“El río se desmadró”
Vecinos de la ribera del Guadalete claman contra lo que no se ha hecho desde la riada del 96 y añoran el mito de aguas profundas rebosantes de róbalos y angulas
Intensa jornada en las zonas inundadas de Jerez, en imágenes
“Está desmadrado”, me dice el agente de Medio Ambiente que comprueba las mediciones del Guadalete a su paso por El Portal, que es un lago que se ha tragado un Citröen y baña las ventanas de las casitas desalojadas por la crecida. En realidad, el agente me está dando un dato técnico. Un río tiene cauce y madre. La madre es el terreno que el río habitualmente no ocupa, pero es de su propiedad. Cada cierto tiempo vuelve a ella. El Guadalete lo hizo en el 96 tras el diluvio que siguió a una asfixiante sequía de cuatro años. Si el río visita no sólo a su madre, sino también a su abuela, el río se ha desmadrado.
El agente me enseña las curvas de crecimiento en el móvil. “Mira”. La línea indica 6,8 metros, lo nunca visto. “Y subirá más. Ahora está llegando el agua de Bornos, dentro de lo que cabe desagua. Pero la marea alta será a las seis, entrará agua salada, detendrá el curso. Subirá”. Observo el río de un color pardo, que no parece amenazante, que crece poco a poco, a su ritmo. “Pero mira esto”, me indica el agente. Es la medición de La Barca de la Florida, unos kilómetros más arriba. No hay medición. Hay una curva como la giba de un camello. “El río está por encima del límite de las mediciones”. Mientras, un vecino de El Portal está mostrando con sus vídeos al resto de los vecinos, que están en el albergue de Cáritas, cómo están sus casas. Ellos no necesitan números para saber que el río está desmadrado. El agua está en la venta El Pollo. Jamás, ni en el 96, el Guadalete había osado a besar la venta El Pollo.
A Francisco me lo encuentro mirando el río con semblante tranquilo un poco más allá, en La Corta, en la esquina de la calle, por llamarla de algún modo, Cactus. Francisco es el filósofo del río porque lleva mirando al río 72 años, que son los que él tiene. No necesita botas de agua. Observa el río pasar en su crecimiento con unas zapatillas de andar por casa. “Este río está muerto. Lo envenenaron y se murió”. “¿Cómo? Pues parece bastante vivo”. “No te engañes: está muerto”.
Para conocer la teoría de Francisco hay que irse, dice él, a los años en que su padre puso en marcha la venta Las Angulas. No miente. En su día los jerezanos iban en masa los fines de semana a La Corta a comer angulas. Hablamos de hace cuatro o cinco décadas. “Aquí se cogían cien, doscientos kilos de angulas. Y róbalos. El agua era cristalina y era profundo. Corría que daba gusto. Pero llegaron las azucareras y lo llenaron de mierda, se comieron lo menos seis metros de río con su basura. Amanecía y aparecía una capa de peces muertos. Ahora hay cuatro barbos y cuatro carpas. Me cago en los muertos que los parió”, exclama indignado, menea la cabeza y se despide por la minicalle Cactus arriba chapoteando en los charcos con sus zapatillas de andar por casa.
“El río está muerto, lo envenenaron, toda esa mierda se comió seis metros de lecho”
Manolo lleva unos pocos años menos que Francisco en La Corta, sólo 60 y él tiene 66. Está inquieto por unas hectáreas de brocoli echadas a perder y por sus perros. Le han dicho que vienen a rescatarlos. Él no quiso irse cuando ordenaron su desalojo hasta que, a la de tres, vio en el móvil unas imágenes del desembalse de Bornos y se dijo que era serio. Como para no ser serio, a su mujer la tuvieron que sacar en zódiac. Pero Manolo me cuenta una cosa, una especie de secreto: “Lo de las inundaciones, por supuesto, es un espanto, pelearte con los seguros, todo lo que pierdes. Pero mira, cuando el agua se retira deja un limo que es como el del Nilo. Durante cuatro o cinco años el campo se vuelve increíblemente fértil”.
