San Sebastián en 1934. Se casó en dos ocasiones, en primeras nupcias con María Oriol Díaz de Bustamante, con la que tuvo nueve hijos, y posteriormente con María de los Reyes Martínez-Bordiú y Ochoa.

El que fue alcalde de Jerez compartió estudios con don Juan Carlos de Borbón, se licenció en Derecho en Madrid, trabajó en Inglaterra en el National City Bank de Londres y más tarde en la Sociedad de Construcción Naval.

En 1964 Franco quiso nombrarle consejero nacional para cubrir la vacante que su tío Miguel había dejado pero él no aceptó. "No tengo ningún bagaje político y además, se me nombra consejero de algo que no sé nada. Yo no sé lo que es el Movimiento Nacional", le dijo después de acudir a El Pardo en un taxi en el que viajaba también su tía Pilar Primo de Rivera, entonces al frente de la Delegación Nacional de la Sección Femenina. Durante el trayecto y con la preocupación de cuál sería la reacción de Franco ante la negativa, su tía Pilar le recomendó encomendarse al rezo de un rosario.

Narra Miguel Primo de Rivera en su libro 'No a las dos Españas', que dedicó al Rey Juan Carlos, que él no creía que por el hecho de apellidarse Primo de Rivera tuviese que ocupar, designado a dedo, un escaño en el Consejo Nacional del Movimiento. "Por otro lado, yo respetaba la historia y respetaba al Movimiento Nacional, pero pensaba que la España del futuro, que es la que a mí me interesaba, no podía sostenerse en una dictadura". Tras más de una hora de entrevista, en la que Franco acabó aceptando la negativa se despidió diciéndole: "Miguel, da gusto hablar con hombres como tú. Las puertas de esta Casa están siempre abiertas para ti".

No obstante, un año después Miguel Primo de Rivera se convertía en alcalde de Jerez. Él contaba que aceptar la Alcaldía de Jerez le pareció la mejor solución ante el "acoso" al que le sometían para que se decidiese a intervenir en la vida pública. "No quería entrar en política ni a tiros. Tenía otras obligaciones, me dedicaba más a lo económico. Pero recibía en Madrid la visita de concejales y tenientes de alcalde de Jerez, que me proponían encargarme de la alcaldía por aquello de que mi abuelo era jerezano y que la familia mantenía muchos lazos con la ciudad. Pensé en ese momento que podía ser el comienzo de mi carrera política". Tenía 30 años y trabajaba entonces en la Sociedad de Construcción Naval como adjunto al consejero delegado de la sociedad.

Cinco meses antes de tomar posesión de la Alcaldía se vino a Jerez y se dedicó a estudiar la ciudad, como el mismo describió, "la chequee como si fuese una empresa". El 2 de febrero de 1965 asumió la Alcaldía, pero antes le había puesto una condición a Franco: sería alcalde de Jerez, pero nunca jefe local del Movimiento, cargos que en aquel momento iban aparejados. A Franco eso no pareció preocuparle y le dijo que nombrase a quién él quisiera. Relevó en la alcaldía a Tomás García-Figueras y designó meses después como jefe local del Movimiento a Pedro Argudo, antiguo amigo de su tío José Antonio.

Una vez que tomó posesión de su cargo escribió a Franco: "Este acto de servicio es la contribución que mi inquietud de futuro me obliga a pagar a esta España en marcha que espera de Vuestra Excelencia con fe inquebrantable, una vez más, las históricas decisiones que garanticen el mañana de nuestra Patria y consoliden esta paz que venimos disfrutando".

Siempre quiso quitarle un carácter político a la alcaldía. "¿De qué forma? Siendo un gerente, un administrador, un alcalde en definitiva. Había que no mezclar la política en un pueblo que, en esos años, era el undécimo tercero en importancia en España. Era obispo, profesor, médico, partero, jugador de fútbol... Así había de ser un alcalde, de todo", señaló en una ocasión.

