Juan Rodríguez Garat
La dignidad de las ovejas: España en el nuevo orden mundial
Es posible que lo que hoy leemos en la prensa esté mañana en los libros de historia. Sin embargo, el análisis sosegado seguramente permitirá que, andando el tiempo, se distinga mejor el ruido de las nueces.
¿Por qué esta reflexión? Hace un año, las ofensivas declaraciones del vicepresidente Vance en la Conferencia de Seguridad de Múnich llenaron de titulares los medios de comunicación. En esta edición, a pesar de que se han dicho cosas mucho más importantes, apenas han hecho mella en la opinión pública de países como el nuestro, cada día más alejado del centro de gravedad de Europa.
Y ¿qué es lo que hace que la conferencia recientemente finalizada haya sido recibida con alivio en las capitales del Viejo Continente? Por una parte, una actitud más comedida de los EEUU, representados esta vez por el secretario de Estado, Marco Rubio, el único político profesional del equipo de Donald Trump. Quienes gustan de ver la botella medio vacía alegarán que, aunque las formas sean ahora más suaves, Washington sigue exigiendo el vasallaje de Europa a cambio de tenderle la mano. Después de reconocer la herencia europea en el alma de los EEUU, lo que Rubio propone es que los aliados de ambos lados del Atlántico caminemos juntos... pero por el camino que escoja Trump.
Sin discutir los argumentos de los pesimistas, si el lector prefiere ver la botella medio llena deberá fijarse en que, después del rifirrafe a cuenta de Groenlandia, Rubio ya no pretende que lleguemos tan lejos por el camino de la sumisión. En las palabras del diplomático puede apreciarse un menor desequilibrio entre ambos lados del Atlántico y un mayor respeto por nuestras líneas rojas. De hecho, el secretario de Estado, que ni siquiera mencionó la codiciada isla danesa, también evitó hacer sangre sobre las enormes diferencias que nos separan de Washington en relación con la guerra de Ucrania.
Con todo, los europeos no podemos estar a expensas del humor de Donald Trump. Por eso, la mejor noticia de la Conferencia de Múnich es la que viene de nuestro lado del océano. La historia seguramente reconocerá el papel que los debates de esos dos días van a tener en el despertar de Europa a la realidad de este siglo, tan distinto del final del anterior.
Siguiendo la estela del primer ministro canadiense en la Cumbre de Davos, Europa empieza a asumir que no solo se ha derrumbado el orden internacional basado en reglas –algo tan obvio que no debería haber pasado desapercibido, ni siquiera en Madrid– sino que la cosa no tiene arreglo.
Mal que nos pese, la Carta de la ONU no va a volver a ser la referencia en el tablero de juego geoestratégico global. Mal que nos pese, la guerra ha recuperado el papel que en su día definió Clausewitz: una manera aceptable –incluso civilizada– de continuar la política por otros medios, de la que nadie tiene ya por qué avergonzarse. Si el lector tiene alguna duda sobre este extremo, basta con que compare los esfuerzos que hizo el presidente Bush para justificar la invasión de Iraq –aunque fuera con falsedades– con la displicente actitud del presidente Trump, que estos días está deshojando la margarita sobre el ataque a Irán sin rendir cuentas más que a sí mismo.
La historia reconocerá un día que Vladimir Putin, el dictador ruso, con sus hechos en Ucrania y, aunque ya nos hayamos olvidado, también antes de Ucrania; y Donald Trump, el presidente norteamericano, también con sus actos pero sobre todo con sus palabras, fueron quienes terminaron de sepultar el orden internacional... al tiempo que, en comandita, tirando uno de un lado y el otro del opuesto, introducían una cuña en la Alianza Atlántica, hasta entonces crítica para Europa.
En esta situación, que nosotros no hemos querido pero quizá contribuimos a provocar con nuestra desidia, Europa se muestra por fin resignada a asumir que la independencia estratégica –que no necesariamente significa el divorcio trasatlántico, pero sí terminar con la sumisión obligatoria de uno de los cónyuges por falta de medios para sobrevivir por separado– es imprescindible. Sin embargo, hemos tenido que esperar a la Conferencia de Múnich para que empezara a reconocerse que no hay independencia posible mientras sigamos necesitando el paraguas nuclear norteamericano para defendernos de los enemigos que, como Rusia, no nos dan miedo por sus anticuados carros de combate o sus cochambrosos buques de guerra –crea el lector que, en mejores tiempos, he estado a bordo de alguno de ellos– sino por sus armas nucleares.
Unos días antes de la Conferencia, la comisaria Kallas abrió con timidez el complejo melón de la disuasión nuclear europea, un asunto enormemente complejo del que, precisamente porque lo es, no podemos desentendernos. En Múnich, Merz y Macron añadieron a ese debate la fuerza de las voces de Francia, la única potencia nuclear de la UE, y Alemania. Otros líderes de otros países han apoyado el debate iniciado en Múnich, algunos con prudencia y otros, como es el caso del presidente de Polonia, Karol Nawrocki, sin complejo alguno.
Por desgracia, en este renacer de Europa todavía no estamos todos. Lejos de sumarse al debate, de poner sobre la mesa las distintas posibilidades, de discutirlo en el Congreso y defenderlo ante el tribunal de la opinión pública, el Gobierno de España ha vuelto a apostar en Múnich por seguir, erre que erre, el mismo camino que nos ha llevado hasta la difícil situación en que nos encontramos. Cuando todos van hacia un futuro en el que Europa vuelva a contar, en el que nuestra voz vuelva a escucharse en el mundo, nuestro presidente elige, como los conductores kamikaze en nuestras carreteras, circular en el sentido contrario.
En su turno de palabra, en un foro global y lejos de donde esas cosas deben debatirse ante los españoles, la persona que nos representa no ha mirado al futuro sino al pasado. Y lo ha hecho amparándose en lo que él ha llamado “rearme moral”, pero que es justo lo contrario. Lo que hace falta, en opinión del presidente Sánchez, no es plantar cara a nuestros enemigos, sino rogarles que se desarmen. Quién sabe, a lo mejor lo hacen si se les pide por favor.
Si no podemos evitar que regrese a nuestro planeta la ley de la selva –y lo cierto es que no podemos– la mayoría de los líderes europeos preferirían que dejásemos de ser ovejas guardadas por perros que vienen de otros lugares, cuya lealtad no podemos garantizar. Sin embargo, la solución que propone Sánchez es tan digna como inútil: que balemos más fuerte, con redoblada indignación. Afortunadamente, España está sola en esta política suicida. Nadie nos va a hacer caso. Sin embargo, no estaría de más que nuestro Gobierno, como el del húngaro Orban en el otro lado del espectro político, dejara de poner palos en las ruedas de Europa. Bastante difícil es el camino que tenemos por delante para hacerlo con piedras en el zapato.
Juan Rodríguez Garat es almirante retirado
También te puede interesar
Lo último
No hay comentarios