Al otro lado del río, o lo que sea esto en estos momentos, se encuentra Las Pachecas. Aquí vive El Cavila, 84 años. El mote le viene de que sus padres vivían en unas cuevas en San José del Valle -entonces simplemente El Valle-. Cuando llegó a este lugar junto al río, a su familia les llamaban los de las cuevas, los cavilas. Y se le quedó. El Cavila está muy entretenido mirando cómo va subiendo el río, a un lado y otro de su casa, que está en un alto. Le han dicho, como al resto de los vecinos, que se marche de allí, pero él tiene una treta infalible. “Si vienen los guardias apago las luces y me quedo muy calladito, como si no estuviera. No me ven”. Como al resto de los vecinos, no le hace pizca de gracia tener que dejar su casa por la noche. “Yo tengo muchas cosas en casa. En el 96 me fui y me robaron unos tornillos”.
Uno de estos vecinos, mucho más joven, no entiende los desalojos generalizados. “Esto no es la dana de Valencia, el río crece poco a poco y si llega a tu casa, que a la mía no va a llegar porque está arriba y antes de que se inunde mi casa tienen que sacar a medio Jerez con snorkles, ya me doy cuenta yo, no soy idiota”. El temor al saqueo está ahí. La Policía dice que es absurdo, que se vigila, que sus casas están seguras. Ja, dicen los vecinos. Los anuncios de alarmas hacen mucho daño. Todo el mundo me habla de que a tal o a cual le han robado no sé qué, pero no consigo encontrar a ninguno. “Hay que ser malos, aprovecharse de esta desgracia”, me dice una vecina a la que tampoco le han robado nada más que lo que se ha llevado el agua.
“¿Cómo construyes Guadalcacín y no lo comunicas con Bornos, alma de cántaro?”
Por teléfono hablo con mi amigo Óscar, que lleva el depósito judicial -donde se guardan las cosas que se confiscan a los narcos- que está entre Las Pachecas y La Ina, un nuevo océano dividido por la Jerez-Los Barrios, que embalsa ambos lados. Óscar es un tipo increíble. Aparte del depósito, es un especialista de cine que hace escenas peligrosas y le da tiempo para regentar una venta que ahora mismo está aislada. Allí se encuentra con las diez familias de un lugar conocido como La Greduela, que es el primero que queda aislado cuando crece el río porque se come el puente que les conecta con la civilización, como dando por hecho que ellos no lo fueran. No están en peligro porque La Greduela está en alto, pero está aislada. Le pregunto si necesita algo y se ríe. “No, no, aquí hay de todo, vente a comer un conejo de campo”. Para aceptar su invitación tendría que estar caminando por unas lomas de barro durante tres cuartos de hora. Los de La Greduela nunca se van a ir de ahí. Les gusta ser los Astérix del Guadalete. Lo fueron en el 96 sus padres y ahora lo son sus hijos.
José Manuel, de la Cruz Roja, nos avisa que van para la finca Las Quinientas a dar de comer a unos caballos, que les esperemos en el cruce. Les esperamos, queremos ver a esos caballos. En el cruce está la finca La Llave, que llevan dos hermanos que están tomando fotos para el seguro y que miran angustiados a su perro guardián que busca la forma de no mojarse las patas. El agua ha crecido varios metros en unas pocas horas. Lo miden poniendo piedras cada dos metros. El agua se come las piedras cada tres horas, aproximadamente.
Llega la Cruz Roja con dos zodiac. Los caballos, unos catorce entre sementales, yeguas y potros, llevan dos días sin comer y, lo peor, rodeados de agua, sin beber. Eso les puede producir un cólico mortal. La operación es complicada. Tienen que adivinar el camino bajo las aguas. Las fincas están delimitadas por alambradas sumergidas que ya han rajado tres zódiacs en días anteriores. Estas dos son las últimas. Con destreza consiguen llegar hasta las cuadras y salvar, de momento, de los cólicos a los caballos.
Mientras, el propietario de la cuadra me repite algo que me ha dicho todo el mundo esta mañana: “Pero vamos a ver, alma de cántaro, si construyes un megapantano como Guadalcacín, cómo no comunicas el puto pantano con el de Bornos, joé”.
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