Las siguientes palabras están entresacadas de su discurso en el Ayuntamiento, el día que asumió el cargo de alcalde: "Hemos de borrar para siempre la constante acusación de señoritismo que pesa sobre la personalidad de los andaluces. Hemos de lograr que se reconozca a Jerez como ejemplo de lo social y de lo cívico, de fidelidad a sus mayores, de lo artístico y de lo industrial, de su desarrollo y capacidad. El pararnos donde estamos ahora sería retrasar la marcha ascendente de nuestro pueblo, sería en una palabra, fracasar".

Su intención cuando llegó a la Alcaldía era permanecer durante cinco años, pero prorrogó su mandato un año más, porque Franco así se lo pidió. Quería visitar la ciudad con él como alcalde y el viaje se había ido retrasando por su apretada agenda. Franco estaba muy descontento de sus anteriores visitas. Una vez, siendo alcalde Mateos Mancilla, Franco tardó varias horas en llegar y muy pocos le esperaron. “No volveré nunca más a Jerez”, se le oyó decir.

Con Miguel Primo de Rivera fue muy distinto, el recibimiento fue triunfal. Era el 30 de octubre de 1970 y Franco inauguraba el monumento al caballo y presenciaba una exhibición de jinetes, caballos y enganches, tras visitar el Consistorio, donde descubrió un busto suyo. El 26 de marzo de 1971 serían los entonces Príncipes de España, don Juan Carlos y doña Sofía, los que visitaban Jerez. Fue una jornada intensa desde las once de la mañana hasta las siete de la tarde que se dirigieron a Rota para tomar un avión con destino a Madrid. El entonces alcalde recordaba la ilusión de doña Sofía cuando visitaron el colegio que lleva su nombre.

Un mes más tarde, Primo de Rivera cesó como alcalde. Había transformado la ciudad. Sólo unos días después la corporación municipal acordó por unanimidad iniciar el expediente para concederle el título de alcalde Honorario Perpetuo de Jerez.Además de máxima autoridad municipal de la ciudad, Miguel Primo de Rivera fue procurador en Cortes, elegido en 1965, y posteriormente fue nombrado consejero nacional, cargos a los que decía que decidió presentarse para impulsar todas las reformas que fuesen necesarias "desde dentro". En 1969 fue nombrado también consejero del Reino. Aseguraba en su libro 'No a las dos Españas', que subtituló como sus memorias políticas, que mientras permaneció en la Alcaldía de Jerez también recibió muchas proposiciones para asumir otros diversos cargos como gobernador civil, en las delegaciones nacionales, subsecretarías y ministerios.

Una vez muerto Franco, fue ponente de la Ley de Reforma Política en 1977, que él mismo presentó y senador real, tras una llamada del Rey Juan Carlos, en la que le pedía que aceptase el nombramiento. Él accedió pese a que, según narra, deseaba ya retirarse de la vida pública. Uno de los motivos, porque consideraba que ya había cumplido con su compromiso político y la otra razón que "mi situación económica no me permitía muchas alegrías y tenía que mantener una prole más que numerosa.Necesitaba volver a mis ocupaciones profesionales", explicaba años después. “De la política era imposible vivir y menos en esos tiempos, si no robabas o practicabas juegos sucios, lo que por ser radicalmente contrario a mis más profundas convicciones éticas, jamás se me había pasado por la cabeza”.

Los que le conocieron en su etapa como alcalde de Jerez recuerdan anécdotas que ponen de manifiesto su carácter. En un encuentro del Xerez al que asistía, el árbitro pitó en el último minuto un penalti contra el equipo. Miguel Primo de Rivera saltó a la grada y se fue directo para el árbitro con el que mantuvo un enfrentamiento. En otra ocasión cuando se encontraba en una ceremonia, se produjo un fuego en una bodega contigua. No lo dudó, con el frac puesto se acercó al fuego para ayudar a la extinción.

Fue además un apasionado del deporte. Todavía se le recuerda en Fuentebravía, cuando se enfundaba en un chandal y practicaba sus ejercicios gimnásticos o corría de una punta a otra, bajo el asombro de los que le veían, en una época en la que tales prácticas no eran frecuentes. Entre sus aficiones, destacaron el golf y la caza, donde llegó a ser campeón de mundo de tiro al pichón y uno de los tiradores con escopeta de más prestigio en España.

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