‘Verde y rebelde’: naturaleza y libertad
Educación | Literatura infantil y juvenil
La naturaleza siempre nos ha dado una sensación de bienestar. Hölderlin en su Hiperion hablaba del “verde sagrado” que nos acoge y reconforta como si “un espíritu familiar nos abriera los brazos”, porque nos causa una enorme dicha “ser uno con todo lo viviente”. Quizás inventamos los jardines para tener cerca la belleza natural, y en muchas mitologías se mantiene el mito de la expulsión de ese jardín paradisiaco. Mario Satz en ‘Jardines del este, jardines del oeste’ nos cuenta que mucho antes de que nuestros antepasados se refugiaran en las cavernas, debido al desplazamiento de los grandes hielos, habitaron un clima benigno que les permitía recoger los frutos entre altos helechos: “La nostalgia del paraíso es preglacial y responde a la memoria que nuestras células aún tienen de una época frugívora.”
Actualmente, Nazareth Castellanos, neurocientífica, ha destacado que vivir en contacto con la naturaleza calma el sistema nervioso, reduce el estrés y restaura el equilibrio mental y físico al activar nuestra biología ancestral. También la paleoecóloga Kathy Willis señala las ventajas de contemplar un paisaje natural, incluso en un ordenador, para sentirnos más relajados.
Pero fue en el Romanticismo cuando se trazó un fuerte vínculo entre “naturaleza y libertad”. Vieron en lo natural una vía de liberación, frente a la destrucción de los paisajes y la hiperactividad en ciudades populosas que la Revolución industrial iba propagando. De Humboldt a Thoreau se han derramado ríos de tinta sobre la belleza de los ecosistemas y de las ventajas de vivir rodeados de paisajes naturales. De ahí que sea importante que nuestras ciudades tengan espacios en donde podamos descansar la vista en verde, como le gustaba a María Salomea Sklodowska-Curie. Aunque las grandes ciudades nos atraen a la vez que huimos de ellas buscando la calma, muchas han sido idealizadas por el cine o la literatura. Una de las urbes más emblemáticas quizás sea la ciudad de Nueva York, que nos evocan muchas películas o la deliciosa obra Caperucita en Manhattan de Carmen Martín Gaite, cuya protagonista, Sara Allen, adora el caos de la Gran Manzana, pero no puede sustraerse a la atracción del bosque (Central Park) para vivir una aventura propia, y poner en práctica sus “sueños de libertad”.
Acaba de traducirse al español La vida es como una ensalada de la italiana Brigidina Gentile, en la que su protagonista, Ottawa, elige también la ciudad de Nueva York como espacio en el que realizar un viaje iniciático para trenzar sus sueños, mas el paisaje urbano de los rascacielos tampoco la alejará de lo natural. A través del cuidado que pone al preparar sus ensaladas, despliega la fuerza ancestral de una recolectora neolítica que eligiera cada semilla, cada hoja, para hacer un alimento saludable y creativo.
Ambas protagonistas adoran caminar por la ciudad que nunca duerme, comparten el amor por el lenguaje e imaginan vidas creativas en las que lo natural y la aventura están presentes. Sara se siente atraída por Central Park, “ese pastel de espinacas”, y en él va a hacer un viaje iniciático que, lejos de moralismos, tiene un final feliz, en un canto a la libertad que tanto valoraba la autora salmantina. Ottawa quiere seguir ligada a su cultura a través de la gastronomía para alejarse del plástico contaminante y de montañas de fast food. Cercada por el gris hormigón de los rascacielos, reconstruye en su propia oficina un hortus conclusus, en donde no faltan las flores ni la clorofila. En ambas obras hay expresivas ilustraciones, pequeñas florecillas, en la hierba de las palabras.
Pero el amor a la naturaleza no ha impedido que estemos causando el mayor deterioro en nuestro planeta, aunque haya respuestas individuales y colectivas que intentan frenarlo.
Valga un ejemplo que inspiró El árbol de Julia, de Luis Matilla. En 1997, Julia Hill, “Butterfly”, trepó a una secuoya de cincuenta metros de altura para evitar la tala masiva de un bosque centenario en California. Lo que iban a ser unas semanas se convirtió en dos años, en los que evitó el ecocidio. Finalmente ganaron las empresas madereras y el bosque fue arrasado con napalm.
La literatura nos ayuda a expandir la conciencia ecofeminista, “verde y rebelde”, para desvelar las trampas codiciosas del patriarcado responsable de una crisis ecológica sin precedentes. Mientras tanto, que la belleza del paisaje siga inspirándonos para unir poesía y pintura, como hizo Edith Holden en La felicidad de vivir con la naturaleza: “He oído cantar una alondra por primera vez este año”.
No será la misma alondra, pero su canto aventará igualmente la esperanza.
Reseñas de libros
Caperucita en Manhattan
Autora: Carmen Martín Gaite Editorial: Siruela. Ilustraciones: Carmen Matín Gaite ISBN: 9788498415025
Esta novela se consolidó como un clásico internacional. Sus personajes nos cautivaron, quizás porque cada día hacemos pequeñas elecciones que nos ponen de frente a construir nuestra propia aventura vital. La protagonista convive con Mr. Woolf, un pastelero obsesionado con la receta del pastel de fresa, una abuela divertida y libérrima que ha sido contante de music-hall y Miss Lunatic, anciana, que vive en la estatua de la libertad y que ayudará a Sara a utilizar la suya venciendo sus propios miedos.
La vida es como una ensalada
Autora: Brigidina Gentile Editorial: Officine Pindariche Ilustradora: Thelma García ISBN: 97888216890
Otawa es una joven italiana que llega a Nueva York con un contrato laboral de un mes. En su oficina descubre los hábitos alimenticios de sus compañeros y decide regalarles una nueva forma de comer y compartir. El simple acto de preparar con esmero sus ensaladas diarias es toda una revolución en la pausa del almuerzo, así se empiezan a tejer nuevos lazos de amistad y a valorar el mundo vegetal. La novela, titulada en Italia J’ai fatigué la salade. La vita è come un’insalata, obtuvo una mención de honor en el London Book Festival en 2019.
El árbol de Julia
Autor: Luis Matilla Editorial: Anaya Ilustraciones: Irene Fra ISBN: 9788466726450
Julia es una niña que se encarama a un árbol para evitar que lo talen. Su abuela le ha transmitido la importancia de respetar la naturaleza y de comunicarse con ella. Es una obra de teatro que el mismo autor recomienda que sea representada en plena naturaleza. La niña establece una comunicación con el árbol, al que llama Condor. Con su acción consigue crear conciencia de la importancia de los árboles para preservar la vida en el planeta. La dilatada obra de este autor se inspiraba tanto en temas ecológicos como de inclusión social.
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